domingo, 12 de febrero de 2012

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Prorrogué una última inserción de mirada hacia el energúmeno en sus balbuceos apenas fónicos y al final desasí las manos. Me hallaba a una insignificancia de la base de la valla, pero aún en el lapso de una milésima de segundo, noté el alivio por haber liberado mis brazos de sostener el resto del cuerpo. Luego, en nada, mis pies toparon secos con el cemento y agarré los dedos a la valla, retorciéndolos por entre sus cuadrículas de metal. Seguía de cara al interior del polígono y mi posición, aunque incómoda, era mucho más proclive a la contemplación que la de hacía dos parpadeos, pero me abstuve de volver a fijarme en el energúmeno súbitamente pacificado. Me giré entonces en un momento, flexioné las rodillas, alargué los brazos hacia fuera y al fin salté hacia el suelo. Fue un salto breve, y el impacto con la hierba macilenta que bordeaba el recinto, mucho más suave de lo que imaginaba. Con todo, por un momento quedé en posición levemente abatida. Pero no había sido nada; me levanté rápido y sin incidencias. Ahora el polígono me quedaba al otro lado y no tenía ya ángulo de visión sobre su interior. Miré la valla que me pareció más alta desde ese flanco y de repente, a través de sus discontinuidades de metal, me llegaron un poco diseminadas, unas perceptibles prorrupciones acústicas: "Niño, niño, ¿Pero qué has hecho? Vuelve, vuelve..."

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