lunes, 20 de diciembre de 2010

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Poco a poco se restablecieron mis parámetros normales de motricidad. Me levanté con cuidado, notando mi cuerpo envarado y con todavía diáfanas renuencias a la confección de acciones y al descorche de energía. Pero no me quedaba otra. Cubrí agachado un breve trecho aún bajo la sombra de las ramas tupidas del abedul, evitando colisionar con la cabeza en sus prominencias. Fuera ya de su protección, el día recobró toda su intensidad lumínica, empapado de claridad todo cuánto alcanzaba. Me ladeé entonces un poco, y reparé en el engarce de eses que mi cuerpo había dibujado contra el césped, al buscar el cobijo incromatizador del abedul. Era una composición desigual en la mayoría de trazos, pero en dos de ellos, la curva de la ese era extrañamente perfecta; y mi arrastar había sido intenso, hasta el punto de haber compuesto a la superficie unos leves montículos de tierra excavada, grumosa e intensamente negra, casi azabache. Me vi entonces, abandonando el parque, a pasos cada vez más normalizados. Me daba la sensación de que el cuerpo empezaba a metabolizarme la idea de Raquel, y al menos, en sus funcionalidades básicas, mi organismo parecía haber desarollado ya cierta protección de antídoto. Ya no me temblaban las piernas como agitadas por un temblor freático, ni los ojos se me aceleraban en un parpadeo inabastable de alas de colibrí, ni las retinas me quemaban como si estuvieran emplazadas al lado mismo de un foco de irradación estelar, ni el corazón se me disparaba a impulsos de un repique que parecía ansiar perforarme las costillas, y la piel y los tejidos, para expandir liberado, sus latidos por el espacio en torno. Sí, parecía haber superado ese cuadro y me tenía en pie, y avanzaba.Pero sabía que a partir de ese momento, nada iba a ser como antes. Al menos, por una larga temporada. La circunstancia del cruce fortuito con Raquel había generado una nube de polen en la que yo, desprevenido y a merced de las horas, me había empapado con toda intensidad, con toda inmaculidad, hasta la matriz. Ese polen estaba ya en mí de manera indefectible, surcando, confundido en el riego sanguíneo, por mi interior en todos los trayectos; me circunvalaba el cuerpo una y otra vez, de un extremo al otro, inyectando en cada célula el mensaje cifrado de impulso exaltado hacia Raquel... Intuía ya en ese momento, mientras dejaba atrás el parque y entraba en la versión dura de la ciudad, que tal vez mi cuerpo aprendería a poder convivir con esa impregnación omnímoda sin que se desballestara y me convirtiera en un disfuncional múltiple. Pero también intuía que esa noción omnipotente de la belleza de Raquel destilándose sin descanso en el matraz abducido de mi organismo, iba a suponer entrar en un hervidero de turbulencias con escasísimas, por un tiempo, posibilidades de refrigeración,,,,"

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