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El click del teléfono resonó como un chasquido grave en la atmósfera aplatanada del bar del centro de Calvi en que me encontraba, pero nada pareció inquietarse. Yo me sentía exhausto y dolorido. Notaba la oreja en la que había apoyado el auricular hirviendo, medio supurante. Trasladé mis ojos hacia la mole del teléfono tomada por el unto y lancé una mirada reprobativa a la ranura de colocación de monedas, dónde intuía que debido a la concentración de grasa que se arremolinaba ahí, mi moneda se había atascado y había establecido esa línea permanente y sin cortes sobre la cuál Ramón el guía pudo ramificar todo su síncope verborreico y verter esa alocada cantidad de palabras con la que acababa de perforarme los tímpanos. Me habían hablado de esos poseímientos verbales, en los que el guía entraba en un trance silabeador sin fin y su boca despedía sin parar todo tipo de frases con la cadencia destrotada y malévola de un huracán, aunque hasta ese momento no había presenciado ninguno. Pero acababa de comprobar que era rigurosamente cierto. Y que también era verdad que cuando el guía caía en las sacudidas del síncope, era capaz de untar en cualquier estilo expresivo el vendaval de frases que le expelían de entre la quijada. Que como si surtiera su vocabulario de un maná donde se hallara el fenómeno lingüístico comprimido todo, el guía era muy capaz de, aun desarrollando un mismo tema, pasar del habla tabernaria a los versos alejandrinos, y de éstos a los acordes de la prosa poética, para ascender luego a las metáforas virgilianas antes de zambullirse de nuevo hacia las rugosidades expresivas del alquitrán de barriada. Y todo eso además, con una riqueza léxica desbordante y a una velocidad de vértigo, comprimiendo de una manera alocada las sílabas y consiguiendo una densidad de emisión de información por segundo absolutamente azorante. Sólo en ese rato en el bar de Calvi con el que me había dejado los oídos supurantes, mi cerebro había recibido más información que en los últimos dos meses. Era de locos. Y encima, el guía ni tan sólo había pronunciado la palabra " estocástico" que emitía cuando sus parrafadas alcanzaban justo el punto medio. Era algo que también me habían contado y que en su momento me negué a creer, pero que de cuya certeza ahora ya no dudaba un punto. Puede que todo lo que el guía protagonizaba en esos arranques fuese asombroso, pero a mí había terminado por generarme repulsión. Me dolía terriblemente la oreja, y no descartaba que en alguno de sus ángulos me hubiese prorrompido herida. El aurícular que acababa de colgar y por el que había asistido impotente a toda la torturante deriva del guía, era de un plástico terriblemente duro, y estaba surcado por unas irregulariddes que se adaptaban a las estrias surcadas del lóbulo de la peor manera. Todo en ese teléfono era una pura invitación a la conversación breve y huidiza, con un diseño casi de arma blanca que me había dejado la oreja licuada en punciones. Me llevé entonces por un momento la mano hacia el lóbulo y la retiré al instante. La ojera me quemaba. Y al mirar los dedos se confirmaron mis sospechas. Por alguna parte, mi lóbulo había generado obertura y desprendía briznas líquidas de un grana intenso. Sentí una rabia súbita hacia el guía y hacia sus ataques de verbosidad sin compuertas. Me veía capaz en ese momento, y de haberle tenido delante, de obturarle la hemorragia verbal mediante la incrustación entre sus encías electrificadas de la suela de goma profusa de mis zapatos; o de bloquearle el movimiento de obertura y cerrado de malares con la punta convexa de mi codo; o hasta de encajonarle ese aurícular de plástico rocoso y puntas afiladas que acababa de cuhillearme la oreja, hasta el fondo de su paladar poseído y parar con ello al acto, el caudal furibundo de sus palabras en trance...."

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