sábado, 14 de enero de 2012

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El hombre permanecía en tensión quieta, mirándome absorto en su rabia, mientras su brazo con piedra asida, seguía posicionado hacia mí. Pasaron unos inhóspitos segundos en los que nada sucedió; sus frases coactivas habían dejado de atronar sustituidas por el brazo con piedra activado. Yo apenas me movía; miraba al hombre y de soslayo a la valla; repetí la acción varias veces. Me sentía indeciso. A cada movimiento proveedor de mirada, más. De pronto, creí advertir un principio de movimiento en el brazo del hombre y no me quedó otra que decidirme; me giré todo lo rápido que me fue posible, compuse dos pasos mal accionados por encima de la rama que me sustentaba y al tercero, salté hacia la valla. Fue un salto desgarbado, por entre el entramado espesoide de las ramas que casi me frenan en seco y me remiten al suelo, pero el impulso había sido lo suficientemente fuerte, como para pasar entre ellas; entonces sentí por un momento, como la luz del día en su gris galena, me ganaba de nuevo mientras mi cuerpo se liberada de todo rozamiento con expresión del árbol ninguna; había salvado el follaje y ya evolucionaba fuera de la copa del árbol. Me sustenté entonces, durante un brevísimo lapso, en la nada de un salto al vacío y al acto,impacté sonoro y de lleno con la valla. Fue un contacto violento, repentino, de una turgente brusquedad, sin casi proporcionarme tiempo a lograr mitigar la violencia del golpe contra la gruesa y cimentada estructura de metal...

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