jueves, 15 de marzo de 2012

/172/

Avancé unos metros suplementarios a zancada apagada, de difícil compostura por el fango espeso y pesado que arrastraban mis zapatos. En un ladeo forzado y abrupto y casi sin darme cuenta, superé, el extraño círculo vegetal de las cañas coronadas en hojas envainadoras, y sin más obstáculo botánico por delante, divisé el remanso claro y dilatado que el torrente conformaba allí. La vegetación había desaparecido del lecho y tan sólo se mantenía intacta, en su delineamiento sin fin, a ambas orillas. Me detuve entonces, en el borde izquierdo del torrente, con los pies sumidos en la hierba que me cubría hasta las rodillas y miré hacia la orilla derecha. El remanso se seccionaba por esa parte en dos entrantes. Miré el primero de ellos, de unas dimensiones reducidas y nada se alteró en mí; entonces travasé los ojos lentamente hacia la otra cuña que el líquido formaba en la ribera, y al hacerlo noté como el pulso entraba en reacción y se disparaba. A los pocos segundos, mis ojos encuadraban perfectamente el entrante de agua en su completitud y una avalancha de multiformes descargas emotivas me recorrieron la médula en todas direcciones. Apreté entonces con intesidad recobrada la mano contendiendo los poemas desgarrados por Raquel, levanté un poco los pies y chapoteando por entre la corriente empantanada y el fango y las piedras del fondo me dirigí ,como un autómata, hacia esa enhebración de agua con la ribera que conformaba el entrante de curva alabaceada donde lo había visto por última vez....

martes, 13 de marzo de 2012

/171/

El lugar me llegaba con una aguda intensidad de recuerdo; había estado ahí una sola vez, pero el aluvión de emociones que se me agolpaban al rehallarme de nuevo en esa parte del torrente, reverberada en una tal dimensión, que cada elemento de ese paisaje vegetal me resultaba de dimensiones y tonos y volúmenes perfectamente identificables, como si se hubieran quedado grabados en un gigantesco negativo fotográfico en mi memoria, o como si yo hubiera estado solazando entre ese entremado cañoso cada día, cada hora de cada día, desde esa primera vez. Me alcanzó entonces la vista, a unos pocos metros por delante, la inconfundible imagen de un sarpullido de cañas que se elevaban homogéneas conformando un bloque de perimetro perfectamente delimitado, circunferencial y compacto, muy por encima de la altura de la vegetación circundante. Eran unas cañas de color parduzco cada una de las cuales se veía coronada por un penacho amarillento de hojas envainadoras de vagos dientecitos espinosos en los bordes. " Ahí detrás aflora ya el remanso" me dije sin dejar de chapotear por entre el fango, mientras mi corazón bombeaba a una velocidad ya tal, que los latidos me eran discernibles aún a través de las capas de mi ropa adosada, y del ruido de la corriente hacia el estancamiento y de las elevaciones acústicas apagadas de mis pies desenraizando con cada pisada, pegotes de fango lodoso y espeso..."

viernes, 9 de marzo de 2012

/170/

Avancé unos pasos más; mis pisadas chapoteantes por encima del fango, topaban a veces, con erupciones de vegetación caída que se quebraban bajo mi peso en un chasquido seco y abrupto. Unos metros después, dos ánades de plumaje vistosamente negro, camuflados hasta ese momento entre la cerrada espesura de las cañas, elevaron el vuelo violentamente al percibir acercarme; sus aleteos frenéticos e impetuosos zumbaron en el aire quieto hasta terminar perdiéndose, en una vibración desleída, corriente abajo. Yo miraba y miraba los chopos, mientras corría todo lo que las adherencias y la pesadez del lodo y la anfractuosidad del terreno y las irregularidades de las piedras y la densidad de la vegetación, me permítia. Al fin, a mi izquierda apareció el chopo del montículo granulado. Era un árbol en apareciencia análogo a todos los demás, pero en un punto medio su tronco se desboblada por un momento en dos, creando esa vistosa apófisis vegetal, esa gigantesca verruga botánica que le hacía distinto a todos los previos. Al superarlo mi corazón aceleró. Bajé la vista y sentí trepidantes mis pisadas al pensar que estaba corriendo ya de manera inequívoca, por el mismo lodo que sus patas habían pisado. Miré hacia la corriente en dirección a mi lado opuesto y percibí, por entre los alabeos de la vegetación en entretorsión, el ruido superpuesto de un incremento de caudal. Seguí y unos metros más adelante, vi por la otra ribera, el denso aterrizaje de otro torrente mucho más vivo y destelleante que entregaba su liquidez a la corriente mortecina por donde se intercalaban mis pisadas. En el lugar de la fusión de los dos lechos, el volumen del torrente se multiplicaba y la vegetación se suavizaba en seco, pasando en muy poco trecho a perder gran parte de su espesura, que se transformaba en unas alopécicas esponjosidades, a través de las cuales, devenía ya muy fácil, otear. Advertí que a partir de ese punto de claridad sobrevenida, casi todo en ese alargamiento de ribera torrentosa, me resultaba idenfiticable, intacto en relación a cuando ya había estado ahi..

martes, 6 de marzo de 2012

/169/

Mi trote seguía intenso aun en las dificultades de ese medio montaraz de humedad de moho, agua encharcada, lodo pegajoso, pobreza de luz y agrestes expresiones vegetales surgiendo a cada recoveco. Yo seguía lanzando miradas a los árboles que se multialineaban a mi izquierda buscando en ellos una contraseña guiñosa final de familiaridad e interrecepción, pero todos me alcanzaban iguales y uniformes,como si hubieran sido fabricados de un mismo crisol, bañados todos ellos en una densa capa de estatismo y de nula transmisión empática. Sin embargo, sabía que ya no muy lejos debía de hallarse el chopo con el tronco en promontorio granulado; lo había oteado desde la distancia, poco después de saltar la valla del polígono. Y la certeza de que se encontraba ahí y que ya no podía quedar a muchas estampidas de pasos me liberaba de lo agotador del avance por ese terreno semi-pantanoso, con ya la liquidez de la corriente negruzca casi inexistente, casi tragada por el lodo, tomándome los pantalones y notándola en su gélido progreso humidificante, por debajo mismo de las primeras estibaciones de los engranajes óseos de mis rodillas en estampida hacia adelante...

lunes, 5 de marzo de 2012

/168/

Seguí intercalando pasos por encima del lodo de las adyacencias al río, mientras observaba los árboles que me quedaban a la izquierda, buscando el chopo con la protuberancia granulada en su tronco. A mi derecha, la corriente languidecía por momentos, tragada por súbitas aglomeraciones de vegetación emanadas de su lecho, para volver a surgir unos pasos después coincidiendo con el fin de los contornos delimitantes de las plantas acuáticas. Yo continuaba fintando por entre esas expresiones vegetales verde amarillentas, mientras notaba la humedad líquida del agua y la pringosa del barro en los zapatos sepultados en lodo; el lugar se atrincheraba en un silencio de cúpula elevada e inalcanzable y que sólo rasgaba el chapoteo persistente de mis pasos. A veces, profusiones de hojas caídas caprichosamente amontonadas por los zigzagueos del viento, se interponían a mi marcha, condicionando de nuevo la velocidad de mis zancadas lastradas por los elementos. Bajo esa espesa frondosidad de firmamento vegetal que parecía depurar la luz, y resguardados en mi mano abruptamente sellada,los restos de mis poemas, seguían viajando conmigo, ahí los dos sumergidos en ese trote extraño y torsionado, por entre las cañas de chasquido quebradizo y las irrupciones de plantas acuáticas y el fango calcinado en negruzco por la falta de luz amontonándose contumaz en mis zapatos...