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Me vi luego dirigiéndome un día al amanecer, con las calles larvadas en el silencio, hacia un buzón antigualla tomado por el orín, y confiarle a través de su oxidada ranura, un pliegue de papel estrujado en un sobre ingrávido donde reposaba el tonelaje comprimido entero de mis latidos. Me vi luego por la noche, rondando en pijama el teléfono del recibidor; arriba y abajo; una y mil veces. Y depositarme en la cama unas horas después, demolido por el silencio y aún imaginando el ring del día siguiente. Y el día siguiente que tendió al amanecer de nuevo y se entregó al prolongarse de 24 horas durante las cuales ningún conato de ring afloró. Y tampoco restalló nada el día siguiente, ni el siguiente al siguiente, ni en el contiguo inmediato a los siguientes cincuenta. Y con los días sin escenario, sin tambores ni repique de épica de fondo, que volvía a aflorar mi tono de piel escamoso, impregnado de contornos de amarillo pústula, y con la tráquea otra vez agarrotada y emitiendo acumulación de alegaciones a cada intento de cruce de alimento. Me vi una noche con el paisaje tomado por el aire crudo, atisbar por la ventana abierta de mi habitación e indagar a las refracciones apagadas y tenues de la luna. Y permanecer, con mis ojos clavados en ella un tiempo liso, para disponer al fin, rescatar los 20 de nuevo y acostarme al poco con una retomada escalada de liberación. Y con los destellos del día recobrado, que mis yemas volvían a sentir y a reproducirme el amontonamiento sin fin de sensaciones asociadas al contacto con el folio de los veinte. Y en pocas secuencias más, ahí estaba yo, de nuevo febril, viéndome seleccionar un día, y un momento y un cómo de entrega a Raquel en mano. Y las horas que a partir de ese instante, se aceleraron repentinas, como inmersas en un alud de tiempo comprimido que se desplomara súbitamente y sin freno, por una pared en picada vertical....

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