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Las intenciones del hombre del mono haraposo azul estaban nítidas; pretendía capturarme; su irritación iba en aumento; era ridículo; yo no había robado nada; sólo me había metido en ese destartalado polígono para llegar cuanto antes a los chopos del torrente. Lo del frenazo del coche que él conducía ante mi carrera, y que casi me impulsa a la elevación, había sido sólo un accidente. Es cierto que yo estaba corriendo de un modo espasmódico y agitado, a la manera de una escapada; y sí,era cierto: huía; pero no huía por haber tomado nada de ninguna de aquellas naves herrumbrosas; huía de la incomprensión de Raquel y de mis versos descuartizados y del aquelarre del pasillo y de las frases mostazeadas con veneno y de la hostilidad del mundo; pero cualquiera le hacía entender ninguna de estas cosas al energúmeno en su mono. El hombre seguía vociferando; y una vez ya fuera de su cochambroso vehículo, se acercaba, se acercaba peligrosamente al árbol y a su ramaje y a mí agachado entre su follaje.
-Míralo como se esconde! Qué te has llevado,¿eh?, ¿Qué es eso que tienes en la mano y que te has llevado de alguna nave? Un criph de esos de ordenador,¿no? Pues ahora lo vas a devolver, ya lo creo; la madre que te trajo, que si te llego a atropellar me amargas la vida para siempre, niñato de las narices...
El hombre estaba a poco pasos; yo le miraba a él y a su paso lanzado hacia mí, y a la vez, enviaba mi mirada hacia la valla y calculaba el salto que tenía que dar para poder asirme en ella; era mucho más arriesgado de lo que imaginaba; si mis manos no se adherían bien a las cuadrículas metálicas podía caerme; y había altura; con todo, no tenía elección; sólo de pensar que las manazas del hombre iban a palpar el árbol tanteando mi posición, me producía punciones. Moví la cabeza hacia ambas direcciones un intervalo más, apurando las décimas de segundo; con todo, atendiendo a no sé qué extraño impulso, detuve un momento la rotación del cuello y me quedé mirando hacia el coche parado del cual acababa de salir el hombre; el acompañante del energúmeno seguía sentado, con su expresión vacía, en el asiento complementario al del conductor, enteramente inmóviles sus miembros, sumida su mirada en una lejanía insondable y macerado todo él, en un hieratismo comunicativo más propio del reino mineral..

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