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Mi trote seguía intenso aun en las dificultades de ese medio montaraz de humedad de moho, agua encharcada, lodo pegajoso, pobreza de luz y agrestes expresiones vegetales surgiendo a cada recoveco. Yo seguía lanzando miradas a los árboles que se multialineaban a mi izquierda buscando en ellos una contraseña guiñosa final de familiaridad e interrecepción, pero todos me alcanzaban iguales y uniformes,como si hubieran sido fabricados de un mismo crisol, bañados todos ellos en una densa capa de estatismo y de nula transmisión empática. Sin embargo, sabía que ya no muy lejos debía de hallarse el chopo con el tronco en promontorio granulado; lo había oteado desde la distancia, poco después de saltar la valla del polígono. Y la certeza de que se encontraba ahí y que ya no podía quedar a muchas estampidas de pasos me liberaba de lo agotador del avance por ese terreno semi-pantanoso, con ya la liquidez de la corriente negruzca casi inexistente, casi tragada por el lodo, tomándome los pantalones y notándola en su gélido progreso humidificante, por debajo mismo de las primeras estibaciones de los engranajes óseos de mis rodillas en estampida hacia adelante...

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