viernes, 7 de enero de 2011

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Y los sesenta minutos que se deslizaron sin ninguna resistencia, etéreos y untados en una rapidez fulminante... Y poco después, el pitido del inicio de la hora del recreo que me restalló en los oídos agujereador y penetrante, con la clase que se despobló de inmediato en un caótico revuelo de pisadas y prisas y alaridos convergiendo hacia la puerta y perdiéndose luego en una palpitación acelerada hacia el patio lejano. Y me vi unos instantes inclinado hacia el pupitre, sentado rígido en la absoluta y silenciosa soledad sobrevenida, abstraído e intenso a la vez, con la mirada concentrada y perdida a intervalos, intentando anular el repiqueteo de mis incisivos y de la barra de los malares tembloteantes, mientras percibía como una termicidad abrasiva se expandía en secuencias recurrentes por el circuito cerrado de mi cuerpo. Me levanté torpe y con deje de ribetes agónicos enfilé por el pasillo solitario, hacia las escaleras en un silencio de plomo, sólo matizado a secuencias, por mis pasos gradualmente arrastrados. Superé el primer rellano, luego el segundo y el tercero que se me hizo lentísimo. Inopinadamente, la idea de un desenlace feliz había empezado a desdibujarse y en su lugar me invadía la tiniebla de la intuición de hecatombe cercana. Me sentí aturdido por la penumbra de ese pensamiento y por momentos quise virar y medio proyecté un giro en oblicuo; pero de inmediato restablecí y volví a encarar los peldaños. Llevaba meses sin dejar de pensar un único momento en Raquel y la ilusión por ella se había desarrollado de tal manera, que me arrastraba irresistible, aún en su hipertrofia pustulenta. La idea de ella, su concepto, fertilizado a cada momento por el gota a gota continuo de mis pensamientos, se había convertido en una fuerza arrogante, autónoma e independiente, que tiraba de mí con una atracción incontenible, ante la cuál yo apenas podía alegar. Y era por esa fuerza de arrastre de la ilusión hiperdesarrollada y convertida en tótem tiránico, por lo que me observaba avanzando, como un lemming programado, hacia el encuentro con ella. Aún erguido, el roce de los contornos plegados de la hoja de los 20 en donde mi ser, alevosamente destripado, viajaba comprimido, seguía punzádome el muslo, y a cada contacto, un relámpago de electricidad me latigueaba chispeante, el circuito interno de las vértebras...

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