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Las bisagras de la puerta en abrirse, habían difundido una queja, aguda y chirriante; a su vez, el listón inferior de madera de la portezuela, rascó la superficie algo abollada de las baldosas del suelo; ante esta fanfarria conjugada de tonos cacofónicos, el voluminoso hombre de detrás de la barra, segregó la vista del periódico que estaba leyendo y levantó pausado su redondeada y alopeciente cabeza para dirigir su calmosa mirada hacia mi;una vez estuve encuadrado, me observó un breve momento y después pronunció con una voz de timbre algo diluido:- "Bonjour monsieur". Yo aproveché el cebo de la frase y la avanzadilla de mis pasos que me colocaron, con la única interposición obvia de la barra, delante de su prominente barriga, para desplegar observación; su aspecto daba a entender unos ampliamente sobrepasados 50 años; era bastante alto y de perfiles corporales expansivos y redondeados; para estar instalado en una isla mediterránea, lucía una tez extrañamente pálida y de los laterales y del posterior de su cabeza, grande y calabácea, emanaban diversas ristras de cabellos, negros y muy finos, moteadas en algunos de sus enclaves, por un blanco apagado de cal; a pesar de que el local era algo lóbrego y la temperatura templada, su consolidada calva relucía con abudantes gotas de sudor, de un gris oscuro y de contornos marcadamente ovalados;al mover la cabeza para mirarme, la parte baja de su mentón, que ofrecía, a la manera de dos superpuestas rodajas, dos pliegues contiguos de grasa, comprimido el retoño, desbordado el pliegue-madre, se agitaron tremolosos en al aire y su balanceo no se aquietó hasta que la impactante cabeza consiguió enlazar unos segundos de inmovilidad; el hombre escrutaba sin mucho nervio y su mirada, de poco voltaje, parecía impregnada de un halo de plenipotente bondad; a la vez, y quizá como efecto del peso forzosamente grande de la cabeza, el tórax y sus hombros escasamente anchos, se inclinaban hacia adelante; por vía de un diámetro notable se expresaban sus pálidos brazos y en los extremos de éstos, unas manos orondas y marcadamente carnosas seguían inmovilizando las páginas del periódico que yo había avistado desde el exterior y que ahora observé que se trataba de una publicación deportiva; había transcurrido de hecho, muy poco tiempo desde que lo había avizorado y el periódico permanecía con naturalidad enclavado en la misma página que exhibía, en su plano central, la fotografía de un portero de futbol en uniforme verde siendo batido por un disparo cruzado; en el casi profuso silencio del local, la voz del hombre emanaba tranquila y sin estridencias, y me fijé en que toda articulación verbal suya había forzosamente, de emanar al exterior tras superar el filtro de unos protuberantes pelos de bigote acastañados que en su trayectoria descendente y curvada, casi se le introducían dentro de la boca.-Bonjour Monsieur- le respondí con voz entumecida por los muchos minutos que habían pasado sin que yo hubiera verbalizado nada en clave centrífuga.-Qué es lo que Usted desea?-hizo el hombre con su blandeza de formas, de mirada y de voz.-Puedo usar el teléfono ? -Por supuesto, Monsieur;está ahí - me indicó levantando su brazo de radio abultado y carnes fofas, mientras lo extendía hacia el objeto adosado a la pared, unos metros más allá, al que yo desde la lejanía ya había intuido como el aparato llamante que el adhesivo de la puerta proclamaba.-Merci -le dije; e intentado afinar lo más posible fonéticamente lo que me parecía una frase ya bastante más compleja, añadí-"Puedo usar monedas para telefonear?Mi dicción al usar el francés era un poco rara; siempre lo había sido; el hombre contrajo un momento los mofletes y redujo la obertura de los ojos.-"Pardon monsieur?"Yo me intenté concentrar más en la frase y la doté de más longitud:-Quisiera saber si el teléfono puede funcionar con monedas.El hombre me siguió interrogando con la mirada, diferiendo aún más la redondez de sus ojos marrones;era obvio que seguía sin entenderme;pasaron unos momentos en los que la situación permanecía inoperante; me preparaba para una nueva reelaboración de frase cuando, propulsado por un calambre de súbito instinto, me vi llevando la mano a uno de mis bolsillos y extrayendo una agrupación de monedas;se las mostré a continuación e insistí en la idea:-Puede el teléfono funcionar con monedas?La inexpresividad de su mirada desapareció al verme asir las piezas y por primera vez, un remoto fiblón de luz pareció instalarse en sus ojos:-Por supuesto, por supuesto, Monsieur;funciona también con monedas-me dijo en un tono más mentolado de voz.-Perfecto-dije yo, e inicié maniobra de aproximación hacia el fondo del breve comedor donde silente en una pared, se hallaba el teléfono; sin embargo, antes de darme por completo la vuelta, dirigí una suplementaria breve mirada al hombre, que pasado el destello por la comprensión de mi pregunta, volvía a adoptar su tono apacible de formas, mientras bajaba su cabeza de mastodonte hacia las páginas del periódico deportivo, las cuales, entre sus blandas manos, seguían inmovilizadas en la amplia crónica sobre un partido de fútbol, crónica que se complementaba con la fotografía de un portero en uniforme verde siendo batido por un avieso disparo cruzado.
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Con paso prolífico crucé la plaza, pasando por debajo de la turgente sombra proyectada por las desbordadas ramas de los dos tilos y asomé en cadencia, por una calle estrecha inédita a mí hasta entonces; seguía buscando el distintivo de una abacería de tabacos o bien el logotipo de la empresa nacional francesa de teléfonos porqué quería hacerme con una tarjeta con vistas a poder efectuar llamada desde la hemicabina de la plaza que estaba dejando atrás; el callejón por el que me desplazaba resultó ser peatonal y tenía el suelo empedrado, con los contornos un tanto irregulares; el día seguía tranquilo y apenas a cada esporádico número de pasos, me cruzaba con transeúntes de lentos avanzares y aire ensimismado; consulté mi reloj y establecí que si en dos minutos no había tenido éxito en la exploración de fachadas, pasaría a preguntar a algún viandante sobre sus conocimientos relativos a la ubicación del tipo de establecimiento que deseaba encontrar; unos avances más allá, la línea de casas que me quedaba a la derecha se abrió de pronto y topé con una breve escalinata de peldaños abotargados y de color tierra, que conducía a la entrada de una iglesia; a pesar de lo rústico de la escalera, y de que tenía la tarea de dar con lo que buscaba en curso, sentí un envolvente impulso de trepar por ese desnivel escalonado; me paré entonces un tanto brusco y empecé a subir el amontonamiento de peldaños con ritmo dotado de cierto fulgor; sin embargo el trazado era más breve de lo que supuse y en seguida me hallé ante el corto rellano de intersección que conducía al pequeño templo y mi ascenso vino en diluirse; crucé entonces, a impulsos aun de la energía ascendente sobrante, el breve resquicio de terreno que me quedaba por delante y me detuve ante la sorprendentemente voluminosa puerta de entrada a la iglesia; el portón presentaba dos compartimentaciones convergentes en un punto cerrante central y era de madera algo desgastada y pintada a trazos y capas desiguales; a la altura de mi ombligo quedadan dos pomos metálicos, de acrobático diseño y pecas de óxido sobre todo en las sinuosidades superiores; sin meditarlo mucho los empujé, pero tal como supuse mientras ejecutaba la acción, estaban bloqueados por de dentro con lo que mi progreso cinético quedó frenado; alcé entonces la vista y contemplé unos instantes el breve tímpano cincelado que culminaba el dintel de la puerta y la escena bíblica que en él se representaba; los segundos observativos transcurrieron rápidos;luego dí media vuelta, recorrí de nuevo la escalinata ,esta vez en descenso, en una sílaba y una vez ya en la acera volví a interrumpir mi cadencia y levanté los ojos hacia el campanario que en elevación modesta, despuntaba por encima del tejado de la iglesia; era una construcción de piedra caliza, de tallo bien establecido, y de diseño redondeado y orondo; sin temor al deslumbre por el sol, cuyas reverberaciones me quedaban de espaldas, fuí alzando los ojos poco a poco, recorriendo pausado el bastidor del campanil; en algunas de las comisuras entre piedra y piedra, despuntaban lánguidas y colgadas sobre el vacío, unas breves expresiones de hierba arrastrojada, de aspecto un tanto torturado por su inerme exposición al sol; algunos de los cantos, a la vez, traslucían erosiones a ratos acentuadas, como si estuvieran aquejados de algún tipo de caries mineral; en un punto ya más elevado, el campanario presentaba adosado una fuente de recepción de cableado eléctrico, vetusta y con los hilos curvándose en unos conos inversos de mármol, para salir despedidos en diagonal hacia la parte reversa de la calle; en un sector más alto, limitando casi con su techo plano, del campanario irrumpían una media docena de gárgolas, de formas desiguales y perfiles virulentos e inextricables, desde mi posición, en cuanto a su narrativa; me entretuve entonces un rato observando los pequeños ventaniles que culminaban la torre, a través de la escasa obertura de los cuales, se distinguían los nítidos contornos de dos campanas, silenciosas en su caparazón de hierro negro moteado por islas de un fuerte, casi anaranjado marrón óxido; un escaso trecho más arriba, ya en el extrañamente llano techo del campanil, se apreciaban, jugando con el vacío desde los bordes de la elevación pedrada, un grupo de palomas incansables en sus movimientos frenéticos, repetitivos y vivos; por momentos, algunas de ellas se evadían de mi enfoque, perdidas hacia la parte posterior del remate del campanario, sólo para regresar poco después con el mismo paso nervioso con el que se habían eludido; algunas de ellas tenían la cabeza de un compacto verde brillante que restallaba metálico con el caer de los rayos del sol, mientras se inclinaban una y otra vez hacia la obertura queda de la calle; elevé en ese punto, un poco más la vista y topé con el esponjoso azul del cielo; el campanario ya no daba más de sí en extensión y poco a poco, sin acritud de movimientos, fui bajando gradual la vista, y pasados unos segundos, me encontré de nuevo observando los peldaños ocres de acceso a la iglesia; consulté entonces mi reloj: habían pasado unos 5 minutos desde que me doté del punto de 2 como máximo para evaluar como estéril o exitosa mi autobúsqueda de estanco o de tienda de la empresa nacional de teléfonos francesa, y actuar en consecuencia; pero esos cálculos, obviamente, no habían tenido en cuenta el paréntesis observante provocado por la tentación ascendente de la escalinata y los rehice; rememoré un poco y establecí que quizá había serpenteado por la calle peatonal un minuto y medio antes de que diera con los accesos apeldañados a la iglesia, con lo que pasaba a disponer aun de unos 30 segundos para intentar dar con el tipo de establecimiento que buscaba; cerrando definitivamente el episodio de la iglesia, dejé la escalinata atrás y proseguí el esmerado escrutinio de fachadas y de locales comerciales a banda y banda de la estrada peatonal; los segundos pasaban veloces y fue casi al final del plazo de los 30, en el segundo 27 o 28, que dí visualmente con un adhesivo ideogramático de teléfono adosado a la modesta puerta de acceso a lo que parecía ser un pequeño restaurante; me paré en dos pasos y miré desde la acera hacia el interior del local; distinguí una barra de madera con algunos taburetes también leñosos delante y dispersadas en sus cercanías, unas pequeñas mesas; el local aparecía pobremente iluminado y una figura de contornos marcadamente adiposos, leía en pie un periódico desplegado detrás de la barra; delante de él, en una de las mesas, se remarcaba de espaldas el que parecía ser el único cliente en ese momento activo en el local; escruté un poco más, a través de los cristales un tanto opacos de la puerta y acerté, no sin dificultades, a descubrir al fondo de la pared que quedaba a mi derecha, una estructura colgada en el muro con alta probabilidad de ser el servicio de teléfono que el anuncio en la puerta difundía; me alegré de la inesperada irrupción de la posibilidad de llamar desde un local, eventualidad que hasta ese instante no había contemplado, ante lo cual pasé a anular todos los proyectos circunscritos a telefonear desde la semi-cabina de la plaza de los 2 tilos; empujé entonces la puerta del pequeño local y entré en su penumbroso interior.
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De manera que me dispuse a intentar hallar un teléfono público con la más alta rapidez posible; no es que me preocupara mucho el factor tiempo; llegado el caso, siempre podía recurrir a un taxi que me acercara al hotel pero de momento prefería mantener las cosas en su más cercana proximidad al guión inicial; todo eso lo debatía mientras recorría dos calles céntricas con injertos a ambos lados, de restaurantes con carta a base de pescado y marisco, y finalmente fui a dar a una plaza muy aledaña al puerto, adornada en su centralidad por dos tilos inmensos; me paré en ese momento, y con la vista, fui recorriendo con detenimiento el perimetro de esa ágora de pequeñas dimensiones;tenía la idea de que de usual, las cabinas o los dispensatorios de telefonía pública, solían estar siempre presentes en las plazas, cuánto más céntricas más factible, y me alegré al constatar de que el rectángulo plazoleta en que me hallaba no era ninguna excepción; en uno de los extremos, en perfecta diagonal desde la posición en que me hallaba, se erigía lo que parecía ser un teléfono público, enclaustrado en una diminuta semi-bóveda plastificada de color ámbar oscuro;crucé a continuación los metros que me separaban del artilugio y de su mámpara protectora y me coloqué ante ella; busqué entonces visual, la ranura donde insertar las monedas, pero no acerté a distinguir ninguna; miré y miré, pero seguí sin hallar nada de confección similar a un orificio susceptible de acoger los pétreos y cinrcunféricos bordes de las piezas numismáticas; en un momento, llegué a aplicar un dedo al armatoste metálico y lo fui resiguiendo a la búsqueda de intercisiones, pero aunque recorrí exhaustivo el bastidor del teléfono, incluídos algunos tramos de su faz posterior seguí sin dar con pliegue laminado ninguno; el teléfono, por contra, sí que exhibia una ostentosa ranura plateada frontal, pero era la destinada a tarjetas, unas tarjetas que por lo que acerté a leer en un microtexto adosado al receptáculo que acogía al receptor, sólo admitía tarjetas editadas por la compañía de teléfonos francesa; unas tarjetas que supuse uno debía adquirir en un estanco o en algún establecimiento de esa tonalidad; chasqueé levemente la lengua en la atmósfera calurosa del mediodía que se elevaba e intenté localizar, por entre la secuencia de establecimientos que circuían la plaza y sus dos voluptuosos tilos, algun comercio con el distintivo de estanco adosado a la fachada o a las cercanías de la puerta de entrada, pero no atiné a dar con ninguno; entonces me puse de nuevo en movimiento y proseguí buscando, no ya una cabina o teléfono esta vez, sino un local donde poder adquirir una tarjeta editada por la companía de teléfonos francesa que me permitiera, mediante su colocación en la ostentórea ranura frontal de la semi cabina teléfonica que acababa de descubrir, efectuar llamada al hotel donde se hospedada el guía del grupo turístico del cual yo formaba parte, para alertarle de que ya estaba en Calvi y que viniera a recogerme a las cercanías de la ensenada de la bahía, donde le aguardaría bajo el impetuoso sol de ese radiante día de finales de abril que se trenzaba por entre las callejuelas en suave elevación cromática...
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Pero naturalmente,nada de todo eso advino; el móvil se perdió para siempre en las profundidades marinas de la costa corsa; poco después del incidente, el bote redujo su velocidad hasta casi reducirla a la nada; a continuación viró pausadamente en un imperfecto semi círculo y pasó a enfilar, con su indesprendible ronroneo motoro, de regreso hacia la bahía ;una vez la embarcación atracó en el puerto, bajo un sol ya elevado y de destellos monumentales, me despedí del marino que había hecho las veces de timonel, portavoz, guía turístico, acomodador y taquillero y bajé del bote, sin que nadie se hubiera percatado de la pérdida de mi ingenio llamante; " Bueno, al menos no tendré que preocuparme de llamar con urgencia a la compañía de teléfonos para que anulen el móvil; estaba a este respecto, muy tranquilo;en todo el trayecto no me había parecido detectar la presencia de ninguna boya delatora de actividad por la zona de submarinistas zambullidos; unos submarinistas que en sus evoluciones intentando avistar congrios o restos de arboladuras fenicias, pudieran toparse por casualidad con el artefacto y pegarse un festín telefónico en mi ausencia;y por otro lado, tenía entendido que en el fondo del mar la cobertura presentaba serias deficiencias; tampoco creía recordar, que mi móvil tuviera incardinado en él, ningún pergeño anti-humedad que le sellara la operatividad en caso de presencia de liquidez de alto contenido higrométrico en torno, ni tampoco me era en nada familiar que en el momento de adquirilo, me trasladaran que el teléfono estuviera dotado de ningún mecanismo anti-corrosión por sal marina que garantizara su funcionalidad aún en circunstancias de plena inmersión en escenarios fuertemente salinos; " Tranquilidad pues "- pensé mientras empezaba a enfilar por la ordenada y apacible ensenada portuaria. A banda y banda, las terrazas de los bares y restaurantes comenzaban a registrar cierta afluencia de turistas silenciosos y desperezándose;por todos lados, la lírica tonalidad de la lengua francesa, se elevaba suave y comedida y yo surcaba por entre sus sinuosidades fónicas mientras intentaba detectar la presencia de alguna cabina desde la cual efectuar llamada; me era perentorio ponerme en contacto con el guía del grupo con el que había viajado hasta la isla, a fin de que me pasara a recoger en uno de los vehículos que teníamos alquilado; el hotel en que nos alojábamos distaba seis kilómetros del puerto y antes de embarcarme en el bote turístico habíamos acordado que una vez regresara del trayecto, le llamaría para que se acercara a recogerme; era una operación comunicativa que naturalmente, tenía previsto realizar con el móvil, pero al precipitarse éste en las olas, había que pasar a darle un nuevo formato; "Una simple cabina de las de antes-pensé-alcanzará".
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El teléfono verdinegro,con su voluminoso perímetro de ángulos perfilados desparramándose mustio por la verticalidad de la pared, surgió así ante mí con los contornos de una semi-aparición; mientras seguía observando sus anacrónicos perfiles, intenté recordar cuánto tiempo hacía que no hablaba a través de un artefacto de esa índole; desde luego, hacía mucho; me impliqué entonces en probar de delimitar mejor ese cuadro sinóptico de última llamada efectuada por teléfono público convencional, y al cabo de poco, dí con qué había sabido identificar las que con factibilidad, habían sido las dos últimas; lo que sin embargo no me aparecía conspicuo era el orden cronológico en qué se habían desarrollado: cuál de ellas fue primera y cuál devino posterior; sabía que era un dato no dotado de excesiva trascendencia, pero a pesar de ello me envolví en ciertos esfuerzos recordatorios por intentar extraer ese doble encuadramiento en el tiempo; la primera de las llamadas que delimité tuvo lugar en Córcega en el curso de unas vacaciones de Semana Santa, hacía unos seis o siete años y era ya en plena época de aspersión de los móviles;yo había llevado el mío conmigo y durante los primeros días operé con él con total normalidad; la mañana del último día, me separé del grupo con el que viajaba y partiendo de la bahía de Calvi, hice una breve excursión de bajura en un bote turístico que bordeaba unas millas la costa; mientras observaba, sentado en un rincón de la popa, la aturdidora belleza de un mediterráneo inabarcable en su azul destellante, recibí un mensaje al móvil; mecánicamente, sin poder desencuadernar la vista de la estela blanca gris burbujeante que el bote creaba en la superficie acuática, tomé el móvil con mano distraida y me dispuse a descerrejar la comunicación entrada; pero debí actuar algo torpemente, porqué al trazar la curva con el brazo a efectos de colocar la pantalla ante mis ojos, que seguían insaciables el espectáculo del azul cisurado por el desplazarse del bote, el móvil se me deslizó de las manos y cayó al mar; fue un segundo, un lapso ínfimo en el que a pesar del estado de abstracción observador del que forzosamente tuve que evadirme y del ruido zarrapastroso del motor cercano, pude distinguir el impacto, atenuado, débil y fugaz del móvil al chocar con la superficie acuosa; al instante, hice amagatoria de levantarme, como si con ello pudiera lograr algo, pero desistí ante lo estéril de tal trazada acción y volví a sentarme, avizorando con ojos entrecerrados por el fulgor del sol, como el círculo de superficie marina que se había tragado el móvil, se hacía cada vez más y más diminuto hasta difuminarse por completo con la inmensa brazada marina; jamás supe quién fue el remitente de ese mensaje ni menos aún, qué venía en él; algunas veces fantaseé con la idea de unos pescadores corsos de rostro oscuro y venosos brazos, encorvados sobre la superficie de un consumido bote de pesca, extrayendo fatigosamente del agua una raída red de pesca, en cuyo interior, entre capas de peces y expresiones marinas de todas clases danzando frenéticos, darían con un extraño objeto de plástico duro, recubierto por algunas diminutas dorsales de sal petrificada y salpicado de incipientes expresiones de coral rojizo; imaginé después un cielo anocheciendo y al bote rebosante de pesca, regresando tranquilo al puerto, y a un marino de espesa barba cana, electricista de cabaret en su juventud parisina, sentado aislado en un rincón solitario del barco bajo el fulgor escuálido de una lámpara mortecina; ante el pescador se elevaría una mesa de madera, destartalada y carcomida, en cuya superficie, abierto por la mitad y mostrando sus entrañas, estaría mi móvil perdido; el pescador intentaría, con gesto ceñudo y manejando un destornillador con el vértice del plástico de sujeción mordisqueado, aplicar al artilugio un by-pass agónico que lo devolviera a la funcionalidad; el marino, con su surcada frente fija en el miocardio del artilugio, probaría varias veces de completar el by-pass, sin resultado; pero coincidiendo con la irrupción de las primeras luces del puerto, el destornillador conseguiría al fin, enlazar dos partes micróscopicas de chip, drenar la sal acumulada en él y el móvil volvería a emitir un leve latido; poco después el bote de pesca atracaría en el puerto, y una figura delgada y encorvada, se perdería al poco por sus callejuelas, buscando la primera taberna, con un destello de recobrada luz en uno de los bolsillos de su agujereado capote; al día siguiente a media mañana, yo recibiría una llamada de un interlocutor, que con timbre ronco, algo quebrado, me preguntaría en un francés de marcada impronta corsa : " Perdió Usted un teléfono móvil en las hondanadas marinas cercanas a Calvi? ".
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Me quedé un rato en esta posición contemplativa, con la cintura bucleada, observando la calle e intentando insuflar en esta acción la totalidad de mi atención; la incógnita sobre cómo proceder en relación a Astrid me producía una tan tupida concentración de ideas enmarañadas que, por contraste, la elementalidad y primitivismo de las escenas anónimas que se producían en el asfalto ( simple interposición de desplazamientos rodados entrecruzados ) me alcanzaban como momentos de un paisaje delicioso, ovillante, casi bucólico; poco a poco, con todo, y a pesar de las sugestiones que la situación me remitía, la cintura me fue mandando señales de que la torsión a la que la sometía en mi extraña pose alabedada, le producía una rigidez curvada excesiva y decidí volverme a situar ante la mesa, ortodoxamente sentado; fue en ese punto, mientras corregía las coordenadas ubicacionales del esqueleto y mientras mis ojos se veían forzados, por ello, a abandonar la balsámica contemplación de la calle, que reparé en que en la pared que quedaba justo en frente de mí, al otro lado del comedor, un poco levantado por encima del discreto módulo de la caja registradora, se hallaba, adosado a un breve ángulo de la pared, un voluminoso aparato de teléfono, de imaginable estado de servicio a disposición de los clientes. El artilugio, en su abultado caparazón de plástico a extremos verde, a extremos negro, con el hilo del receptor anárquicamente curvado en su torpe caída, parecía, en su confín aislado de la pared, un armatoste de otro era, un artilugio chirriante de volúmenes exagerados y antipáticos, algo parecido a un fósil técnico viviente, desatendido e ignorado, totalmente superadas sus prestaciones estético-técnicas por las densas posibilidades de los ingrávidos teléfonos de bolsillo.
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La idea de que Astrid sí necesitara emplear cierto tiempo en elaborar la maleta volvió a rescatar la posibilidad de abandonar el restaurante y salir a su encuentro;con todo,algo seguía dictándome que la operación no terminaba de estar clarificada y que cabía la posibilidad de que estuviera impregnada de un cierto halo alocado, con lo que, tras propugnar una cierta elevación de muslos con finalidades levantatorias, volví a dejarme caer completamente en la silla al tiempo que expectoraba un nítido chasqueo lingual; de nuevo no sabía como operar y me sentía envuelto en una atenazante, mullida y romboidea malla de indecisión, de la cual pretendí huir cursando la vista hacia la secuencia polícroma de escenas en desarrollo del comedor, mientras a la vez, y sin casi darme cuenta, volví a hacerme con el móvil; la solidez de sus compactos contornos parecía ejercer de antídoto a la sensación de caída en fosa abierta que generaba el vapor de duda sobre cómo actuar en lo atañente a Astrid, a la descoyuntante disyuntiva de si debía partir al intento de su encuentro, o bien dar la comunicación con ella esa noche, ya por enteramente irrealizable; pero idear esta última posibilidad me causaba una sensación de rechazo primigenio y voraz y una desacequiada hinchazón de pómulos; inmerso en este vaivén de impresiones, levanté el móvil y súbitamente volví a marcar la combinación de Astrid, con el remoto pensamiento de que quizá hubiera decidido arrancarlo otra vez en confluencia con la red, pero me topé con idéntico resultado que las veces previas; el artilugio seguía desconectado. Deluso, me zafé del móvil, al que en ese momento asociaba a metempsicosis de mi desazón, dejándolo caer levemente desangulado encima de la mesa y me giré a la derecha; deslicé entonces mis brazos hacia la baranda que me flanqueba y me apoyé, ladeando ostensiblemente el cuerpo, en el deslizamiento de madera que la coronaba; en ese momento, dirigí la vista hacia la calle y la fijé casi en modalidad abstracta, en los movimientos rodados que se seguían sucediendo sin interrupción; las luces de los coches me llegaban difuminadas y brumosas, desprovistas de todo contorno sonoro, mientras las farolas seguían propalando sus rutinarias incandescencias ámbar-amarillentas;el vigor de la escena exterior contrastaba con la calma aséptica con que la distancia, y el conglomerado de vidrios de la magnífica portalada vítrea, la depuraban hasta hacérmela llegar ablandada, esponjosa y punteada de ingravidez...
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Con las nuevas conjeturas realizadas pues, la idea de abandonar la cena y tomar un taxi hacia Astrid resurgió; desde luego-perseveré pensando-,si para decidir arreglarse para salir un día cualquiera emplea una hora y si para ponerse una camiseta un sábado por la noche anda sumergida en disquisiciones selectivas durante una extravagancia de tiempo, resulta sencillo deducir que para efectuar el relleno de una maleta precisará emplear mucho más de los 35-40 minutos que yo había establecido como hipotética cifra tope para poder aún intercederme en su ruta; pero aunque parecía tal idea dotada de congruencia, mi sensación de alivio duró escaso ante la irrupción de un nuevo factor recóndito hasta entonces; en todas mis proyecciones partía de una premisa (la de que Astrid iba a tener que pasar por el trámite de empaquetar equipaje) que de pronto entendí que no tenía porqué ser cierta, porqué de hecho, Astrid no se mudaba a un hotel o se embarcaba en un crucero, sino que se iba a una segunda residencia familiar, por lo que podría ser perfectamente que, con toda su coquetería, tuviera depositada en las hondanadas de los armarios de ese inmueble, una buena provisión de ropa que le hiciera innecesario llenar maleta alguna; ante tal derivada, volvía a cobrar fatal dinamismo la posibilidad de una Astrid poniéndose en ruta y alejándose en un espació sucinto de tiempo, sin ninguna probabilidad para mí de lograr interponerme entre ella y su decisión.,,Me sentí de nuevo con cierto azoramiento ante este inédito dato sobrevenido e intenté mentalmente pulirlo a fin de hallarle matices; no conocía nada en relación a cómo era la casa;sabía únicamente que existía y remotamente, que la usaban en invierno coincidiendo con la temporada de esquí, pero nada más; de hecho no sabía ni en qué localidad estaba, ni qué antigüedad atesoraba, ni si presentaba dimensiones amplificadas o era más bien introvertida en cuando a expansión, ni tampoco guardaba idea alguna sobre datos del estilo de a qué distancia se hallaba de las pistas de esquí , ni de si formaba parte de un núcleo compartimentado de inmuebles o si por el contrario era una vivienda aislada; todos esos datos y un buen entramado de ellos más, se me escapaban; en simultaneidad, no me sonaba de nada que Astrid hubiera hecho ninguna referencia a ella en las dos semanas en las que habíamos intensificado contacto, por lo que pasé a deducir que la vivienda apenas debía de formar parte de su paisaje estival, mientras que por contra si me resultaba cercana cierta noción sobre un pueblo de playa de la costa de Tarragona; era, en consecuencia- continué desgranando- fácil articular el pensamiento de que la casa de la Vall d aran se limitaba a usos invernales, y si esto terminaba finalmente siendo así, significaría que por mucho que el inmueble estuviera provisto de armarios y que éstos estuvieran repletos de prendas de ropa, éstas serían exclusivamente de invierno, con lo que si Astrid tomaba la decisión de visitar la Vall d Aran una noche de pleno verano, si que se hallaría ante la necesidad de hacer equipaje, porqué presumiblemente en la vivienda de la Vall, sólo existirían prendas lanudas y de grosor destinadas a aplacar los rigores invernales, pero totalmente inmiscibles con las elevaciones térmicas de un chisporreante verano...
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Unos 35 minutos-continué pensando-es lapso más que dúctil como para que a estas horas Astrid ya esté camino de los Pirineos, con el móvil apagado, aún burbujeando su enfado conmigo y con el probable propósito de olvidarme asentándose entre sus intencionalidades más inminentes; con estimación factible- proseguí- si me decidía por abandonar la cena, inserirme en un taxi y cruzar la ciudad a correduría de su avanzar, franquear dos términos municipales distintos y finalmente presentarme en chirriante frenada de néumaticos ante la puerta de la vivienda de Astrid, lo más fundado es que me hallara con la primera puerta, la de acceso al jardín ya cancelada y con todo escenario urbanizado posterior a ella en silencio y densa penumbra...No sabía exactamente como proceder; el análisis crucigramado de los hechos me acababa de instar a pensar que salir a su encuentro sería estéril, una pérdida de tiempo, crematismos, ansias y palpitaciones; pero por otra vertiente, algo me empujaba a hacerlo, como si el hecho simple de inmiscuirme en acción, por si sólo y sin relación con si surtía rendimiento o no, atenuara el rasguño anímico que la noción de una Astrid perdiéndose definitivamente en mi horizonte, me producía... Por un par de veces hice amago de levantarme y abandonar el restaurante, pero terminé por derogar ambas y permanecí sentado en la mesa del comedor elevado observando inatentamente las evoluciones de los inseridos a sus mesas, mientras no dejaba de cavilar; y es que tenía la sensación de que algo, en medio de esas referencias de tonalidades opacas, parecía emitir algo de sustancia lumínica; porfié un instante, casi con los ojos cerrados, para atrapar esa noción y al fin pude dar con ella; con un acorde de expectativa recobrado, recuperé una referencia que no había tenido en cuenta en mis cábalas previas; en todas ellas había imaginado a una Astrid con resabios de enojo por mi demorarme en contestar, haciendo las maletas de un impulso y saliendo disparada de casa;esa era la versión monocolor que había estado manejando; no obstante, a tenor de lo que acaba súbitamente de recordar, esa lectura monocorde debía ser revisada; Astrid era una chica muy coqueta; una de sus amigas me dijo cuando apenas yo la conocía, que solía invertir una hora en arreglarse; y yo mismo recordé que en el coche, el último sábado, mientras la acompañaba de regreso a casa, le comenté que me encantaba la camiseta naranja que llevaba; ella sonrió como aliviada y me dijo que le hacía especial gracia saberlo porqué hasta el último momento estuvo dudando sobre qué camiseta ponerse de un elenco de tres; y que de hecho se había decidido por otra de color verde limón, pero que cuando estaba saliendo de casa se vió reflejada en los cristales de un coche aparcado y dio media vuelta porqué le pareció que la parte posterior de la camiseta que era un poco más clara, no terminaba de conjuntar con los tejanos desleídos que llevaba, y que ya de regreso a su cuarto, se desentendió de la camiseta verde y terminó por ponerse la naranja, no sin antes ponderar la posibilidad de colocarse la tercera que era, si mal no recordaba, azul turquesa. Todo estos datos recuperados finalmente, venían a dinamitar la escena de una Astrid componiendo en par de minutos la maleta para irse de fin de semana a la Vall d'Aran; dado su nivel de coquetería- pensé- y por mucho que estuviera agraviada, para encapsular su equipaje con vistas a un fin de semana largo fuera de casa, precisaría de mucho más que la cifra de minutos por la que yo, a contrabombeo, había apostado; me reconfortó haber reparado en el dato de la acurada afectación que Astrid otorgaba a todo lo relacionado con su imagen, y en el cambio de matiz de situación que tal cosa conllevaba; tal vez, con una Astrid largamente dubitativa ante el despliegue de ropa de su guardarropía, la idea de aprehender un taxi que me condujese a través del vaho húmedo de la ciudad hasta su casa, con probabilidades de hallarla enfrascada aún en los trámites de llenado de la maleta, no semejaba tan disparatada.
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Con todas estas disquisiciones que exigieron unas concentradas series de segundos, se me había mitigado la sensación de ardor bucal y regresé a la mesa. Después de sentarme, volví a teclear con el móvil el número de Astrid pero de nuevo me topé auditivamente con la voz enfrascada del contestador ante lo cual desactivé la comunicación sin haber silabeado fonema alguno a; deposité entonces el móvil en la mesa, junto al plato de los jalapeños y proyecté, desflexionando el dedo corazón previamente encogido, un golpe seco a uno de los bordes laterales del aparato; como efecto de la aplicación de fuerza, el móvil empezó a girar sobre su eje y me entretuve unos instantes viendo como sus rotaciones por un momento se acrecentaban para ir perdiendo rápidamente velocidad hasta detenerse en una semi diagonalidad con respecto a mi mano...¿Qué podía hacer? Una de las posibilidades era presentarme en casa de Astrid, hablar con ella e intentar reencauzar la situación; sabía donde vivía,a unos 30 minutos a rebufo de pistón, calculaba, del restaurante mexicano; era un trecho considerable y además yo no venía motorizado; también sabía que el transporte público cubría la ruta, pero desconocía horarios y los puntos de embarque con lo que la única posibilidad consistía en requerir un taxi; volví a girar la cabeza hacia la calle y observé a través del complejo de vidrieras del restaurante, como en muy poco margen, tres taxis, dos de ellos con la luz verde restallando en la atmósfera vaporosa de la noche, cruzaban en sentidos opuestos, en una proporción de dos a uno, la céntrica calle; era evidente que encontrar plaza en uno de ellos no me iba a costar casi demora, pero seguía pensando que 30 minutos eran un margen peligrosamente amplio;un tiempo de sobras para que Astrid, empujada además por los efectos catalizadores de su irritación, preparase sus cosas en un remolino de abrir y cerrar de armarios, cajones y cremalleras de maleta, se subiera al coche y enfilara hacia la Vall d Aran; unos 30 minutos a los cuales debía añadir todos los que habían transcurrido desde que había recibido su teletipo al móvil; y por supuesto los que me comportaría, dos como mínimo, el dejar la cena a medias, bajar al comedor, acercarme a la caja, pagar, salir a la calle y esperar el paso del primer taxi con el gálibo clorofila enfatizándose entre los surcos de humedad esponjosa y palpitante de la trémula noche de verano que envolvía la ciudad.