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Raquel en sus formas cinceladas y en su mirada de luz, permanecía ahí, a escasas baldosas, abstraída en el flujo alejador de sus pensamientos, con la mirada fija empalizada hacia el suelo, y envuelta ella toda en una rasgadora indiferencia hacia todo cuánto le rodeaba, yo inserido. Mis zapatos, a pesar de la agonía de mis movimientos, emitían sonidos al chocar con las baldosas grises mientras me aproximaba y sus resonancias se expandían cada vez más reactivas y sonoras por el pasillo en mutismo, pero nada en la pose de ella, se alteraba. La abstracción de Raquel,como su belleza, parecía de otra conformación celeste; me superaba, y su prolongación me resultaba tan lacerante, que me asaltó por un último momento, el pensamiento fugaz pero a plomo, de la media vuelta, de la huída,del interponer superficie de por medio y correr desenhebrando lo avanzado, hacia la escalera. Pero nada de eso se produjo y seguí hacia ella como un autómata. Su concepto estaba tan hipermadurado y trabajado en mí que me dominaba e inmovilizaba. Casi todo, empezando por su silencio y su petrificación de movimientos, y su nulo interesarse hacia mí, me indicaba que me dirigía al despeñamiento, pero no reparé ni hice caso y avancé. Ella, con ese acúmulo imparangonado de activos, había puesto la base para ejercer sobre mí una atracción feroz e irresistible, pero a eso, yo había añadido una saturante cantidad de pensamientos, de devoción, de energía de continuo focalizada hacia ella que había terminado por desbordar. Llevaba meses en que Raquel estaba de fondo, como un injerto omnímodo, en todo cuanto yo hacía, en cuánto decía, en cuánto planeaba, en cuánto avizoraba. El pensamiento grácil y verdeante inicial de atracción hacia ella, se había, de tanto tirar de él, transformado en una savia espesa y densa, lodo de puro agotamiento, que a la manera de una mancha de alquitrán, se había ido extendiendo con los días, y con cada impulso de la fuerza bruta de mis pensamientos, por todo cuánto yo era y ocupaba. Esa idea era mi gurú y había terminado por colapsarme. Por eso avanzaba, con ese folio de los 20 en el bolsillo, indiferente a las alertas e inviable todo viraje, hacia el remolino sin salida de la figura abstraída y muda de Raquel plantada en el quicio mate de la puerta de su aula...

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