sábado, 24 de diciembre de 2011

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Intenté desbloquear la puerta una secuencia de segundos más, aún a sabiendas de la esterilidad de continuar ejerciendo una acción tal. A cada tentativa, la pieza de hierro que recluía a la puerta en su marco, continuaba chocando obcecadamente con el encuadre de metal en que se aposentaba y el ruido emanante, seco y penetrante, perforaba la quietud de esa parte del polígono semi abandonado. Pasaron unos instantes sin dejar yo de zarandear la puerta bloqueada, mientras poco a poco la idea de tener que volver a cruzar todo el recinto industrial iba ganando posiciones y asentándoseme. Al fin, desabroché la mano del pomo y me giré. Me convencía escasamente la idea de desandar la calle por la que había venido, con la asociada posibilidad de toparme con el iracundo hombre del mono azul, así que caminé hacia adelante siguiendo el asfalto que circundaba todo el complejo. Mi idea era llegar hasta la finalización de ese tramo que cerraba el polígono, encarar la curva que allí describía y recorrer a partir de ese punto, de nuevo toda la recta esta vez por el flanco este. Me dí cuenta entonces, que por primera vez en mucho rato había dejado de correr y que simplemente estaba andando. Mi mano seguía cerrada, y por su contorno interior notaba el roce de los pliegues del folio con los escombros de los poemas hechos garabatos por las manos iracundas de Raquel. Notar esos pliegues irregulares con su tacto áspero, me llevaba a ella y llegar a ella me producía escalofríos. El silencio en torno era tan denso que parecía poder haberse erigido por si solo, en un monolito. Mientras acomodaba los pasos sobre un asfalto cada vez más asaltado por imperfecciones, continuaba mirando incrédulo hacia la pared. Me parecía chocante que a lo largo de una extensión tan larga de muro, únicamente existiera una salida al exterior en forma de la minúscula puerta que acababa de intentar en infructuoso, franquear.

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