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Avancé por entre las piedras recubiertas de légamo verdoso resbaladizo, hacia el entrante en cuña aspada de la otra ribera. El caudal presentaba ya mucho más volumen en esa porción de torrente y por momentos, me alcanzaba las rodillas. Con claridad, por entre la tela permeable de los pantalones, yo percibía ese unto líquido, empapador, húmedo y delicuescente; pero no me importaba. A intervalos, mis piernas parecían hincarse en el lecho pedregoso y de contornos abruptos y con la presencia de más densidad líquida mis chapoteos habían desaparecido; ahora avanzaba a pasos sordos, tragada su sonoridad acabada de nacer por la corriente en desbanbada rectilínea. Conformé unos pasos más, y en seguida noté como el fondo del torrente eludía sus irregularidades, se alisaba y pasaba a elevarse; al cabo de muy poco me dí cuenta de que había cruzado el lecho y de que mis pies volvían a chapotear por entre expresiones entredivisas de líquido estancado. Avancé en paralelo a la ribera y tras superar una erupción cañosa de sarpullidos vegetales de tonalidades marrón vainilla mate en mitigada elevación, divisé a nada de mí, a dos pasos de mis piernas entumecidas y mis pantolaones chorreantes, el charco donde la estructura de sus patas cuadrúpedas se había detenido por última vez...

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