miércoles, 18 de enero de 2012

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Con las manos apoyadas en la parte superior del rectángulo de metal cuadriculado que era la valla, imprimí fuerza a los brazos y elevé el tronco; mis piernas tomaron entonces impulso y en un momento, la primera de ellas quedó alineada con mi tronco en torsión en ese remate plano de estructura; después empelí la pierna hacia la parte externa e instantanéamente, todo yo, por efecto péndulo-gravitatorio, me sentí elevado a la manera de una totalidad, y en nada me vi sentado rigente, a la pose de un desgarbado jinete, en la parte superior de la valla. Mi sostenibilidad en ese punto era escuálida y la más mínima ráfaga de viento, hubiera sido capaz de tumbarme. Me moví, dubitativo, un momento para asentarme, pero alarmado, paré en seco al notar el roce del bolsillo posterior, donde llevaba los restos de los poemas, con la superficie dura; sentí tremores ante la idea de que los rescoldos de mis escritos a Raquel, terminaran de despedazarse en ese minúsculo receptáculo oscuro de tela y aborté todo movimiento de cintura. Intenté entonces fijar las manos en el metal para asirme un poco y evitar la fricción del pantalón y las migajas de poemas con la valla, y por unos momentos, mis brazos quedaron rígidos, como dos tensas hipotenusas de un triángulo al espacio completado por la planicie superior de la valla y el lateral de mi cuerpo. Permanecí por un momento, instaurado en esta posición y entonces me acordé del hombre. Bajé inseguro mi mirada hacia el árbol y mis ojos se toparon en encontronazo rápido y envolvente, con los del energúmeno de hacía un momento. Me miraba incrédulo y averbal, con una desfigurada mueca de rostro de la que parecía haberse aligerado la tensión y me di cuenta, desde mi posición insegura elevada, de que su brazo ya no sostenía piedra alguna. Su iracundia de hacía unos aleteos, parecía haberse tornado sorpresa, sorpresa con destello opaco de temor inserido.....

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