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De pronto, las frases dejaron de emitir desde el otro lado y se hizo un silencio completo, que sólo rasgó, al empezar a moverme, el crujir de los arbustos resecos que quedaban a mis pies. Me quedé unos segundos sin descerrajar movimiento mientras me parecía oír desde el polígono a mis espaldas, un lejano ruido de pasos alejándose, con probabilidad, los del energúmeno en su mono azul batiéndose en retirada, y me dí cuenta que un tal atisbo de información ya no me producía efecto ninguno; una ocasión fuera del perímetro vallado, el polígono había pasado en un lapso, a la línea de desmontaje hacia el olvido. Ahora me hallaba de pie, rodeado de arbustos polvorientos que me llegaban, de manera inconexa, hasta las rodillas. Su aspecto era de una fragilidad extrema y con cada paso mío salían despedidos amplios vectores de material calcinado por el sol, envueltos en virutas ondulantes de un polvo por momentos descompuesto e ingrávido bajo un cielo que seguía enmarcado en plomo. Delante, a una veintena de metros, se elevaban en su dilatada extensión, los profusos alineamientos de chopos del torrente. Viéndolos, el escenario de Raquel y de mis versos asolados y del pasillo en turba frenética, olvidados momentáneamente por el incidente del polígono-ratonera, regresaron de pronto con su légamo abofeteador.

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