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Avancé unos metros suplementarios a zancada apagada, de difícil compostura por el fango espeso y pesado que arrastraban mis zapatos. En un ladeo forzado y abrupto y casi sin darme cuenta, superé, el extraño círculo vegetal de las cañas coronadas en hojas envainadoras, y sin más obstáculo botánico por delante, divisé el remanso claro y dilatado que el torrente conformaba allí. La vegetación había desaparecido del lecho y tan sólo se mantenía intacta, en su delineamiento sin fin, a ambas orillas. Me detuve entonces, en el borde izquierdo del torrente, con los pies sumidos en la hierba que me cubría hasta las rodillas y miré hacia la orilla derecha. El remanso se seccionaba por esa parte en dos entrantes. Miré el primero de ellos, de unas dimensiones reducidas y nada se alteró en mí; entonces travasé los ojos lentamente hacia la otra cuña que el líquido formaba en la ribera, y al hacerlo noté como el pulso entraba en reacción y se disparaba. A los pocos segundos, mis ojos encuadraban perfectamente el entrante de agua en su completitud y una avalancha de multiformes descargas emotivas me recorrieron la médula en todas direcciones. Apreté entonces con intesidad recobrada la mano contendiendo los poemas desgarrados por Raquel, levanté un poco los pies y chapoteando por entre la corriente empantanada y el fango y las piedras del fondo me dirigí ,como un autómata, hacia esa enhebración de agua con la ribera que conformaba el entrante de curva alabaceada donde lo había visto por última vez....

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