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Mantuve el dedo en esta posición de contacto fijo con el ondulado de la croqueta unos instantes más, aunque sin efectuar ya presión. Entonces decidí desplazar la yema a pequeños palpos, a la manera de un delicado tocólogo, hacia el lado opuesto, por encima de las ondulaciones acolinadas del frito, hasta alcanzar los primeros contornos de la popa del jalapeño; en esta parte, la pared vertical del rebozado que encapsulaba el preparado por ese flanco sur, se mantenía intacta y, en elevada proporción, esto explicaba el porqué el conjunto de la superficie frita presentaba una solidez tan sostenida, flexible e irresquebrajable y porqué, en emanación, el tenedor se había auscultado inane para mandíbularse en él; era justamente desde este foco que cerraba el flanco oeste de la croqueta, y que presentaba nula manifestación de dendritas de grieta ninguna, desde donde se aspergía solidez al resto del producto. Pensé por un momento en volver a dotarme del tenedor y clavarlo en esa latitud donde el rebozado no sólo presentaba semejante porfía homogénea de formas sino que además éstas eran de analogía opuesta a las que acababa de inspeccionar en el otro flanco del cocinado; se trataba de una firmeza rígida, autobloqueada desde sus mismos cimientos ovoides, contornos desde los cuales se generaba una estructura inmovilizada e inmovilizante, que a la manera de la quietud de un yunque, habría tolerado sin renuencias la incisión limpia de las puntas tricórneas del tenedor. Pero en ese instante de dedo aplicado a la croqueta, el hacerme con el tenedor me pareció un trámite remoto, sacrificante y descatalogado. Me bastó presionar un poco hacia abajo, con la yema del índice, en el punto en el que intereseccionaban los centímetros finales de lo horizontal de la croqueta y los de la pared vertical taponadora en que se metaformoseaban luego, para que el jalapeño se elevara terso rígido y limpio, y quedara fijado en el centro del plato, a la manera de un atornasolado menhir untoso, de fuste algo ventrudo y entrañas harinosas, sobre las que mi vista elevada caía en un amplio plano contrapicado....
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Me disponía finalmente a asestar mi primer golpe de incisivo escarpado a los jalapeños, así que aproximé el tenedor a la primera de las ocho porciones segmentadas de croqueta con incrustación de pimiento, que se desparramaban por el plato. El módulo que pretendía pinchar era uno de los dos que había laminado en un primer instante, y era imaginable que transcurridos unos minutos, el enfriamiento habría avanzado lo suficiente como para permitirme una masticación prolongada, gustosa y olfativa, sin riesgos de abrasión para mi complejo bucal. Coloqué entonces el tenedor en una inclinación contrapicada punzante contra el manto del rebozado con la idea de atravesar esa delgada capa y fijar con ello la croqueta en las astas del cubierto, pero aunque lo intenté repetidas veces, no logré izar ese primer atisbo enfriado del alimento; la horquilla del tenedor en vez de hincarse en el frito y perforarlo, hundía la capa de rebozado en bloque, como si se tratara de una lámina compacta que se comportaba además a la sorpresiva manera de un contorneado muelle, flexible y elástico: una vez anulada la presión del tenedor, la capa de rebozado regresaba lenta pero indesviable, en una acompasada ascensión estadillada, a sus posiciones de partida. Intenté tres o cuatro veces supletorias perforar el rebozado, pero fue infructuoso y terminé por desistir, ahíto de que en cada una de las ejecutorias sobreviniera idéntico y apelmazado guión; por momentos daba la impresión que la croqueta, más que estar frita con harina de trigo para encapsular el relleno pastoso de queso, lo hubiera sido con un preparado que contuviera alguna emulsión de material cartilaginoso, flexible y dúctil. Entonces, envuelto en un cierto hálito de pasmo facial, retiré el tenedor y lo reconduje a la mesa; me quedé unos segundos inmóvil, sin apartar mi mirada del plato, y sin saber exactamente como operar; luego sin liminares y en un gesto instintivo, llevé uno de mis dedos hacia la croqueta; lo arrellané encima de su capa frita y efectué presión con la yema hacia abajo; la capa dorada cedió en seguida, como había hecho antes con el prensado del tenedor, y por una vez elevó un suave crujido sordo, para luego, ante el persistente empuje del dedo, achatarse y achatarse, hasta que, por momentos, me pareció percibir que el borde frito del rebozo aún entero, entraba en contacto abierto con la tirita de pimiento jalapeño clorofilado del fondo; era obvio que eso suponía el límite desplazatorio y que ya no podía pensar en una ulterior trayectoria descendente. Me quedé a continuación de nuevo estático, mirando el plato, intentando diseccionar visualmente el jalapeño en esa fracción detenida de aplanamiento máximo; el interior de queso de la croqueta había desaparecido de mi vista, sepultado por la capa de rebozado expuesta a la presión de mi dedo, pero a pesar de soportar ese lastre, la membrana frita continuaba impostada en su aparente inexpugnable rigidez, incólume e intacta; por sus laterales, en algún de los momentos de más intensa presión dáctilar, asomaron algunas leves expresiones de la pasta cremosa del queso, que se recluían de nuevo, casi al acto, en el interior de su caparazón frito, como un caracol en su concha, si derogaba la presión del dedo. Con todo, ni en esos prolongados instantes de torsión máxima, el manto de rebozado se resquebrajó por ninguno de sus ejes esctucturales básicos y seguía mostrando la consistencia casi de una plancha alumínica; únicamente un apéndice diminuto, de tonos rojizos oscuro y sin ninguna adherencia de queso, se desprendió un instante de los bordes de la croqueta nodriza y cayó un punto ingrávido sobre el blanco del plato. Sostuve la intermitente presión dactilar unos instantes más, sin que nada inédito se produjera; para mi estupor, la estora del frito áureo-anaranjado permanecía inquebrada y continuaba regresando flemática a sus ubicaciones iniciales si se daba la ocasional contingencia que el empuje con la sonrosada yema de mi dedo languidecía...
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Lo primero que hice a continuación fue dotarme del cuchillo que reposaba intacto en las interioridades de la servilleta crema y rasgar con sus dientes serrantes la tira de pimiento jalapeño de la primera croqueta, la de las renuencias a ser segmentada por el tenedor; la veta de vegetal cedió esta vez en seguida y la composición frita quedó dividido en dos muñones contiguos; entonces con la punta del cuchillo distancié ambos para que la atmósfera fresca del comedor penetrara en sus pastosas interioridades de masa láctea coagulada y los refrigerara. Después, repetí la misma operación de seccionado con las otras tres croquetas, las cuales, como había ocurrido con la primera, exudaron al quebrarse un breve y al segundo agonizante, hilo de humo " Para tan breve ser quién te dió la vida " pensé; hecho esto, retiré mi espalda un radián del perímetro de la mesa y observé el plato desde una óptica más exterior: las ocho porciones de croquetas se arrellanaban por pares, autónomas y estancas, mostrando sus entrañas blanquecinas al exterior e intentando imbricarse en la humedad circunlavante de propalado aire acondicionado. Observé unos momentos la blanda pared oronda y blanca marfil que constituía la masa un poco deslabazada y ventruda del queso de cada croqueta, con la leve expresión de clorofila de la veta de pimiento en su fondo. Después deposité el cuchillo en la mesa y decidí esperar un par de minutos a que los efectos de enfríado del cocinado se materializaran. Mientras lo hacía, me hice de nuevo con el tenedor y probé algunas de las tiras de lechuga verdiblanca que adornaban el plato; las hallé un tanto insípidas, sabiendo casi a vacuidad y me abstuve de seguir deglutiéndolas; calculé, a partir del montículo en que se apilaban, que el plato contendría de cien a ciento veinte de esas tiras , y que yo, con la maniobra de tenedor, me habría llevado a las papilas unas siete u ocho; la cena propiamente denominada, empezaba en ese momento, pero intuí que muy posiblemente el guarismo de porciones de lechuga por las que me interesaría se iba a petrificar en esa cifra. Luego volví a fijarme en el generoso alcor de salsa que reposaba en otro vector del plato; era una protuberancia exuberantemente densa, de contornos redondeados y bien moldeados; me asombró de nuevo su gran volumen; era una cantidad de salsa estridente que desentonaba en comparación con las dimensiones de las croquetas y de las tiras de lechuga; pensé que quizá la liturgia de la consumición de los jalapeños exigía bañarlos en esa salsa de virutas vegetales hasta hacerles rezumar su blanca y espesa liquidez; o quizá no concurría formalidad ninguna y lo único que había sucedido era que al confeccionador del plato se le había ido la mano con el cucharón; el caso es que había una porción de condimento exagerada para las dimensiones de los productos susceptibles de ser untados en ella; la salsa, en su color marfil blanco amarillento, remitía a la variedad crudités, con raspaduras de vegetales multicolores asomando a cada esbozo de centímetro y en principio intuía que mi intención para con ella no iba a elevarse más allá de intentar extraer su tonalidad gustosa mediante unas leves aproximaciones del rebozado de alguna de las croquetas. A la vez, pensé que podía haber untado los recortes de lechuga en esa salsa de brillo aceitoso y así mitigar su insipidez de vegetal crudo, casi inane; y por un momento me sorprendió no haberlo hecho; pero luego recordé que en mi primera inspección del plato, tan pronto como éste rezongó en mi mesa, me había embebido la atención ver lechuga en dos secciones distintas: mezclada con la salsa de un lado, y del otro, en el montículo independiente, con lo que deduje que si obraba colocada en coordenadas distintas era porqué el plato exigía no mezclar ambas y a tal efecto, seguí recordando, me había vetado el acoplar ambos acompañamientos; estaba decidido a respetar su deducible autosuficiencia a lo largo de toda su consumición. A pesar de este manojo de consideraciones, los segundos se deslizaban lentos y volví la vista a la escalera; en ese momento la camarera de rasgos criollos la reseguía de nuevo en evoluciones lentas y cuidadosas, con su lánguido esqueleto inclinado un poco hacia adelante y transportando en sus brazos medianamente extendidos, un pastel de tonos encapotados. Avanzaba en ascendente, concentrada y parsimoniosa, como si llevara una frágil petunia de cristal acendrado en las manos; cuando coronó el último peldaño, la otra camarera, la de los hipnotizantes ojos contextualizados en azul, la estaba aguardando. Ambas hablaron un momento y luego la chica de los ojos firmamento activó un encendedor y acercó la tenue llama emanante hacia dos grandes velas, rojas y en forma númerica, que se erguían en el centro del dulce. La distancia no contigua a esa parte del comedor, y el hecho de que el centro del pastel estuviera en diagonal hacia mí, no me permitía distinguir del todo el formato de la segunda cifra del número; la primera pude ver con claridad que se trataba de un dos, y por momentos, en uno de los movimientos de las dos camareras entorno al dulce, me pareció distinguir un seis acompañándolo; o quizá fuera un ocho; tampoco rezumaba excesiva trascendencia. Con las dos velas númericas ya encendidas, la chica de los ojos azul homérico, extrajo de nuevo llama del encendedor y activó la combustión de dos pequeñas bengalas que flanqueaban el pastel y que inmediatamente empezaron a expelir luminosidades achispadas y de corto vuelo en todas direcciones. Cuando la otra camarera apreció los destellos lumínicos del crepitear de las bengalas del pastel que seguía en sus manos, avanzó con paso muy rápido. como temiendo que las chispas se consumieran antes de tiempo, hacia la mesa de los turistas alboroteadores, los cuales al darse cuenta de la irrupción del postre conmemorativo y de sus chisporreantes complementos, se levantaron torpe y alborotadamente y empezaron a aúllar y proferir caóticas expresiones de alborozo en un nítido inglés norteamericano, de pronunciación vocal fuerte, cercano a lo estridente. Casi todos ellos prorrumpieron en atronadores aplausos mientras otros accionaban con los brazos levantados, sus servilletas desplegadas al aire a la manera de las aspas de un molino de viento agitadas por una súbita ráfaga. La camarera caribeña frenó entonces su veloz paso y completó el último tramo, el de la definitiva aproximación a las mesas de los turistas, de nuevo a velocidad precavida, mientras las bengalas enclavadas en el bizcocho untado de chocolate, seguían expeliendo su impetuoso chubasco de chispas; dos de los turistas entonces, sin dejar de expeler vítores, se hicieron con cierta torpeza de movimientos a un lado y la chica colocó finalmente el pastel en el centro de una de las tres mesas que ocupaban esos improvisados tunos, justo delante de una chica alta y delgada que aunque también levantada, se inhibía de componer aspaviento ninguno; miraba en todas direcciones y en ninguna a la vez y aspergía su sonrisa batiente y un poco turbada a cada lado de las mesas que ocupaba su grupo; era obvio que era la persona que cumplía los años y a quién iban direccionados todas las efusiones. Siguieron unos instantes de más gritos, más revoloteo de servilletas aspadas y más granizada de flashes, mientras las bengalas se iban consumiendo, hasta que finalmente, la última de sus chispas diluyó su minúsculo rayo en el aire. Entonces la chica aclamada, bajo signos de una leve turbación emotiva, repartió una última ráfaga de saludos hacia todo ángulo, se retiró un poco, curvando su esquéletico cuerpo hacia atrás e inspiró aire con los labios protuberantemente colocados hacia fuera, muy juntos, casi cerrados, permitiendo por una sola leve espita entrelabiada, el acceso de aire a sus pulmones. Permaneció unos instantes en esta posición aspiradora, con los ojos dilatados en una extraña expresíón de alelamiento y al final se impulsó toda ella hacia adelante, como activada por un brusco resorte de muelle interior y vertió el aire almacenado en sus pulmones sobre el pastel, en una larga aspiración sostenida que cercenó completamente el fulgor de las velas transformándolo en dos estelas de humo débil y mortecino. Al acto, viendo las dos llamas evanescerse, sus amigos empezaron a aplaudir aún más ruidosamente, a agasajarla de nuevo con toda clase de muestras efusivas y poco después, se unieron en un un coro de brazos con hombros y empezaron a entonar al unísono, un gargántaceo y chirriante "Happy birthday" tan expansivo que desfloró el silencio de las pocas mesas que hasta ese momento, se habían visto a salvo de las incidencias acústicas de la celebración. Mi mesa, que no era de las que quedaba más apartadas, recibió también, como una desapacible marea fónica, esos acordes distorsionados de laringes forzadas. El comedor entero, parecía haber momentáneamente cancelado toda actividad para seguir el desarrollo de la entrega de la tarta de cumpleaños. A mi lado izquierdo, los escandinavos habían apostatado momentáneamente del gin tonic y miraban en silencio concentrado y sesudo al fondo del comedor; el hombre locuaz y la mujer cuyos hombros parecían magnetizar sus manos, se habían colocado en oblícuo en sus sillas para tener una mejor perspectiva sobre el grupo celebrativo que les quedaban a sus espaldas; pero ni por esas, la mano del hombre dejaba de establecer comunicación táctil con los exuberantes omoplatos de la mujer. Justo delante de mí, siguiendo la barandilla con el enroscado plástico de absurdos intestinos lumíninicos, la pareja de ademanes silenciosos había también aplazado todo desarollo de actividad alimentadora y seguían, ambos con cabeza ladeada, los sucesos entorno a la tarta. Todo el comedor parecía haber paralizado las masticaciones; sólo el hombre solitario, el de cabellos electrizadamente alargados y peinado biombo parapetando la superfície de su cráneo yermo, seguía en la misma posición encorvaba hacia adelante, con la cabeza agachada y clavada en el plato. No se había girado un solo momento y perseveraba transmitiendo una sensación tensa y nerviosa, cuando no acrecentada: con el revuelo en la mesa de los turistas que quedaba no demasiado distante de las primeras virutas de sus cabellos camuflativos, se multiplicaban las posibilidades de que las miradas de algunos comensales se repararan y se posaran en él, lo que parecía, seguir aterrándolo. De vez en cuando, seguía elevando la cabeza de la sima de su plato y escaneaba, a lo periscopio, con mirada intensa, un tanto abizcada, el comedor a la búsqueda de hipotéticas pupilas centradas en él; luego, y si no detectaba nada sospechoso, volvía a bajar la cabeza y seguía con el plato. A mí toda la escena del pastel, que ahora se adentraba en las vicisitudes de su cortar, con un cuchillo cuyo asimiento la chica homenajeada insistía en compartir por turnos con todos y cada uno de sus amigos, empezaba a cargarme, así que orillé mi vista de esa porción del comedor y volví la atención a mi plato de jalapeños. Parecían haberse enfríado y me pregunté si no estarían ya térmicamente aptos para mi primera avanzada de dentallada en su cremoso relleno de pasta de queso con injerto de pimiento ...
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Resignado a aguardar unos minutos el advenimiento del primer mordisco, decidí seccionar en dos cada una de las croquetas extendidas en el plato para catalizar su proceso de enfriado, y con ello, adelantar unos minutos su deglución; a tal fin, y con gesto contenido, hendí un poco más el lateral del tenedor en la masa de queso del bollo croqueteáceo que en aquel instante, había dejado ya de desprender humo; esperaba que la acción cortante se consumara en tajante y que la croqueta se partiera en dos con rapidez y sin problemas, pero sin embargo, casi al final de su descenso, el tenedor frenó en seco su caída y quedó inmovilizado al contacto con lo que parecía ser una superfície dura e intraspasable. Intenté, insuflando una aplicación de fuerza mayor a mi brazo extendido, quebrar la renuencia del material que se resistía a la acometida del tenedor, pero fue en vano y no lo logré; era un hecho extraño y no alcanzaba a comprender por momentos, que es lo que podía estar pasando en las interioridades del rebozado; nunca me había encontrado con una croqueta que presentara reluctancia a ser desvertebrada ante la acción de un material de contornos no etéreos, ya fuera un tenedor, las yemas de unos dedos pinzando, o la lámina cortante de un incisivo dental. Entonces, dejé de apretar con el tenedor hacia abajo y canalicé la fuerza que seguía transmitiendo al cubierto hacia los laterales de la croqueta ya semi-eviscerada, abriéndola en dos lóbulos separados que se mantenían unidos en su parte inferior, como adosados a los engranajes de un un eje fijo, por aquella presencia de producto duro a ras de rebozado. Retiré en ese punto, con las dos partes de la croqueta ya plenamente abiertas, el tenedor para que no intercediera en mi campo visual e inspeccioné las entretelas del preparado frito; mis ojos toparon entonces con una tira de vegetal de un verde alicatado que se alargaba por debajo de la masa de queso, y que daba, directamente, por su reverso, con el manto inferior del rebozo. A continuación adelanté unos centímetros suplementarios mi cabeza hacia la mesa y posé mi vista con más atención en ese coágulo inesperado impregnado de verde mate, que con toda probabilidad era lo que había impedido el corte del tenedor. Se trataba claramente de una tira de vegetal, de un grosor astifino y menos lisa de lo que me había parecido al primer instante; a lo largo de su superficie, de un uniforme verde diluído en tonos claros, presentaba algunas irregularidades de textura en forma de leves abolladuras, y exhibía en todo su largor, una perfecta autonomía de ubicación con respecto al queso y a la cápsula de la capa frita en la que venía encajada, como si se tratara, esa tajada verde, de un compartimento estanco; de hecho, habría reultado sencillo, tirando de la punta de un tenedor clavada en ella, extraerla por completo. Me fijé un último instante en aquél elemento y entonces recordé la frase de la camarera de piel aceitunada al inquirirle sobre qué eran los jalapeños y si tenían alguna relación con los crêpes o con cualquier cocinado a base de harina y huevo :" Oh,no; los jalapeños son pimientos" me dijo; e instantáneamente resolví el enigma sobre ese primer plato; estaba claro que la segunda camarera, la que había depositado el plato en mi mesa, la chica de los turbadores ojos azules, tan azules que parecían elaborados con expresiones de materia extraída al cielo, no se había equivocado y que esas croquetas de mi plato eran los jalapeños. Reparé entonces en que la información que me dió la primera de las camareras no había sido la más precisa; era obvio que los jalapeños, si eran aquellas líneas vegetales inseridas en las croquetas como todo apuntaba a que sí, eran pimientos pero formaban parte del plato, al menos en cuanto a visualidad y presencia, de manera secundaria y recóndita; participaban en él, eran parte del plato, de su estructura constitutiva, pero no eran el plato, no lo dominaban, cosa que sí había imaginado al comprobar que ostentaban la titularidad nomimal del cocinado, e idea la cual, vino rubricada por la camarera caribeña con su, en esos momentos, indeleble frase " Los jalapeños son pimientos". Sí, devenía obvio que lo eran, me repetía, pero parecían ser un ingrediente secundario, de tercer orden, hurtado a la vista por el cierre hermético del rebozo y anegado solapadamente entre las untosas capas del queso fundido. Me pregunté como siendo esto así, detentaban la nomenclatura del plato; ¿No habría sido más exacto especificarlo taxonómicamente como "Croquetas de queso con tiras de pimiento jalapeño " O tal vez "Buñuelo frito de queso con grumos inseridos de pimiento jalapeño" Todas estas denominaciones me habrían parecido con claridad, más anexas a la constitución real del plato; y sin embargo eran los jalapeños, esas finísimas lonchas de vegetal casi indetectables a la pupila, los que ostentaban el peso denominativo; me dije que había de existir un motivo para que esto fuera así. Resuelto el primer enigma de si la camarera se había equivocado o no, y de si ese plato se correspondía al de jalapeños, había emanado al acto un segundo misterio para mí; ¿Por qué los pimientos jalapeños, teniendo una presencia tan insignificante, se arrogaban con la titularidad denominativa del plato? Dejé por un momento el tenedor en reposo, bebí un poco de cerveza de la copa abombachada y me dispuse a intentar desentrañar ese misterio en cuanto la temperatura de las croquetas empezara a remitir..."