sábado, 4 de febrero de 2012

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Permanecí un momento en esta disposición corporal, colgado a peso, sostenido mi esqueleto por las dos manos agarradas a la superficie lisa de la parte superior de la valla. Era una posición inestable y los brazos me dolían acuciantes; calculé que mis pies suspendidos, debían hallarse a escasa distancia de la base de cemento en la que se asentaba el entramado metálico del cercado. Me daba miedo el desligarme de manos, pero no me quedaba otra; el dolor en los brazos ostentaba ya insoportabilidad. Aún en ese punto enervante de desarrollo, invertí un momento en dirigir mi mirada hacia el interior del polígono. A través de las aristas para lo visual que representaba la valla, pude ver un poco distorsionado al energúmeno en su mono azul; seguía en la misma posición que antes de mi trasvase suspendido hacia el exterior y de su rostro parecía desprenderse la misma temerosa agitación de hacía nada; a la vez, su mirada denotaba converger en un lejano punto con la sùplica y sus labios destilaban balbuceos apenas inmersos en la sonoridad..." Niño, niño, ¿qué haces? "

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