miércoles, 18 de enero de 2012

/159/

Con las manos apoyadas en la parte superior del rectángulo de metal cuadriculado que era la valla, imprimí fuerza a los brazos y elevé el tronco; mis piernas tomaron entonces impulso y en un momento, la primera de ellas quedó alineada con mi tronco en torsión en ese remate plano de estructura; después empelí la pierna hacia la parte externa e instantanéamente, todo yo, por efecto péndulo-gravitatorio, me sentí elevado a la manera de una totalidad, y en nada me vi sentado rigente, a la pose de un desgarbado jinete, en la parte superior de la valla. Mi sostenibilidad en ese punto era escuálida y la más mínima ráfaga de viento, hubiera sido capaz de tumbarme. Me moví, dubitativo, un momento para asentarme, pero alarmado, paré en seco al notar el roce del bolsillo posterior, donde llevaba los restos de los poemas, con la superficie dura; sentí tremores ante la idea de que los rescoldos de mis escritos a Raquel, terminaran de despedazarse en ese minúsculo receptáculo oscuro de tela y aborté todo movimiento de cintura. Intenté entonces fijar las manos en el metal para asirme un poco y evitar la fricción del pantalón y las migajas de poemas con la valla, y por unos momentos, mis brazos quedaron rígidos, como dos tensas hipotenusas de un triángulo al espacio completado por la planicie superior de la valla y el lateral de mi cuerpo. Permanecí por un momento, instaurado en esta posición y entonces me acordé del hombre. Bajé inseguro mi mirada hacia el árbol y mis ojos se toparon en encontronazo rápido y envolvente, con los del energúmeno de hacía un momento. Me miraba incrédulo y averbal, con una desfigurada mueca de rostro de la que parecía haberse aligerado la tensión y me di cuenta, desde mi posición insegura elevada, de que su brazo ya no sostenía piedra alguna. Su iracundia de hacía unos aleteos, parecía haberse tornado sorpresa, sorpresa con destello opaco de temor inserido.....

martes, 17 de enero de 2012

158

Impacté contra la valla con fragor. Entonces me así como pude a sus cuadrículas de metal y empecé a ascender; era un proceso dificultoso, lento y barrido por las incomodidades; tal como había presupuesto, me veía a cada movimiento, forzado a flexionar dolorosamente las plantas de los pies para poder encajarlas, medio verticalizadas, por entre los agujeros de la red tomada por el metal. Trepé de esta manera, con mi frenetismo interior aplacado por las dificultades del medio, unos segundos y al final mis manos tomaron la parte superior de la lámina pudelada. Allí la superficie se convertía en súbitamente compacta, lisa y llana y de un grosor limitado, por lo que mis dedos se pudieron asir a ella sin dificultad. A partir de ese punto, con las manos ya firmes en estructura compacta homogénea, todo era tomar impulso y maniobrar para sentarme, ni que fuera en inestable, en lo alto del pico aplanado de la valla , punto a partir del cual me trasladaría a la exterioridad del polígono en salto hacia los rastrojos quemados por el sol, que lo circuían. Mientras tanto, ignoraba que había podido acontecer con el hombre del mono y su brazo con piedra apuntando, porque el lugar de nuevo se veía tomado por un concentrado y desconcertante silencio; mientras ascendía, temí por un lapso, que el energúmeno accionara el brazo y proyectara la piedra hacia mi espalda franca y desprotegida, pero aún a análisis de ese rumiante airado, tal acción debía verse ribeteada de hondas connotaciones criminales y ni la piedra ni objeto, ni tan sólo frase alguna, habían surcado el espacio en trayectoria tendente a mí...."

sábado, 14 de enero de 2012

/157/

El hombre permanecía en tensión quieta, mirándome absorto en su rabia, mientras su brazo con piedra asida, seguía posicionado hacia mí. Pasaron unos inhóspitos segundos en los que nada sucedió; sus frases coactivas habían dejado de atronar sustituidas por el brazo con piedra activado. Yo apenas me movía; miraba al hombre y de soslayo a la valla; repetí la acción varias veces. Me sentía indeciso. A cada movimiento proveedor de mirada, más. De pronto, creí advertir un principio de movimiento en el brazo del hombre y no me quedó otra que decidirme; me giré todo lo rápido que me fue posible, compuse dos pasos mal accionados por encima de la rama que me sustentaba y al tercero, salté hacia la valla. Fue un salto desgarbado, por entre el entramado espesoide de las ramas que casi me frenan en seco y me remiten al suelo, pero el impulso había sido lo suficientemente fuerte, como para pasar entre ellas; entonces sentí por un momento, como la luz del día en su gris galena, me ganaba de nuevo mientras mi cuerpo se liberada de todo rozamiento con expresión del árbol ninguna; había salvado el follaje y ya evolucionaba fuera de la copa del árbol. Me sustenté entonces, durante un brevísimo lapso, en la nada de un salto al vacío y al acto,impacté sonoro y de lleno con la valla. Fue un contacto violento, repentino, de una turgente brusquedad, sin casi proporcionarme tiempo a lograr mitigar la violencia del golpe contra la gruesa y cimentada estructura de metal...

jueves, 12 de enero de 2012

/156/

Me fijé en él sólo un parpadeo, pero me asombró la indiferencia cósmica de ese acompañante del coche; con todo, no tuve demasiado tiempo para dejar fluir sensación ninguna; ya el hombre iracundo del mono confusamente azul estaba, con sus vociferaciones, a un par de metros del tronco del árbol, de su follaje macilento y de mí por de entre él. Desenganché rápidamente la vista del coche y moviéndome como pude en medio de las ramas, me acerqué tanto como pude a la valla; avancé y avancé hasta que noté que la ramificación sobre la que me sustentaba empezaba a inclinarse; si seguía un poco más, la rama podía quebrarse. Me detuve entonces e intenté ponerme en pie, lo más vertical posible. Me quedé un momento ganando esa dificultosa postura por de entre el ramaje entrecruzado; el hombre, que tal vez vio la ascensión al árbol imposible y había desistido de intentarlo, estaba ahora justo debajo mío, profiriendo sus coléricas emanaciones vocales. Sentí pánico al pensar que si la rama se rompía todo yo me desplomaría sobre él... -Niño, baja de ahí! ¿Qué haces ahí escondido? Que ya te hemos visto, que estás ahí; que llevas en la mano, ¿eh?-expelía por la boca, mientras acompañaba cada frase con saltos con el brazo extendido intentando tomarme por los tobillos- Baja, de una vez, que sabemos que estás ahí; !baja! y me enseñas lo que robado...!-La esterilidad de sus ridículos saltos que proyectaba sin parar, parecía estar aumentando su cólera. Yo le miraba aturdido; de repente la valla me parecía lejana y demasiado alta y sus cuadrículas metálicas demasiado pequeñas para acoger mis pies en forzosa torsión; me daba miedo saltar. Pero debajo estaba el hombre. Mirándole desde la altura de la rama que me sostenía inestable, todo en él, su boca expectorante, sus miembros extendidos y tensos, su mirada encendida, sus frenéticos y continuos saltos, me remitían a un cánido. De pronto el hombre agotado, paró de saltar y espetó: -Vas a bajar de ahí, ya lo creo que vas a bajar! Por las buenas o por las malas que te bajo de este puto árbol, granuja! Y dicho esto se agachó y apresó una piedra del suelo. Entonces se irguió de nuevo, tensó el brazo hacia atrás apuntándolo con el objeto rocoso hacia mí, a la vez que me conminaba amenazador: -Que te bajes, niñato! ¿No me has oído? ¿Verdad que sí que vas a bajar?

miércoles, 11 de enero de 2012

/155/

Las intenciones del hombre del mono haraposo azul estaban nítidas; pretendía capturarme; su irritación iba en aumento; era ridículo; yo no había robado nada; sólo me había metido en ese destartalado polígono para llegar cuanto antes a los chopos del torrente. Lo del frenazo del coche que él conducía ante mi carrera, y que casi me impulsa a la elevación, había sido sólo un accidente. Es cierto que yo estaba corriendo de un modo espasmódico y agitado, a la manera de una escapada; y sí,era cierto: huía; pero no huía por haber tomado nada de ninguna de aquellas naves herrumbrosas; huía de la incomprensión de Raquel y de mis versos descuartizados y del aquelarre del pasillo y de las frases mostazeadas con veneno y de la hostilidad del mundo; pero cualquiera le hacía entender ninguna de estas cosas al energúmeno en su mono. El hombre seguía vociferando; y una vez ya fuera de su cochambroso vehículo, se acercaba, se acercaba peligrosamente al árbol y a su ramaje y a mí agachado entre su follaje. -Míralo como se esconde! Qué te has llevado,¿eh?, ¿Qué es eso que tienes en la mano y que te has llevado de alguna nave? Un criph de esos de ordenador,¿no? Pues ahora lo vas a devolver, ya lo creo; la madre que te trajo, que si te llego a atropellar me amargas la vida para siempre, niñato de las narices... El hombre estaba a poco pasos; yo le miraba a él y a su paso lanzado hacia mí, y a la vez, enviaba mi mirada hacia la valla y calculaba el salto que tenía que dar para poder asirme en ella; era mucho más arriesgado de lo que imaginaba; si mis manos no se adherían bien a las cuadrículas metálicas podía caerme; y había altura; con todo, no tenía elección; sólo de pensar que las manazas del hombre iban a palpar el árbol tanteando mi posición, me producía punciones. Moví la cabeza hacia ambas direcciones un intervalo más, apurando las décimas de segundo; con todo, atendiendo a no sé qué extraño impulso, detuve un momento la rotación del cuello y me quedé mirando hacia el coche parado del cual acababa de salir el hombre; el acompañante del energúmeno seguía sentado, con su expresión vacía, en el asiento complementario al del conductor, enteramente inmóviles sus miembros, sumida su mirada en una lejanía insondable y macerado todo él, en un hieratismo comunicativo más propio del reino mineral..

lunes, 2 de enero de 2012

/154/

Los versos desensartados que leí al albur mientras abría la mano, me devolvieron a la escena del instituto y de inmediato, experimenté deseos irrefrenablemente incrementados de abandonar el polígono y escapar corriendo a los chopos del torrente. Dirigí entonces la mano con el papel conteniendo mis letras asoladas hacia el bolsillo izquierdo de mi pantalón e introduje el rebaño de papel, por un momento milimétricamente parsimoniosos mis movimientos, como si mis versos hubiesen sido redactados a nitroglicerina, en el interior de ese adosado de prenda. Luego levanté la vista y volví a toparme con la presencia inexplicablemente poderosa de aquel árbol en ese vericueto abandonado y lastrado por la sequedad, de polígono. Poco a poco me acerqué a su tronco; presentaba una corteza tomada por las irregularidades; me detuve ante ella y acompasado, elevé mis dos manos hacia el follaje asiendo una rama, de las de volumen, por de entre sus sinuosidades; después estuve un lapso sin moverme y entonces,de un impulso, me encaramé al árbol. Intenté a partir de ese momento, avanzar; ascendí de manera dificultosa por entre esa media espesura, más interconectadas sus ramas de lo que pensaba, pero el árbol resultaba ser a pesar de todo, de reducidos volúmenes y en muy pocos movimientos logré asentarme a poco menos que un salto de distancia de la valla cuadriculada de metal por la que pretendía escalar; semi-agachado, con la cabeza inclinada por dentro del follaje, sin forzar postura corporal ninguna por temor a dañar el papel con los versos reposando en mi bolsillo posterior, pensé cuál podría ser el mejor saliente del árbol desde el cual abordar con menor riesgo, el salto hacia la valla. Lo estaba barruntando cuando de pronto oí un frenazo seco de neumáticos a poca distancia. Giré sorprendido la cabeza a mis espaldas y miré hacia el asfalto del polígono que era el único lugar al cual yo, en aquel momento, podía asociar el rodar de un vehículo, y que quedaba ahí a nada del árbol. Intensifiqué la vista en picado a través del ramaje y contemplé alarmado al hombre iracundo del mono azul salir escopeteado del mismo vehículo cochambre que había estado a punto de despedirme a las nubes en el frenazo de hacía unos minutos. Venía el energúmeno, todavía en su gastado mono azul, claramente hacia mí; asustado, encogido sobre mi cuerpo agachado en el interior del árbol, abrumado por los acontecimientos del día, acerté a ver, por de entre las vías de luz que los entramados de hojas dejaban francas, que el rostro del hombre seguía tensionadamente rojo, que de sus ojos continuaban emanando chiribitas encendidas de irritación y que todo, en su movimiento de evasión del interior del coche, reenviaba a unos principios diáfanos de rabia, de rabia desbocada... -Sí, míralo, ahí está!-gritaba- Ahí está! Es él! Es él !Sobre el árbol, sobre el árbol que está el muy granuja, que se quiere esconder con lo que lleva en la mano ! Ladrón más que ladrón!