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La fuerza que apliqué a liberarme de las goriláceas manos del hombre en su mono azul,fue, sin embargo, tan ostentosa que al desasirme, el empuje mismo sobrante me hizo caer al suelo. Fue una caída de espaldas totalmente liviana, casi imperceptible, acústicamente nula, sin adyacencia de ningún tipo de dolor asociado. Me quedé entonces mirando al hombre en su furor desde esa posición abatida. De pie ante mí, súbitamente acrecentada su estatura por mi posición estirada, seguía observándome con expresión de furia y pasado el momento inicial de pasmo por la caída, hizo marcado ademán de efectuar otra carga y de abalanzarse de nuevo sobre mí, pero intuyendo débilmente lo que se me venía encima, no le proveí de la ocasión; me incorporé de un salto y restablecida ya la vertical, esquivé fácil su acometida bruta y salí corriendo del perímetro de su esfera de agarre. El hombre entonces, tuvo que componer algún tipo de media vuelta porque en seguida noté como empezaba perseguirme mientras blasmefaba y lanzaba esputos verbales hacia mis espaldas. Temí que propulsado por su furia lograra alcanzarme, y me sumergí de lleno en el esfuerzo por interponer metros y metros de asfalto de polígono entre sus alaridos amenazantes y mis pasos hacia los árboles del torrente cercano...

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