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El lugar me llegaba con una aguda intensidad de recuerdo; había estado ahí una sola vez, pero el aluvión de emociones que se me agolpaban al rehallarme de nuevo en esa parte del torrente, reverberada en una tal dimensión, que cada elemento de ese paisaje vegetal me resultaba de dimensiones y tonos y volúmenes perfectamente identificables, como si se hubieran quedado grabados en un gigantesco negativo fotográfico en mi memoria, o como si yo hubiera estado solazando entre ese entremado cañoso cada día, cada hora de cada día, desde esa primera vez. Me alcanzó entonces la vista, a unos pocos metros por delante, la inconfundible imagen de un sarpullido de cañas que se elevaban homogéneas conformando un bloque de perimetro perfectamente delimitado, circunferencial y compacto, muy por encima de la altura de la vegetación circundante. Eran unas cañas de color parduzco cada una de las cuales se veía coronada por un penacho amarillento de hojas envainadoras de vagos dientecitos espinosos en los bordes. " Ahí detrás aflora ya el remanso" me dije sin dejar de chapotear por entre el fango, mientras mi corazón bombeaba a una velocidad ya tal, que los latidos me eran discernibles aún a través de las capas de mi ropa adosada, y del ruido de la corriente hacia el estancamiento y de las elevaciones acústicas apagadas de mis pies desenraizando con cada pisada, pegotes de fango lodoso y espeso..."

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