lunes, 5 de marzo de 2012

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Seguí intercalando pasos por encima del lodo de las adyacencias al río, mientras observaba los árboles que me quedaban a la izquierda, buscando el chopo con la protuberancia granulada en su tronco. A mi derecha, la corriente languidecía por momentos, tragada por súbitas aglomeraciones de vegetación emanadas de su lecho, para volver a surgir unos pasos después coincidiendo con el fin de los contornos delimitantes de las plantas acuáticas. Yo continuaba fintando por entre esas expresiones vegetales verde amarillentas, mientras notaba la humedad líquida del agua y la pringosa del barro en los zapatos sepultados en lodo; el lugar se atrincheraba en un silencio de cúpula elevada e inalcanzable y que sólo rasgaba el chapoteo persistente de mis pasos. A veces, profusiones de hojas caídas caprichosamente amontonadas por los zigzagueos del viento, se interponían a mi marcha, condicionando de nuevo la velocidad de mis zancadas lastradas por los elementos. Bajo esa espesa frondosidad de firmamento vegetal que parecía depurar la luz, y resguardados en mi mano abruptamente sellada,los restos de mis poemas, seguían viajando conmigo, ahí los dos sumergidos en ese trote extraño y torsionado, por entre las cañas de chasquido quebradizo y las irrupciones de plantas acuáticas y el fango calcinado en negruzco por la falta de luz amontonándose contumaz en mis zapatos...

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