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Me vi con el pulso al borde de la calcinación, enfilando de nuevo por entre las ordenadas filas de hayas del parque, agitado mi esqueleto por un repiqueteo cardiovascular de fondo que terminaba, después de practicar múltiples torbellinos por cuánto centímetro de articulación mía se topaba, zarandeándome la armonía de oclusión acompasada normal de los parpadeos. Me dirigía por entre los surcos del remanso de verde luminoso de la explanada del parque, de nuevo hacia el encuentro con Raquel, con ese foco de materia luminosa que parecía provenir de otro mundo y al que yo, de la manera más casual y cándida, acababa de descubrir. A cada pocos pasos, los pies se me entrecruzaban y me urgían a un tropiezo momentáneo que conseguía restañar a duras penas. Ví de pronto, el grupo de las tres amigas con el foco concentrado de luz blanca de Raquel en el centro, viniéndose hacia la dirección por la que yo, con una torpeza cada vez más acerada, iba recortando metros. Por unos parpadeos, intuí lo que cruzarme de nuevo con esa creación iba a suponer ( una creación que efectivamente existía y no era, tal como había medio deseado querer creer, el producto enfebrecido por gripado momentáneo de mi retina sobrecalentada ) y deseé no haber estado jamás en ese parque a esa hora ese día de intenso bochorno estival macerándose al otro lado del muro pétreo e aislante del parque. Hasta hice un leve ademán de media vuelta y de alejamiento a paso furibundo del torbellino de sensaciones que se me venían encima y que en ese momento ya intuía, me iba a modificar el código de barras interno para una larga temporada; pero ya era tarde. Mis ojos, conectados a las compuertas abiertas de par en par y fatalmente desprotegidas de mi sensibilidad del adolescente hipertérmico que se topa de la manera más inesperada, y en plena faz, con toda la magia concentrada del mundo, se posaron un momento, en la tez de Raquel aproximándose, y todo acto de resistencia devino quimera; había trasmutado hacia otro ser, y ya sabía que mis coordenadas habían dejado de ser enteramente mías. Ahhora las compartía con aquella belleza que antes de ese momento de hacía nada en el parque, no habría ni siquiera podido imaginar que existiese; de esa belleza que parecía pertenecer a otra revelación, a otros evangelios, a otra génesis....

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