lunes, 2 de enero de 2012

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Los versos desensartados que leí al albur mientras abría la mano, me devolvieron a la escena del instituto y de inmediato, experimenté deseos irrefrenablemente incrementados de abandonar el polígono y escapar corriendo a los chopos del torrente. Dirigí entonces la mano con el papel conteniendo mis letras asoladas hacia el bolsillo izquierdo de mi pantalón e introduje el rebaño de papel, por un momento milimétricamente parsimoniosos mis movimientos, como si mis versos hubiesen sido redactados a nitroglicerina, en el interior de ese adosado de prenda. Luego levanté la vista y volví a toparme con la presencia inexplicablemente poderosa de aquel árbol en ese vericueto abandonado y lastrado por la sequedad, de polígono. Poco a poco me acerqué a su tronco; presentaba una corteza tomada por las irregularidades; me detuve ante ella y acompasado, elevé mis dos manos hacia el follaje asiendo una rama, de las de volumen, por de entre sus sinuosidades; después estuve un lapso sin moverme y entonces,de un impulso, me encaramé al árbol. Intenté a partir de ese momento, avanzar; ascendí de manera dificultosa por entre esa media espesura, más interconectadas sus ramas de lo que pensaba, pero el árbol resultaba ser a pesar de todo, de reducidos volúmenes y en muy pocos movimientos logré asentarme a poco menos que un salto de distancia de la valla cuadriculada de metal por la que pretendía escalar; semi-agachado, con la cabeza inclinada por dentro del follaje, sin forzar postura corporal ninguna por temor a dañar el papel con los versos reposando en mi bolsillo posterior, pensé cuál podría ser el mejor saliente del árbol desde el cual abordar con menor riesgo, el salto hacia la valla. Lo estaba barruntando cuando de pronto oí un frenazo seco de neumáticos a poca distancia. Giré sorprendido la cabeza a mis espaldas y miré hacia el asfalto del polígono que era el único lugar al cual yo, en aquel momento, podía asociar el rodar de un vehículo, y que quedaba ahí a nada del árbol. Intensifiqué la vista en picado a través del ramaje y contemplé alarmado al hombre iracundo del mono azul salir escopeteado del mismo vehículo cochambre que había estado a punto de despedirme a las nubes en el frenazo de hacía unos minutos. Venía el energúmeno, todavía en su gastado mono azul, claramente hacia mí; asustado, encogido sobre mi cuerpo agachado en el interior del árbol, abrumado por los acontecimientos del día, acerté a ver, por de entre las vías de luz que los entramados de hojas dejaban francas, que el rostro del hombre seguía tensionadamente rojo, que de sus ojos continuaban emanando chiribitas encendidas de irritación y que todo, en su movimiento de evasión del interior del coche, reenviaba a unos principios diáfanos de rabia, de rabia desbocada... -Sí, míralo, ahí está!-gritaba- Ahí está! Es él! Es él !Sobre el árbol, sobre el árbol que está el muy granuja, que se quiere esconder con lo que lleva en la mano ! Ladrón más que ladrón!

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