sábado, 18 de febrero de 2012

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Las puntas verdidoradas de los chopos, bajo el impulso de un viento a ratos quebrantado, oscilaban ante mis ojos aposentados en ellas; yo permanecía quieto, clavado al suelo entre los matorrales calcinados, sin apenas nada en mí que enhebrase movimiento, todo yo, lo que quedaba de yo, incardinado de pie, a unos metros de la colección de árboles dispuestos en líneas alternas y de su acogedor y frondoso fondo vegetal. Lentamente me llevé la mano al bolsillo posterior del pantalón y recuperé el boceto de papel de los poemas devastados. Casi sentí estremecerme al contacto con el trozo descastado de papel.Trasladé entonces, con una concentrada lentitud, como si estuviera tratando con nitroglicerina, mi mano hacia adelante y la sostuve un momento en el aire sumido todo él en un pegajoso silencio. El cielo parecía eternizarse en su manto gris plúmbeo, y a mí, bajo de él, establecido en esa posición quieta y sin aconteceres, me devino impracticable no desviar un injerto de abierta mirada hacia el regolito escrito majado que reposaba en mi mano: " infinitos son los parpadeos que cada día/surcan el espacio que me circuye/ anhelando hallar a mis sentidos/ un resto de pócima aún vibrante/ del paso reciente de tus ojos por esa zona" atisbé a leer en una de las irregularidades del papel hecho trizas, y un "Oh" lánguido y ferropénico, emanó de mis labios torniqueteados por la desolación...

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