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Me fijé en él sólo un parpadeo, pero me asombró la indiferencia cósmica de ese acompañante del coche; con todo, no tuve demasiado tiempo para dejar fluir sensación ninguna; ya el hombre iracundo del mono confusamente azul estaba, con sus vociferaciones, a un par de metros del tronco del árbol, de su follaje macilento y de mí por de entre él. Desenganché rápidamente la vista del coche y moviéndome como pude en medio de las ramas, me acerqué tanto como pude a la valla; avancé y avancé hasta que noté que la ramificación sobre la que me sustentaba empezaba a inclinarse; si seguía un poco más, la rama podía quebrarse. Me detuve entonces e intenté ponerme en pie, lo más vertical posible. Me quedé un momento ganando esa dificultosa postura por de entre el ramaje entrecruzado; el hombre, que tal vez vio la ascensión al árbol imposible y había desistido de intentarlo, estaba ahora justo debajo mío, profiriendo sus coléricas emanaciones vocales. Sentí pánico al pensar que si la rama se rompía todo yo me desplomaría sobre él...
-Niño, baja de ahí! ¿Qué haces ahí escondido? Que ya te hemos visto, que estás ahí; que llevas en la mano, ¿eh?-expelía por la boca, mientras acompañaba cada frase con saltos con el brazo extendido intentando tomarme por los tobillos- Baja, de una vez, que sabemos que estás ahí; !baja! y me enseñas lo que robado...!-La esterilidad de sus ridículos saltos que proyectaba sin parar, parecía estar aumentando su cólera. Yo le miraba aturdido; de repente la valla me parecía lejana y demasiado alta y sus cuadrículas metálicas demasiado pequeñas para acoger mis pies en forzosa torsión; me daba miedo saltar. Pero debajo estaba el hombre. Mirándole desde la altura de la rama que me sostenía inestable, todo en él, su boca expectorante, sus miembros extendidos y tensos, su mirada encendida, sus frenéticos y continuos saltos, me remitían a un cánido. De pronto el hombre agotado, paró de saltar y espetó:
-Vas a bajar de ahí, ya lo creo que vas a bajar! Por las buenas o por las malas que te bajo de este puto árbol, granuja!
Y dicho esto se agachó y apresó una piedra del suelo. Entonces se irguió de nuevo, tensó el brazo hacia atrás apuntándolo con el objeto rocoso hacia mí, a la vez que me conminaba amenazador:
-Que te bajes, niñato! ¿No me has oído? ¿Verdad que sí que vas a bajar?

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