martes, 28 de diciembre de 2010

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Y con ese súbito despeñarse de las sinuosidades del tiempo, que estaba ya al alcanzar el día de impulsarme al encuentro de Raquel, con el folio de los 20 tembloteante en mi mano, ese folio rectangular como todos y de apariencia insignificante, como cualquiera otro de los millones que se amontonaban en cualquier parte del mundo, pero en el que sin embargo, llameaba el diámetro entero de mi sensibilidad abierta en dos y expuesta a lo foráneo. Me producía azoramiento pensar que era yo por entero quién viajaba ahí comprimido; todo yo transportado impreso en un folio del peso de un aleteo de colibrí. Me trasladaba un reparo torturante dar ese paso y abrir de aquella manera tan expuesta al mundo, el cartapacio entero de mis adentros excavados, dejándolos a merced de las inclemencias, y sin defensa remisible, una vez dada la orden de obertura; sabía que durante unos desarrollos, me iba a convertir en el ser más vulnerable del mundo,con la capacidad expuesta de defensa de un polluelo sin cobertura. Me dolía saber que mis tejidos iban a quedar por segundos inanes, desconectados de sus funciones, a la espera que una reacción positiva de Raquel que los polinizase.... Pero,, ¿ y si Raquel ,,,,? Me entraba un vértigo súbito y cegador de sólo pensarlo...Todo estaba en sus manos y la posibilidad de que no me siguiera me resultaba tan inasumible que me autoforzaba a ni concebirla. Y sin embargo, eso estaba ahí y cuando reparaba en su silencio ante mi envío postal con los 20, una electricidad fría me discurría por las vértebras, que ni la querencia de un fallo de entrega postal, lograba mitigar su fuerza de espectro. Tenía noción clara también que en ese estado de indefensión por el cual iba a transitar, la más nimia de las incidencias podría inocularme de sabia negruzca de derrota hasta el tuétano. Se trataba de un paso terriblemente arriesgado y me veía preso en un perpetuo movimiento de avance y regresión, aunque en el fondo sabía que me iba propulsar hacia ella. Era tanta la fuerza de atracción que ejercía, que la opción de oclusionarme y fundirme con el mutismo me resultaba insoportable. Intuía también que a partir de ese momento, los acontecimientos se iban a precipitar. Y manejaba baremos. Había cercano un amplio puente de fin de semana en perspectiva, y en mi elucubrar de dependencia, quería pensar que quién sabía si para entonces, estaría ya en mi ejecutoria el poder silabear sedoso cada uno de los versos que componían los 20 a la altura del oído de una Raquel hacia mi posicionada, tendidos ambos en el césped de ese mismo parque donde el verano anterior había tenido mi primer impacto y dónde había empezado todo...

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