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Seguí corriendo; a mi lado quedaba la valla de delimitación del polígono. Imaginaba que a lo largo de su curso, existiría algún tipo de salida o de acceso para vehículos por donde poder escabullirme, pero para mi desazón, observé que no era así y que no había tal; la valla era un continuo de muro pétreo sin intersecciones, y el asfalto por el que yo avanzaba, se perdía hacia el otro extremo del recinto sin intercalarse en ningún momento con los 20 centímetros de acera que lo bordeaba y sin ningún, por lo tanto, atisbo de desviarse hacia lo exterior. Me sentí abrumado ante la sola idea de dar media vuelta y de tener que volver a cruzar de nuevo todo ese polígono ratonera lleno de iracundos hombres enfundados en azul. Con todo, seguí corriendo y corriendo, resiguiendo la valla y con la mirada fija y focalizada en el muro homogéneo. De pronto, observé a unos pocos metros, que la pared cesaba en su linealidad de monotonía de formas y pasaba a componer una abertura vertical de incuestionables tonos rectangulares. Avancé más y con aceleración sanguínea, vi una puerta herrumbrosa adosada al muro. Me acerqué rápido a ella y dirigí mi mano hacia su pomo desgastado con la esperanza de verla abrirse y salir de una vez a lo exterior, pero aunque la puerta cedía un poco, resultaba imposible de desatascarla: algo la bloqueaba categóricamente por de dentro. Sumido en impotencia y aún a sabiendas de la esterilidad de acometer nada manualmente en relación a ella, accioné repetidas veces el pomo hacia dentro y hacia fuera, oyendo en cada una de ellas, el irritante golpe seco metálico sonoro, de la pieza sólida del interior de la puerta al golpear en los límites del encuadramiento que la bloqueaba. Me sentí amalgamado con los brotes más penetrantes de la desilusión al pensar que la podría haber accionado diez millones de veces de aquella manera, con mi mano libre y nada habría cambiado; la puerta habría seguido estando bloqueada y mi acceso al exterior, hacia el sendero de los árboles del torrente, me habría continuado estando inmatizadamente vetado. Entretanto, el cielo se había encapotado aún más, y bajo su grisácea pantalla, pensé que mi figura agachada, agarrada desesperada a un pomo herrumbre pura, accionándolo de manera tan repetida como condenadamente infructuosa, debía componer, desde la distancia, una imagen de estremecedora pulsión compasiva....

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