jueves, 14 de octubre de 2010

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Y el golpe del viento fue tan mesiánico que la contrahecha figura del Rran se escoró aún más hacia la derecha, hasta alcanzar lo que parecía el punto milimétrico último a partir del cuál irrumpía ya la zona de caída libre. Y todos los que estábamos ahí observando la escena, hendidos nuestros perímetros carnales en los de los que nos circuían, dimos por otorgado que la caída se iba a producir y que era cosa hecha, y con ello pasamos a dar rienda sin ataduras a los impulsos risorios que desde el fondo de nuestras cavidades pugnaban por asomar, y saltaron por los aires todas nuestras prevenciones anteriores sobre la emisión tejida de carcajada, y fue entonces cuándo las risotadas empezaron a atronar por el paisaje que seguía tomado por las sinuosidades astifinas del viento, y tuvo que fondear muy fuerte el tono con el que nos reíamos, porque a persar del viento y de su acústica desatada, terminaron alcanzando los tímpanos del Rran, el cual hasta por una centésima de segundo, pareció olvidarse del trance en el que estaba y se transmutaba en una expresión fugacísima de sorpresa facial al descubrir toda esa masa agolpada de carne aniñatada que éramos nosotros, ahí todos a la puerta del gimnasio, mirándole malévolos y riéndonos de la escena que protagonizaba, que le tuvo que pillar por novedad total, que hasta ese momento, como te he dicho, no se había enterado de nada que no fuera el viento, pero fuese lo que fuese lo que le pasó por la cabeza al vernos, tuvo que que abstraerse de ello al acto porque la fuerza de la corriente seguía conduciéndole indefectible hasta la colisión por su lateral derecho contra el suelo, y nosotros lo seguíamos observando todo, ya risotadas puras y cabalgantes, y nuestras detonaciones retumbaban más y más, y se nutrían de claros matices concupiscentes al ver como el Rran se seguía balanceando, ya condenado, inerte y estéril ante la fuerza de ese soplido maullador del viento, cuando, antes nuestros ojos atónitos, y por la misma violencia sideral que el aire llevaba, éste fue a chocar con la pared de cemento llena de pinturas infantiles que flanqueaba el lado del derecho del Rran, y configurando un gigantesco efecto rebote, la ráfaga pasó a golpearle de nuevo, pero esta vez por el lado opuesto, y para nuestro pasmo, lo elevó grácilmente por ese lateral, como si de una tabla se tratara, corrigiendo en radical la trayectoria descendiente y rescatándole por completo de la caída, para pasar a emplazarle apoyado, por vía plantar doble, nuevamente al suelo, lo que llevaba todo ese rato expectante sin suceder. Y sin más remedio que asumir velozmente abatidos ese inesperado giro de acontecimientos, nuestras pupilas dilatadas, chiribitosas y salivantes ante el espectáculo, morbosidad de niñato pura, del derrumbe del Rran de hacía nada, se infundieron subitamente de color mate, y nuestras carcajadas que ya habían prorrumpido en todas direcciones por la atmósfera paneólica del patio, tuvieron que detenerse en seco y nos vimos obligados a reconducirlas, casi que a empujones, hasta los cavernosos adentros de nuestros cuerpos aún en formación, porque a través de ese sideral y totalmente inesperado efecto rebote de la rafaga de viento contra la pared surcada de dibujos, el Tsetse había recuperado milagrosamente el eje de su picado vertical y el malévolo deseo de niñatos puros que nos carcomía, de verle colisionar aparatosamente con el pavimiento gélido del patio lastrado por el viento, y de ver todos los libros y anotaciones y dossiers y carpetas que llevaba por su abombado brazo, volando por los aires, se había cristalizado en la vacuidad de desaliento de la nada...."

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