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Me seguía asombrando que en toda la dilatada extensión de pared de cerrado del perímetro del polígono por ese lado sur,no existiera más que una única puerta de conducción hacia lo externo, por lo que seguía resiguiendo el muro a la búsqueda de una segunda; pero la longitud de la pared estaba agonizando y sólo observaba una perpetua prolongación inalterada de construcción ladrillácea, sin intersecciones quebrándola, de ningún tipo. Era desesperante. Ya estaba a punto de enfilar la curva para tomar la enorme recta hacia la entrada del polígono y con ello decir adiós a mi idea de poder evadirme del recinto sin tener que volver a cruzarlo entero, cuando, de pronto, a mi derecha, entre los restos amarillentos y resecos de lo que en su día, tuvo que aproximarse a ser un colofón cerrante de jardín, distinguí un árbol que, a pesar de la necrosis vegetal circundante, conservaba aún trazos y destellos de verde. Me fijé que precisamente,era en su extremo más cercano a la pared donde su tonalidad verdeante se expresaba con más fuerza; el árbol parecía estar por ese vector lateral, sólido y a posible prueba de algunos pesos livianos como el mío. Me desvié y apremiando el paso me situé ante su tronco, que era de viable accesso; luego las ramas se rompían en múltiples direcciones y dos de ellas, en su expansión, se dirigían rápidas hacia pared, quedando detenidas a muy poca distancia. Pensé que podía encararme al árbol sin atisbo de dificultad, ascender un poco por él, y luego, zigzagueando por de entre el follaje más bajo, aproximarme hasta el extremo del ramaje que se quedaba a tocar del muro, en un punto muy cercano precisamente a la intersección entre la base de la pared, de obra pétrea pura, e inaccesible a la escalada, y su posterior conversión en repunte metálico de valla metrificada, por donde, aun con dificultades, incrustando los pies en torsión por sus escaques cuadriculados, no sería descartable poder trepar.

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