/165/
Musité algo más y entonces, lentamente, como si mi mano estuviera accionada cadenciosa a control remoto, fui cerrando los dedos. Al poco noté, en un breve crujir de papel inserido en el silencio abrumo del momento, como los recovecos de mi mano repercutían con los ángulos contorsionados de los pósitos de los poemas y detuve la presión al acto, con lo que mi mano quedó largamente quieta en ese punto, de sujeción blanda acariciadora con las estrofas carnepicadas. Dejé entonces que se solaparan unos segundos, mientras, a la vez, elevaba gradual la cabeza. El graznido de un pájaro,agudo y chirriante, sobrevino de algún punto, quebrando por un testimonial lapso, el silencio. Yo miraba fijo la hilera de chopos. Los seguía uno a uno con los ojos, espaciadamente, como si los estuviera auscultando, hasta que algo, un destello en el tiempo, me hizo aposentar con fijeza la vista en uno de ellos. Era un chopo en apariencia como los otros, alto y dilatado en el espacio y que quedaba, de soslayo, a mi izquierda. Lo fui escaneando de arriba a abajo un largo rato mientras notaba como el corazón, mucho antes de que yo racionalizara nada, se había entregado a latir con furia. Al final, mis ojos se detuvieron en una protuberancia opaca y muda del tronco del árbol, y de allí ya no pasaron. El corazón se me sobresaltó más y empecé a moverme. Salté de entre los arbustos salpicados de aridez, elevando al hacerlo una ducha de esquirlas de polvo, que al estar yo ya en movimiento, apenas me alcanzaron. Ya fuera de los arbustos y del radio de salpicado de su polvo reseco, empecé a correr. Delante se cruzaba un breve y desdibujado camino sin asfaltar, recubierto en disposición caprichosa por diminutas piedras de grava que despedían un crujido de breve ostentación al impacto de mis pisadas lanzadas hacia las hileras enhebradas de los chopos, ahí mismo, ahí a nada de mí, tan cerca, ahí a un solo enhebrar de pisadas más...

0 comentarios:
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio