/107/
Pero en seguida mi nivel de hostilidad hacia Ramón el guía desaceleró; era obvio que él podía ser víctima de los arranques de verbosidad desatada que él mismo o que su tergiversada fisiología interior endrocrina o lo que fuese, considerasen pertinente, pero nadie estaba obligado a presenciarlos ni consumirlos ni zampárselos; ni naturalmente yo, a pesar de haber sido yo mismo quien le había llamado para sondearle sobre si era posible que me recogiera en el puerto de Calvi y me llevase con el vehículo alquilado a la agencia, de regreso al hotel. Y sin embargo, a pesar de que durante los inacabables minutos que había durado la avalancha de palabras que me caían encima, tuve a cada segundo, la posibilidad de colgar el teléfono y huir de aquél brasero verbal, no hice ni el más mínimo ademán de protagonizar nada similar, y por el contrario, me había incrustado en la escena toda, con todo ese inconcebible flujo de palabras royéndome el tímpano y volándome la protección dérmica primera del lóbulo. Era arduo de asumir pero era evidente que había sido yo autonómamente quién había decidido abstenerme de irme y permanecer ahí, como un penitente, y someterme voluntariamente a ese suplicio lacerante que me llegaba a través del cable y que se prolongó una cantidad de minutos tan elevada que ni por destello, quería cuantificar, porque el dato me habría asustado. Sí, había sido yo quién había decretado mi pasividad ante esa escena que me ulceraba. Y sin embargo, recordaba que al principio, justo cuándo empecé a detectar en el timbre del guía, alguno de los signos que según lo que me habían comentado, delataban la inminencia de uno de sus síncopes, había pensado que no quería saber nada de todo eso, y que iba a colgar en seguida y largarme de allí a toda velocidad.Esa era mi intención. Taxativa. Lo recordaba con toda su gama de perfiles. Y no obstante, algo se produjo luego que había anulado por completo esa resolución y la había degradado hasta dejarla en escombros; algo se había interpuesto que me había anulado la capacidad volitiva y me había convertido en un sometido a todas las inclemencias que me estaban atronando encima. Y yo sabía perfectamente de qué se trataba; claro que lo sabía. Tragué saliva, y mis labios emitieron agónicos, en la quietud paralizada del bar, un nombre disilábico, de una brevedad inasumible, nada, un suspiro desintegrado al acto, un injerto de laconismo que ni arañaba un átomo de la hendidura que me circuía, pero que sin embargo me confrontaba a una fuerza arrolladora de ciclón recorriéndome eléctrica la espalda, hacia todas las sacudidas del pasado,,,Raquel...

0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio