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Y el paisaje pareció detenido por un instante, con nuestras risas surcándolo y la tergiversa estampa del Rran a pocos metros de dónde nosotros superpuestos, le mirábamos mejilla con mejilla, mientras él perseveraba por salvaguardar su impugnada verticalidad y parecía estremecerse bajo las descargas de una corriente interna de alarma que le recorría en circuito cerrado. Y mientras todo eso se desgranaba secuencialmente en las ondas del viento que seguía su convulso galope, el esqueleto del Rran se insería en una serie de movimentos a nosotros ininteligibles, medio danzantes, medio espasmos, macerados ellos todos en un suplicante intento por evitar que ninguno de los papeles que socavaban el ángulo forzado hasta el desayuntamiento de su brazo derecho, saliera despedido por el aire con todo su encriptado deletreo de fórmulas físicas. Y en simultáneo, el Rran forzaba una y otra vez su anatomía en unas tentativas continuadas de impulso hacia adelante que describían una trayectoria contrahecha y tomada por los rasguños y las fricciones, y que a pesar de lo niñatos que éramos y del abandono en el espiral de la risa en que nos encontraba el momento, nítidamente asociábamos a un deseo punzante por su parte de avanzar hacia donde quisiera que tenía pensado hacerlo, pero que las ráfagas persistentes y silbantes del viento se empeñaban en obstaculizar a la manera de una rugosa empalizada. Y completaba el cuadro de hibernación de la escena toda, el hecho de que el Rran acumulaba unas secuencias ya con la mano izquierda persistentemente levantada, mientras describía con ella en el aire unas estrofas de impulsos alateados y frenéticos, a la manera de unos racheados picotazos, con los que pretendía abatir la rocambolesca verticalidad de esas 4 lianas erguidas que eran sus cabellos tapadera, pero a pesar del furor continuado y zumbante con que accionaba su mano, como si fuera una de las alas de un colibrí en trance, sus larguiruchos dedos parecían eternizársele medio fósiles, en las aciagas laderas de la esterilidad y en las de un intento sísifamente abortado, porque se daba que en ninguna de sus danzantes acometidas, conseguía perforar ni quebrar la médula en la que se inscribía la altanería vertical con la que sus 4 cabellos pantalla, despuntaban en el horizonte del reducto del patio de nuestras porterías, que seguía, alejado ya de nuestra salivación por la contumacia e implacabilidad de los elementos, de pleno sometido a los bandazos envolventes y asoladores del viento desatado de esa tarde devenida súbitamente opaca...."

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