domingo, 19 de diciembre de 2010

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Mis brazos y piernas seguían recorridos por ese impulso de electricidad paralizante que momentáneamente los había dejado inhábiles, mientras yo, tras la caída lateral, permanecía estirado boca abajo sobre el césped mullido y cuidado del parque. En torno a mí, el día se consolidaba. Desde la superficie elevada de las copas de los árboles, entre su profusión entrecruzada de ramas, llegaban emisiones de cantos de pájaros de todas las tonalidades, indescifrablemente mixturados; de fondo, aplacados por la quietud blanda del ambiente, iban y venían, en olas sucesivas, lejanos estertores fónicos de pasos y frases ronroneantes, mitigadas e inasibles, y no lejos, cercano al muro contiguo que daba a la acera por la que yo me había desfondado, balbuceaba con nitidez la mecánica persistente de un motor de combustión. Mientrastanto, mis intentos por accionarme hacia el movimiento seguían encadenándose uno tras otro. Progresivamente, notaba un repunte de la motricidad, pero aún insuficiente para lograr evadirme de la extraña posición bocabajo en la que me habían postrado los efectos de la primera visualización de Raquel, con su halo de luz envolvente, y la posterior caída asociada a la ceguera paralizante que verla y constatar que existía, me había provocado. Precisé nítido el acercarse del sonido de unos pasos atléticos y rítmicos sobre la gravilla del cauce térreo del parque; se encaminaban sin disimulo hacia mí. Volví a temer ser descubierto en esa incomprensible posición tendida e intensifiqué mis esfuerzos por levantarme y recobrar algún atisbo de verticalidad, pero continuaba siendo estéril. Los pasos de cadencia viva, proseguían, cada vez más nítidos, cada vez más perfilados, cada vez más adyacentes. Estaban ya ahí. Redoblé mis intentos de elevación pero dieron de nuevo, en los contornos absolutos en la nada. Entonces apoyado mi toráx contra el suelo, activé mi horizontalidad toda, en una especie de desesperado movimiento desplazador arrastrado y sinuoso sobre el césped, y poco a poco, logré alejarme del lugar de la caída y acercarme al tronco de un abedul cercano. Noté como la luz del día se difuminaba un poco y perdía destello al empezar a entrar en los primeros atisbos de sombra que las ramas del árbol, proyectaban hacia el suelo...Insistí con un impulso repetido de toráx cimbreándose y avancé un último trecho hasta alcanzar el rocoso tronco del árbol. Sabía que la sombra me cubría finalmente por entero y que al instigador de esos pasos frenéticos que percutían en el aire y que se me echaban encima, nada le iba a llamar la atención en relación al cuadrado de césped ante el cuál iba a expandir sus movimientos. En muy poco lapso, y tras un punto culminante de cercanía, los rítmicos golpeos de su marcha se fueron perdiendo en la distancia y el parque volvió a aquietarse. Lejos restallaban el aire los tañidos graves de una campana. Y fue coincidiendo con el último de ellos, cuando noté, bajo la adiposa sombra del abedul, que mis brazos y piernas volvían a adherirse a sus acordes usuales de funcionalidad...

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