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Superé en nada el camino sin asfaltar. A partir de ahí, el terreno describía un breve descenso que culminé sin problemas. A la vez, mi mano forzada por la necesidad de preservación de sus recovecos interiores, seguía describiendo sus particulares movimientos inconexos en relación al resto del cuerpo, como si de un ente autónomo se tratara, volcada toda ella en la preservación de los restos supervivientes de la eventración de los poemas. Al cabo de muy poco me encontré tocando la hilera de chopos. Ahora el suelo se hallaba recubierto de un manto profuso de hojas secas, ocres y enflaquecidas, que emitían un crujido seco y roto al ser aplastadas por mis pisadas y bajo la sombra de los árboles, la luz de un día ya de por sí de tonos grises, se había hecho más tenue. Avancé unos pasos más y al final alcancé la corriente del torrente, que era poco menos que una lánguida expresión acuosa, liviana y extenuada, deslizándose casi agónica, por encima del oscuro lecho fluvial. Me detuve un momento y luego giré hacia la izquierda. Empecé de nuevo a acelerar la torsión. Intenté al principio, evitar el fango adyacente al surco, pero con los pasos bajo la sombra, en ese reducto aislado y a salvo del mundo, empecé a percibir que tal cuestión devenía insignificante. En seguida, normalicé mi trayectoria y la hice paralela por entero al cauce. En pocos pasos noté como los pies se me iban cargando de pesadez al acumular porciones de tierra húmeda y densa, pero a partir de determinado punto, a partir de determinada proyección de sombra que calcinó aun más lo grisáceo del día, percibí como ya todo eso me resultaba de un indiferente astral, ya no me importaba nada...

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