jueves, 31 de julio de 2008

Faringitis /4/

La noche envolvía todo con un unto de calma y de quietud. Yo permanecía sentado ante la mesa central de la cocina embebida ella también, de un silencio completo hecho casi palpable magnitud física. La garganta seguía doliéndome a cada dosificación de paso descendiente de secreción bucal líquida y el tubo conteniendo un número aún por determinar de pastillas antifaríngiticas (una segura;dos posiblemente;muy remotamente tres) seguía en mi mano derecha, desprovisto de tapón y con las grageas tercamente bloqueadas en la mitad del cilindro de plástico que las albergaba. Necesitaba,con premura, dotarme de una de aquellas grageas para minimizar los desgarros que la irritación de garganta me producía con cada despacho líquido ingurgitado, pero hasta aquel momento todas las tentativas por desprender los comprimidos, habían resultado de una tajante esterilidad. Sentado aún, después de haber remirado en el interior del envase para certificar la ubicación exacta de la primera avanzadilla de las grageas, planeé,vistos los resultados,un cambio en la estrategia rescatadora. Sin levantarme aún del taburete de madera barnizada en ámbar en el que permanecía sentado, cambié el foco de sujeción del tubo y pasé a asirlo con la mano izquierda. Entonces lo incliné un poco hacia mí, e intenté introducir uno de los dedos de la mano derecha en él. Mi objetivo era llegar hasta la primera pastilla, empujar con lo blando del dedo sobre su posición inclinada y de esta manera desbloquear el paso para que la pastilla y los demás potenciales comprimidos ubicados en su retaguardia, pudieran desengancharse, caer rodando y posarse en la palma extendida de mi mano; mi mano izquierda . Levanté entonces mi dedo índice derecho, lo direccioné hacia la entrada del envase y aproximándolo a las primeras expresiones de la cavidad, realicé mi primera entraña-del-tubo-adentro tentativa desbloqueadora,la cual para mi desconsuelo,derivó en otro incumplimiento de objetivo. El tubo era demasiado angosto como para permitir que el dedo se introdujera poco más allá de un par de centímetros; un trayecto claraboyamente insuficiente, que apenas servía para que la uña abombada de mi dedo desapareciera de enfoque incrustándose en el cilindro-recipiente. Cuando hacía poco más de medio minuto pormenorizaba todos los particulares de la operación,repasándolos minuciosamente,había calculado que para poder llegar hasta el enclave donde las pastillas obstruían el paso,necesitaba una internación del dedo de al menos su mitad de eslora; y sin embargo,en esta primera tentativa mi índice de aproximación se había detenido poco más allá del vestíbulo circular del tubo, a unos, seguía calculando yo, mínimos 2 o 3 centímetros de las primeras estribaciones esféricas de las pastillas. Abatido por lo que me simbolizaba enésimo fracaso en el dotarme de bálsamo contra aquella desapacible madrugada faríngitica apreté por un segundo los dientes y en un gesto de colegial colérico por quedarse sin su rebanada de pan con manteca, empujé rabiosamente el dedo índice hacia el interior cavernoso del tubo, aún a sabiendas completas de que mi dedo estaba encarcelado a banda y banda, de que apenas se movería y de que era totalmente inviable alcanzar las primeras expresiones de las grageas petrificadas. Mi dedo entonces, al vapor de mi centelleante efervescencia airada por la impotencia del momento, se desplazó unos milímetros pero en seguida quedó , ante mis ojos chribitantes ante la enésima adversidad de la noche, frenado por la inconmovible estrechez cilíndrica del envase médico. Porfié dos o tres veces más en el pico del acceso de furibundia, pero fue completamente infructuoso; mi dedo no se deslizó esta vez ni los depauperados milímetros del primer intento; además,en simultáneo, y agravando lo lúgubre del momento, percibí un dolor agudo en los contornos de mi dedo índice explorador, debido al encajonamiento al que la estrechez claustrofóbica del tubo le forzaba.Y por aditamento, esa ráfaga de dolor en el dedo oprimido vino a coincidir con una nueva descarga de punzamiento llagador en la garganta al resbalar otro envío de saliva por las pendientes verticales de mi entumecido esófago ; por un lapso ambos dolores coincidieron en su cresta punzante más elevada, en un unísono aterrador y mi cuerpo hasta hacía nada abotargado aún por la brusca interrupción de su descanso y por el manto ablandador de la noche que todo lo suavizaba, se sacudió brusco y convulso. Levanté entonces mi mano derecha para disipar por movimiento el dolor en el dedo y parpadeé por lo que se desplegó ante mi mirar; el tubo rojo se había apoderado por completo de un tercio del dedo; éste partía de la base de la mano con normalidad, pero a mitad de trayecto desaparecía en su totalidad tragado, como un pusilánime tronco de nave naufragada, por las entrañas del tubo convertido en Caribdis. Me chocó esa imagen. Sabía que el tubo me tendría que cubrir necesariamente y como mínimo, la parte uñada del dedo y sus aledaños carnosos; mucho más aún después de mis condenados de antemano, intentos últimos por llegar a impactar contra la posición de las pastillas ; pero me sorprendió la calidad, la fijeza y la contundencia de enganche del dedo al tubo. Este no parecía otra cosa que un grotesco y frankensteniano anexo a las falanges de mi índice.Y la constatación gráfica-visual de la tal realidad me soliviantó; y fue justamente al calor de las brumas dolorosas de ese instante zozobroso y lleno de incertidumbres sobrevenidas, en el marco de esa madrugada puosa y faríngitica a la cual estaba obligado a combartir,que procedí a reconsiderar mis objetivos estratégicos para hacerle frente, con la inclusión de un segundo objetivo . El primero obviamente,seguía configurándose en hacerme con las cápsulas para aliviar mi rampante dolor de garganta; pero a éste se le había añadido un segundo que se concretaba en librar mi dedo índice de la opresión ceñida contra las paredes del envase que justamente, mi intento por conseguir el objetivo Uno había ocasionado. Y en la madrugada anestesiada de la cocina silente pasaba a erigirse obvia la noción de que para conseguir el primero debía conseguir factibilizar el segundo; jamás alcanzaría las grageas sino lograba liberar mi dedo índice de aquel tubo rojo y tiránico, transfigurado inopinadamente,en unas escabrosas manillas de dedo,cilíndricas y compactas . Porqué además,el dolor que la opresión del tubo ejercía sobre los tejidos de mis falanges presas,empezaba a ser intenso. A diferencia de las punzadas en la garganta, que sobrevenían únicamente al tragar saliva (por mucho que esta fuera una acción casi continuada ) las molestias en el dedo se habían hecho permanentes,lineales y sin interrpución; y como en una secuencia de hechos diseñada por una mente retorcida y viperina, aumentaban e iban a más. Por momentos, la carnosidad del dedo,de tonalidad muy pálida hasta hacía nada por el sopor de la noche , empezó a dotarse de una cromacidad roja,altamente encarnada; era obvio que la sangre experimentaba algunas dificultades para fertilizarlo. Me revolví encima del taburete ámbar. Comenzaba a inquietarme aquella porción de plástico duro, ceñido como un pérfido alter ego digital a mis falanges. Elevé la mano para que el movimiento lograra tonificar el dedo y ante mis pupilas con grumos de pasmo,el tubo plagió la trayectoria de manera mimética, todo él un monolito ceñido e implacable. Y así a cada momento, en cada movimiento, en cada amago,en toda circunstancia ; si dejaba el dedo quieto, el tubo reposaba; si lo activaba rápido el tubo seguía calcadamente esa misma cadencia acelerada de impulso; si el dedo proyectaba un compás lento,el tubo lo adoptaba como suyo y se mimetizaba en él.....Mi inquietud se agudizaba por fracciones de segundo; empezaba a ponerme severamente nervioso ese tubo de medicamento que parecía fijado como una garrapata de esféricos quelíceros a mi organismo; incliné la mano hacia abajo y el envase rojo descendió rápido siguiendo la velocidad de desplazamiento del dedo índice; pero cuando éste se detuvo,el caño se paró igualmente; en seco, rígido e intratable ; y en modo alguno compuso el menor indicio de querer desprenderse o caer al suelo; seguía adosado con un asombroso vigor de sujeción a los contornos aprisionados de mi dedo,indiferente por completo al vértigo de la caída que bajo su fondo duro se abría; seguía en su inconmovilidad de granito,ejerciendo de prolongación punitiva y burlesca de mis adoquinadas falanges...Mientras algunas chispas rascantes de saliva me descendieron por el esófago extendiendo,como una bomba de fragmentación interna,expresiones de faringitis por los contornos de mis cuerdas vocales,resolví que debía poner fin a aquella simbiosis de tubo con dedo de la manera más expedita veloz e inmediata posible.

martes, 29 de julio de 2008

Faringitis/3/

Una vez confirmados mis proyecciones relativas el número de pastillas antifaringíticas (al menos una) que reposaban en el interior del tubo rojo,de un cilindrismo perfecto, intenté extraer la pastilla,o una de ellas de su recóndito interior. Operé lateralmente con la muñeca y puse el tubo boca abajo esperando oír una leve vibración sorda de comprimido descendiente;una vibración suave,acallada hasta casi el mutismo,por el grosor de plástico duro del envase bajo el cual la gragea residía; pero no se hizo pálpito de movimiento ninguno en el tubo, ni descendió objeto alguno; entonces retiré un poco el brazo y golpeé levemente el borde superior y sin tapón del envase contra la superfície de la mesa de la cocina ante la que estaba sentado, esperando que con el zarandeo seco y árido transmitido por la dureza del mueble a las paredes del tubo, la pastilla o pastillas se desgajarían de su encaje esférico y rodarían hasta caer depositadas en la llanura cuadrangular ante la que apoyaba mi codo izquierdo revestido aún por la manga semi recogida del pijama celeste; pero de manera idéntica a lo vivido en el intento previo, resultó infructuoso; el interior del tubo seguía fosilizado; no recordaba que en 2006 me hubiera resultado tan problemático tratar con el desprendimiento de las pastillas. Insistí entonces batiendo más veces el recipiente contra la mesa en una secuencia ostensiblemente más rápida y más intensa que la anterior, pero ante mi principio de asombro comprobé que era una acción estéril; al menos,en apariencia; cabía la posibilidad quizá, que en el interior del tubo tanta agitación hubiera conseguido erosionar un poco los contornos de las grageas, especialmente de la que ejercía de tapón; puede que tal acción erosionadora,si repetía la operación de golpeo 1000 o 10000 veces,al final consiguiera roer tanto los bordes de la pastilla obstáculo que ésta acabaría rodando por su propio peso tubo abajo,succionada por los efectos magnéticos de la gravedad; puede que todo esto fuera probable;o cierto,porqué me costaba creer que una casi etérea por su poco peso, pastilla como aquella o aquellas (su número exacto continuaba siendo un misterio ) pudiera salir indemne de la brusquedad de tanta zozobra ; pero lo único que valoraba en ese momento era que de los aposentos interiores del caño seguía sin emanar nada. Parpadeé entonces un poco incrédulo y en un gesto reflejo decidí volver a mirar el interior del tubo para redefinir de nuevo la posición del comprimido inicial y poder actuar con una mayor eficacia posterior a efectos de su desprendimiento ; levanté el envase y lo aproximé a mi ojo derecho; hecho esto,cerré el párpado izquierdo y como si oteara el horizonte a través de un catalejo inspeccioné las entrañas del tubo con la pupila derecha abierta al máximo de su flexibilidad; la grágea primera, (o la grágea en singular, puesto que continuaba sin saber si eran una o dos; muy improbablemente,tres; y era imposible cercionarse sobre ese dato aún intentando extender mi pupila al fondo del tubo; el primer comprimido no solo bloqueaba todo movimiento de las cápsulas en su interior, sino también cercenaba y por completo, cualquier proyección visual al fondo del tubo; detrás de esa primera gragea taponante se extendía,como un escalofrío helado en la penumbra de la noche , el halo de lo desconocido ) seguía atascada en medio de la circunferencia de plástico que constituía y daba forma al envase,y a pesar de mis sacudidas de alto energetismo y aún humeantes, parecía presentar la misma posición y el mismo grado de inclinación que antes. Me consterné por el fracaso de mis tentativas de deslocalización de la grágea, lo que vino a coincidir además,con dos ingestiones especialmente dolorosas de saliva; la garganta me seguía tramitando síntomas de inflamación,congestión y estrechamiento; cada deslizar de saliva a través de sus compuertas continuaba provocándome pequeños zarpazos al esófago; la necesidad de tener el comprimido blanquecino del envase rojo disolviéndose en mi boca para aplacar aquellas efusiones de dolor que me abollaban la garganta, se hacía más apremiante que jamás.

sábado, 26 de julio de 2008

Faringitis /2/

La noche seguía inmovilizada y la garganta continuaba doliéndome; y por mucho que lo probaba,no conseguía abrir el tubo rojo conteniendo al menos dos pastillas anti-faringíticas en su interior;el tapón circular que las sellaba,continuaba empecinado en no emitir señales de descerramiento. Lo intenté varias veces más,haciendo girar el tapón por entre mi pulgar y el índice derechos unidos en circunferencia,pero resultó estéril; el envase giraba como inexplicablemente engrasado por entre mis dedos sin alterarse, incólume e indiferente en términos de obertura,a mis intentos para que se seccionara en dos. Me agoté de aquellas probaturas y con un gesto ràpido,de escolar, me llevé el tubo y el tapón asociado a él,a los labios; entonces,en un movimiento súbitamente aquietado,coloqué el tapón encima de los dientes incisivos inferiores,y poco a poco,con un mover pausado y cuidadoso de la mano que lo sostenía,fuí deslizándolo por la parte superior de la superficie dental para conseguir ubicar el punto de intersección entre el corpus del tubo y su parte móvil;entre la coraza de plástico y su tope deslizable de cierre. Invertí unos segundos en esta operación,palpando con los incisivos las zonas aledañas al tapón para dar con el punto exacto en que éste y el envase cilíndrico se unían;cerré los ojos para intensificar la concentración;esperaba oír un levísimo click,como el que se escenifica en las películas cuando alguien intenta abrir una caja fuerte y prueba y prueba con la numeración hasta que,el oído aplicado a la puerta de hierro colado de la caja,detecta un click y el rastrea-combinaciones abre los ojos y el rostro se le enciende en alborozo codicioso; pues así,de manera similar,en silencio concentrado, operaba yo en la quietud aguda de la noche,con un brazo arqueado y con el extremo del tubo encarnado de las pastillas moviéndose por la superfície escarpada de mis incisivios; emplée unos segundos más en esta operación,como un voluntarioso zahorí de discontinuidades plásticas,cuando al fin me pareció discernir con la punta del esmalte,la línea de separación entre el torax y el encéfalo del tubo. Abrí los ojos como activados por un resorte instántaneo,levanté los labios para que hubiera la menor fricción de resistencia posible y a continuación apreté con los dientes; hubo un momento de vacilación en la precisión de la colocación de la avanzada dental, pero tras algunas prospecciones fallidas,acerté de lleno con la ranura intersticial del envase y mis dientes se hundieron secamente en un lapso infinitesimal; simultaneamente se oyó un ruido sordo de desrenraízamiento plástico y el tapón sucumbió por completo a la acometida mandibular; me quedó entonces,suelto y libre entre los labios; instintivamente lo escupí y cayó rodando por encima de la mesa de la cocina hasta pararse al contacto de una bandeja con fruta,justo debajo la superfície abombada de un melocotón de piel oscuramente grana. Tomé nota de su emplazamiento y pasé a mirar el interior del tubo que seguía en mi mano ya descabezado.En sus profundidades,casi al final del envase,un poco inclinada hacia mi,fijada entre las paredes blancas circulares del tubo que parecían inmovilizarla,se apreciaban los laterales arqueados de la primera de las que yo creía dos pastillas anti-faríngiticas.Salivé un poco al apreciar sus contornos color de cal;en verdad,el cuello me dolía cada vez más y necesitaba apaciguar aquel crescendo de rasguños al esófago cuanto antes.

miércoles, 23 de julio de 2008

Faringitis /1/

Esta madrugada,sobre las 4 y media,me ha despertado un principio de dolor de garganta.Inopinadamente,fusionado aún plenamente con el colchón y sus acogedoras sinuosidades, me he sentido fluír dolorosamente la saliva en su trayectoria descendendiente por el esófago adormecido. Cada ingurgitación de miligramos de saliva me hería el conducto de la garganta como si arrastrara en su liquidez, manojos de púas silvestres; polvorientas y lastimantes.No me ha quedado otra que salir de las profunidades descansadoras en las que me hallaba, incorporarme a una semi e indeseada verticalidad, evadirme de los contornos de la cama y con paso torpón, irregular y balbuciente,deslizarme por el pasillo en penumbra y dirigirme al cajón de los medicamentos. A principios de 2006 tuve un esbozo de faringitis y me hice con algún medicamento al contraefecto. Recordaba vagamente no haberlos agotado. Sobre todo, he focalizado mi búsqueda en hacerme con unas pastillas envasadas en un tubo rojo que rememoraba efectivas; pero no las he hallado. Entonces,con un principio de desazón, he cerrado el cajón y me he ido a inspeccionar el el armario de la cocina donde a veces,en un diminuto ángulo de un cajón sin cometido gastronómico alguno,se elevaban amontonados, entre una miscelánea de objetos algunos envases de medicamentos para achaques livianos.Tan pronto como he mirado en su interior me ha alumbrado la pupila el brillo del tubo rojo de las pastillas que rememoraba efectivas de la faringits de 2006 y me he hecho sonriente con él; pero su tacto y su elevación en el interior de mi mano al prenderlo me ha matizado la sonrisa; la gravedad tiraba de ella con muy poca fuerza y he temido severament la contingencia de que pudiera estar vacío. Esas cosas a veces se dan ;a uno le da pereza desembarazarse de un peso muerto y lo deja ahí para que sea el siguiente el que lo haga por él; o simplemente,acontece un descuido aritmético o de atención y se deja el tubo,o lo caja,o el envase en la modalidad que sea, pensando que aún queda alguna unidad,alguna gragea,alguna expresión de preparado curador o de la modalidad que sea, en su interior cuando en realidad está vacío y carente de producto. Lo cierto es que una vez ya el tubo en mis manos,me ha costado mucho de abrir;l a tapa de plástico duro estaba fuermente prendida a la boca del envase y no había manera de que cediera;no recordaba que en 2006 me hubiera costado tanto.Quizá había sido el tiempo con su irrefrenable tendencia a mutar todo, el que ha forjado una unión más íntima entre el tapón y su acogedora de plástico; o tal vez, la temperatura de la cocina ha sobrecalentado en alguna ocasión el tubo, impulsándolo a la dilatación e incluso a una leve fusión interior para luego, con la normalización térmica posterior de la estancia, volver el plástico al enfriarse, a sus proporciones de antes, pero deformadas, impidiendo de esta manera,la normal fácil abducción del tapón del envase. Cualquiera que fuese el motivo, la cuestión es que por instantes me ha resultado totalmente imposible descerrajarlo; y ha sido sin embargo en este marco de desazón momentánea ,en uno de mis tentativas encaminadas a la eliminación de la obturación del tapón que me he dado cuenta que el peso casi ingrávido del tubo se modificaba en su parte central para pasar a devenir por un breve lapso,un objeto remotamente pesado. He colegido que extraña y azarosamente bloqueada en aquel punto intermedío, residía con seguridad una gragea;quizá dos. El dato no era bajo formato ninguno,baladí; por si solo daba renovado sentido a mis ya planeados nuevos intentos por mirar de resquebrajar la adherencia, parecía que fanática, del tapón al envase base. Y me ha aliviado; porqué la garganta seguía con cada sorbo de saliva descendida, doliéndome y la idea de tener una de esas pastillas envasadas en el tubo rojo, de deglución suave acariciadora y lenta en mi garganta doliente,me parecía en el silencio completo de la noche que me circundaba, de lo más balsámica,deseable,risueña.