miércoles, 27 de agosto de 2008

/3/

Escorado al fondo a mi izquierda, un numeroso grupo de turistas, en torno a una decena, jóvenes y ruidosos, cenaban despreocupadamente.A menudo interrumpían la atmósfera de contención decibélica del comedor, con carcajadas abiertamente contagiosas ; primero hendía la atmosfera una risotada y al acto se le unía otra y luego varias más en tropel y sobrepuestas.También ocasionalmente, desde las posiciones que ocupaban, salpicaba la pausada iluminación del entorno algún destello de flash de cámara de inmortalizaciñon de momentos; transmitían la impresión de estar celebrando algo ;quizá un aniversario porqué por momentos se elevó un chapucero cántico sincopado y quebrado que desde la distancia remitía al Happy birthday. El resto de mesas estaban ocupadas por parejas que cenaban pausada y tranquilamente. A dos metros de mí, siguiendo la barandilla cenaba una de ellas. Por el movimiento de los labios de la chica, que era la que me quedaba de frente, y por su gestualidad facial , devenía evidente que, entre aproximación de comida a la boca y aproximación de comida a la boca, soliloqueaba con el chico que tenía delante y al cual yo solo veía de espaldas; pero la sonoridad de su conversar no trascendía el perímetro más ceñido de su ubicación: era imposible detectar uno solo de sus diptongos hablados.El comedor elevado, recogido y tomado por una luminiscencia suave y envolvente, parecía generar una atmósfera de nido apartado y cálido, propicio a la búsqueda de intimidad comunicativa interparejal. Creí por momentos, ser el único presente que cenaba solo, pero al final descubrí un poco al fondo y bastante cerca de donde carcajeaban los turistas, una mesa con la figura de un un agazapado comensal también solitario. Era un hombre de mediana edad, de cabellos lánguidos y ya blanquecinos, peinados hacia un lado, intentando en su forzada extensión abarcar tanta superfície deshabitada de cráneo como fuera posible; de vez en cuando,elevaba la vista del plato y lanzaba, con ojos intensamente escrutadores, miradas oblícuas a derecha e izquierda escaneando densamente el entorno, como si verificara que nadie le estaba siguiendo las masticaciones, o que nadie hubiera reparado en él más de la cuenta; por su expresión facial al proyectar cada vistazo, emitía la impresión que tal posibilidad le aterraba. En uno de estos envites de pupila, nuestras miradas confluyeron un instante y él apartó los ojos rápidamente para sumergirse de nuevo en las entrañas de su plato; pero pasados unos segundos, volvió a elevar la vista, como buscando cercionamento de que ya había dejado de efectuarle presión ocular. Y mientras todo esto pasaba, ví acercarse a mí, con paso sinfónico, a la camarera de los ojos azules. Traía en las manos una botella transparente de cerveza y una rechoncha copa de vidrio, que depositó en mi mesa mientras componía un principio de sonrisa que dejó traslucir el alineamento impecable de las piezas delanteras su complejo bucal. Luego extrajo del bolsillo del delantal azul marino que llevaba ajustado un abridor y descerrejó con suavidad la chapa de la botella que colocó en otro de los bolsillos. Después elevó la botella y vertió tres o cuatro borbotones del líquido ámbar en la copa silente hasta dejarla a la mitad de su capacidad; entonces devolvió la botella a la llanura de la superfície de la mesa y me miró con sus dos esferas cerúleas que parecían tener el poder de atravesar el aluminio :



-Has decidido ya?- me preguntó indicándome con un dedo extendido, las tapas verdes de la carta de platos que yacía intacta en mi mesa.



Yo tardé un tanto en reaccionar, sin entender muy bien qué me estaba pidiendo ni por qué de los aposentos de su ceñido delantal azul oscuro, había vuelto a hacerse con la libreta de antes y había adoptado posición anotadora con un bolígrafo sonsacado de entre las anillas del cuaderno Por momentos me había olvidado de la carta de los platos y de que estaba en un restaurante y que debía seleccionar algo para comer de entre aquellas páginas ciclostiladas que ella me había pasado hacía unos minutos.Era obvio que mis esfuerzos por autoinsuflarme hambre estaban fracasando. Por añadidura, tenía que continuar haciendo esfuerzos considerables para ubicar a esa cariátide turbadora en el terrenal papel de interrogadora sobre comidas a ingurgitar.



-Ummm,pues aún no he decidido nada-acerté finalmente a deslizar-te lo digo en dos minutos,vale?



La belleza mareadora del rostro de la chica se contrajo un poco en señal de extrañeza, pero finalmente asintió, se volvió a guardar el bolígrafo y la libreta en los departamentos laterales de su delantal, dió media vuelta y se retiró silenciosa. Sin atreverme a mirar muy rectílineamente, mis ojos siguieron con mediana intensidad focal, su sinuosa trayectoria alejadora hacia la parte más interior del comedor. Los cabellos castaños le caían en una perfecta cascada comprimida por encima de los hombros, cubiertos con una camiseta blanca por debajo de las tiras del delantal, componiendo tambien ese reverso una idílica composición carno-poética que me dejó en zarandeo anímico. Inclinado levemente hacia la mesa, permanecí absorto, lánguido, ante la fuerza del campo gravitatorio que su estela había dejado en la atmósfera de la plataforma elevada. Pasé unos segundos instalado en este sopor de envuelo estético cuando una nueva salva de carcajadas de los turistas revoltosos del fondo del comedor me reubicó nuevamente en la naturaleza del marco en que me hallaba. Entonces desperecé mis cervicales de su posición un tanto ya anquilosada, me recliné ampliamente en el respaldo de la silla y dí sin excesivo afán (arrastrado por el curso de los acontecimientos la sensación de sed también se me había diluído) los primeros sorbos a la cerveza que destellaba dorada en la copa. A pesar de la menguada sensación de sed, encontré el brebaje intenso de sabor y de alta capacidad humidificante y sorbí repetidamente, sin grandes intervalos, hasta dejar la copa casi allanada en el vacío. Me serví entonces la otra mitad y dejé la botella de nuevo en vertical en la mesa, mientras observaba por un momento en su fondo, aprisionadas entre el vidrio claro de la botella, las caprichosas formas geométricas, bicolor e ingrávidas, que la espuma componía en la parte superior de los dos dedos de cerveza que aún quedaban....

martes, 19 de agosto de 2008

/2/

Una vez llegué al fondo de la sala, me saludó un camarero de pelo muy corto, bordeando en los laterales de su cabeza ahuevada el rapado al cero, que evolucionaba concentrado por detrás de una caja registradora.

-Una mesa para una persona- le dije.

-Sí-elevó la vista un momento, lanzó miradas a todo el comedor y al fin dijo-Te va bien aquí mismo?-mientras señalaba una mesa que quedaba justo a mis espaldas.

-Ummm- vacilé- preferiría una mesa en el comedor de arriba; es posible?

El chico salió de detrás de la barra y se colocó al pie de la escalera que conducía al comedor elevado. Entonces se dirigió a una camarera que estaba de pie dónde la ascensión de la escalera finalizaba,intercambiaron algunos apuntes gestuales que no descifré y finalmente la chica le transmitió un gesto afirmativo con el pulgar de una de sus manos El camarero se volvió a dirigir a mí:

-Sí, hay mesa libre en el comedor de arriba.

Yo esbocé apunte de sonrisa, salvé los pasos que me separaban de los primeros peldaños de la escalera y empecé a superarlos, encantado de que el comedor suspendido en el aire no estuviera lleno; de hecho tenía bastante decidido prescindir del ágape si la cena tenía que desarrollarse en la planta baja. La escalera era de metal y subía recta próxima a la pared.La compondrían unos 11 o 12 peldaños.Cuando la completé, apareció ante mi vista la plataforma donde se extendía el comedor superior que presentaba la casi totalidad de las mesas ocupadas. En ese momento,una segunda camarera, muy joven y muy delgada, de rasgos caribeños bien perfilados y con el pelo cortado también muy corto se dirigió a mí:

-Una mesa para cuántas personas?

-No, voy yo solo.

Entonces oteó el comedor y ante el estado de casi llenado de la sala, me señaló un rincón escorado al fondo que tocaba a la pared y que a su vez estaba anexo a la barandilla que a la manera de tope de un palco de teatro, daba directamente sobre el comedor de debajo. Yo profundicé mi esbozo de sonrisa porqué la mesa se erguía, junto con otras 3 o 4 ya llenas, justo en la línea de emplazamiento en la que me había visto cenando cuando contemplé el interior del restaurante desde la acera; una acera ya en ese momento, a buen seguro, barnizada por la humedad viscosa del crepusculo de agosto. La señalización de la mesa por parte de la camarera me reafirmó en resolutivo. De hecho se me habían extremado las exigencias y tenía apalabrado conmigo mismo irme, (o todo lo más inquirir por el largor de la profundidad de tiempo que me tocaría esperar) si la cena no podía desarrollarse en alguna de aquellas mesas apostadas en primera línea del refectorio suspendido. La chica entonces,con paso vivo , me acompañó hasta mi localidad y después de preguntarme en cuál de las 3 sillas que la rodeaban deseaba sentarme y yo indicárselo, la separó levemente y me invitó con gesto dactilar a la realización de la maniobra reclinadora. Yo desarrollé los debidos trámites de aposentamiento glúteal sin problemas y después de completarlos me hallé acondicionado con comodidad encima de la silla viendo como la camarera se alejaba de nuevo hacia la parte inicial de la escalera donde se ubicaba un pequeño ordenador que a la vez, presumí, podía ejercer de caja registradora. Desde la mesa,y con la espalda reconfortada apoyada prácticamente en la pared, disfrutaba de una perspectiva casi completa sobre los dos comedores.Mi mesa era pequeña. A mi lado izquierdo, bastante cercana, había otra más grande ocupada por dos parejas de turistas de unos largos cincuenta años. La mujer que me quedaba más próxima llevaba su pelo castaño cortado a la garçon, tenía unos grandes y esféricos ojos azules y por debajo del ángulo de la mesa se le desparramaban un tanto impetuosos, notables acúmulos adiposos. A pesar de ello,devenía obvio que debió ser guapa en su momento porqué sus facciones eran muy agradables con una boca de diseño impecable y sensual. A su lado, el que parecía con toda probabilidad ser su marido (de vez en cuando le frotaba con mano extendida, lenta y repetitiva, los contornos de sus hombros enrojecidos por el sol ) dominaba la conversación de la mesa. Exhibía un cráneo completamente rapado del que emanaban destellos encarnados al relumbre de las lámparas que colgaban del techo, y por debajo de sus gafas redondas se movían unos pequeños e inquietos ojos también azules,que desprendían un intenso brillo de supuración, posiblemente,en parte etiloide. Delante de ellos se sentaba la otra pareja, a la que apenas podía yo entrever. Me quedaba más cercano el hombre, voluminoso,de nuca montaraz, con una cabeza notable en dimensiones y muy densa en pelo. Hablaban en un tono medio, con momentáneas efusiones y risotadas y usaban una lengua escandivana que no era sueco. Probablemente eran noruegos; tal vez daneses. No había plato de comida alguno en su mesa y bebían los cuatro de unos vasos largos y anchos conteniendo lo que daba toda la impresión de ser gin-tonic. A mi lado derecho quedaba la barandilla y desde ella se dominaba el comedor inferior todo y las vidrieras y la calle en sincopada efervescencia de noche incipiente y vacacional. La barandilla estaba recubierta por un tubo de plástico enroscado sinuosamente que contenía diminutas lucecitas encendidas. Era un adorno que desentonaba un tanto, abiertamente kitsh e innecesario; pero apenas reparaba uno en él ante la amplitud de vistas que la plataforma erguida proporcionaba. También las lámparas del techo eran de encaje algo forzado,con unas ciertas pretensiones de art nouveau. Costaba mucho,sin comida aún en la mesa,rememorar que estabas en un restaurante mexica. Ni rastro del atrezzo que suele darse en estos casos; ni sombreros de mariachis,ni reproducciones de cactus del desierto de Sonora, ni pequeñas botellas de tequila ejerciendo de ceniceros, ni rancheras ambientando con su latigazo monocorde la sonoridad del restaurante. Era un poco extraño tal asepsia decorativa en fólclore y dí por sentado que el local podía ejercer las veces de cocktelería o bar de copas una vez finiquitado el horario de cocina. Mientras seguía observando, se acercó a mi mesa la camarera con la cual el empleado de barra había dialogado antes en código , y me depositó el menú encima de la mesa.Me preguntó si quería beber algo mientras esperaba la comida y le dije que una cerveza porqué a pesar de la ambientación fresca del local, la sed no se me había mitigado una fracción. Entonces me preguntó que cerveza quería porqué tenían de diversos tipos y procedencias. Yo elevé más la vista y me quedé súbitamente asombrado ante lo que mis ojos captaron; la camarera exhibía una belleza rutilante, esmeraldina, cardiopática; era como un foco de luz concentrada y cósmica, dorando de tonos irisados los hasta su irrupción en cercanía, tonos grises y aburridos del local. No parecía ser muy alta, pero se le perfilaba un rostro venusiano,con unos ojos grandes,vivos y azules y el pelo imponente y castaño, recogido,como una corriente fluvial del edén, hacia atrás. Hablada en tono más bien bajo,con un perceptible acento mexicano, de ribetes muy dulces. Sin duda era la camarera más guapa que había visto y costaba de entender que hacía ahí tomando notas en una ridícula libreta sobre el orígen y la clase de cerveza con la que los clientes deseaban lubricarse la tráquea. Ante una eclosión tal de densidad estética, me sentí por momentos con las sinapsis ralentizadas y torpes y le dije que escogiera ella misma la cerveza.

- Una Rectiezmo te parece bien? --me interpeló con su melífluo tono vocal.

-Sí,sí- acerté a verbalizar. Entonces tomó el apunte de mi petición y se dirigió en un giro de caderas tan dulce como su tonalidad de voz, hacia la caja registradora del inicio de la escalera. Yo la ví alejarse con su cadencia motriz suave y armoniosa y desvanecido su influjo de dríade zacateca por la distancia interpuesta, mientras se descomponían los cristales fascinantes de su embrujo y después de unos segundos de obligada descompresión, volví a fijarme en la eclosión detallística del restaurante.

domingo, 10 de agosto de 2008

Restaurante Mexicano en Barcelona

La semana pasada visité a un amigo en un hospital de Barcelona; había, él, sufrido una leve caída con la motocicleta con la que suele moverse por las vías de la ciudad y debía pasar 2 días en observación por una cuestión de vértebras; al parecer al caerse de la moto rodó unos metros por el suelo y su cuello golpeó contra algún objeto de contornos duros; quizá un trozo de desecho de obra (se estaban realizando unas reedificaciones en un inmueble cercano a ese punto y en la acera había un container con una montaña inestable, de tan alta. de restos de derribos) o una esquirla de adoquín;o cualquier otro objeto anónimo pero de naturaleza forzosamente compacta y dura porqué una vez ingresado le detectaron una contusión y una leve perforación en la base posterior del cuello. No parecía grave,y menos aún después de que el espectro de las radiografías descartara la rotura o fragmentación de vértebra alguna, pero los doctores insistieron en que debía pasar dos noches bajo observancia . Yo me acerqué a verle el segundo día (cuando le faltaban sólo unas 10 horas para poder irse a casa) y le hallé con el aspecto de siempre,estirado en perfecta sintonía con la cama mientras miraba un programa del corazón en el aparato de televisión que colgaba de la parte superior de la pared que le quedaba justo en frente, muy alta, casi enclavada en el techo. Más allá del lánguido batín blanco de paciente que exhibía, y de una breve curva de tirita que le rodeaba un lateral del cuello, apenas nada más remitía en él a la condición de convaleciente. Mi visita no se prolongó mucho porqué llegué un poco tarde, apenas cinco minutos antes de que le sirvieran la cena en una bandeja ocre compuesta de diversos platos, en uno de los cuales, (el de postre,de diámetro menor ), se elevaba escasamente tentadora una manzana de piel macilenta y máculas oscuras. Bueno,el caso es que viendo que era la hora de la cena, preferí no interceder mucho en la puntualidad de su régimen alimentario y empecé a formatear la idea de irme. Además, los hospitales y sus habitaciones en particular, con esa cama central que todo lo domina ,me ponen nervioso; no es que al entrar en una de ellas tenga ya la mano en el pomo de la puerta para abreviar trámites de salida; pero casi; y en última instancia mi amigo era tal pero tampoco formaba parte del núcleo sial de mis amistades. Así que un poco por todo eso en particular y también en su globalidad, decidí a los cinco minutos que la visita ya se había prolongado lo suficiente y después de despedirme abandoné el hospital.


Una vez fuera no supe exactamente qué hacer. Había quedado a las 22 30 y disponía de una hora muerta sin un cometido exacto.Podía invertir esa hora en ir a tomar algo en cualquier bar de los que se desparramaban por los alrededores del hospital; o a pesar de que no tenía mucha sensación de hambre,entrar en un restaurante y cenar; aunque cenar solo nunca me persuadió de sus bondades. No sabía por cuál de esas dos posibilidades decidirme, así que hice lo que suelo en estos casos de irresolución inextricable : mitigar la comezón laberíntica y paralizante de las dudas,andando. Enfilé unos pasos calle abajo y al son de mis pisadas sordas por los adoquines untados de la humedad de la noche canicular, decidí que descartaba cenar y que me limitaría a beber algo mientras ganaba tiempo a la cita y a la vez ,combatía la sed intensa que empezaba a sentir en ese bochornoso atardecer de verano.Por la calle, mientras inspeccionaba cada local al que flanqueaba para ultimar alguno que me convenciera, me cruzaba con grupos de turistas formados por dos,tres,cuatro,seis unidades,que se paraban escrutadores, ante los precios expuestos de los menus de los restaurantes.La atmósfera de la noche que se entraba era rica en vapor de agua y la mayoría de sus frentes brillaban al pasar por debajo del umbral iluminado de los escaparates y de las farolas; también algunos de ellos abanicaban con sus brazos el aire como intentando direccionar los segmentos de frescor que lograban arrancar, hacia sus rostros.Yo seguí andando unos metros más en dirección mar y crucé un par de semáforos. El sol se iba ocultando y las luces del alumbrado empezaban a dominar casi por completo, el escenario lumínico. Algunos taxis la mayoría de ellos con el verde centelleante y algunos autobuses casi vacíos, evolucionaban por entre los coches que salpicaban con muchísima más holgura que de costumbre,esa calle siempre atiborrada de vehículos. De vez en cuando, elevaba la vista y oteaba el horizonte urbano a la búsqueda de un bar donde tomar algo líquido con presteza porqué la sensación de sed devenía, por instantes, punzante. Finalmente,después de andar un breve trecho suplementario, me parecío distinguir a unos 10 metros el cartel exterior de una taberna de inspiración irlandesa y decidí que sería allí donde me aposentaría a efectos de mitigación de la sed y de mitigación del lapso de 56 min. que me separaba de las 22.30. Enfilé pues hacia el bar cuando a unos pocos metros de él, pasé por delante de la planta baja de un edificio dotado de unas vidrieras notables,que ocupaban varios metros y que rompían la uniformidad hierro-cementosa de las fachadas de la manzana. Miré en su interior y ví unas cuantas mesas apostadas por todo el local; cerca,a nada de los cristales, empezaba una barra que se torcía luego en forma de Ele abrupta y que ocupaba también la parte que me quedaba más alejada.El interior del local exhibía una luminosidad discreta y en su, para mi gusto, semi-penumbra, se veían algunos comensales instalados en algunas mesas y cenando envueltos en una calma absoluta, como si lo estuvieran haciendo en la superfície de la luna,con un sexto de gravedad tirando de sus cuerpos. Seguí mirando el local; al fondo se divisaba una planta superior a la cual se accedía por una escalera de metal situada en el flanco derecho.Una vez se superaba la escalera, aparecía otro comedor, suspendido por encima de la parte final de la barra.Desde el punto donde yo me hallaba se distinguían parte de sus mesas algunas de las cuales estaban ya en estado de ocupación y envueltas en actividad comestívora; y fue en ese momento, sin saber exactamente en respuesta a qué estímulo, que sentí unas galopantes ganas de formar parte de ese comedor elevado y de estar sentado ahí, en ese altiplano de metal, comiendo como esos ataráxicos comensales que veía a través de los cristales que parecían anestesiarlo todo, fundidos en la luminosidad vacilante del fondo del local. Dejé pasar unos segundos invocando un atemperamiento volitivo, pero los deseos de entrar se acrecentaron,como arrastrados por los fogosos mecanismos de una reacción en cadena;a cada momento los impulsos de entrar y cenar en ese restaurante, se enriquecían con tipos diversos de arrebatadoras imágenes;así me ví degustando manjares plácidamente en una de esas alzadas mesas, mientras observaría la calle en ebullición a través de las vidrieras desplegadas a todo horizonte, y mientras me apoyaría con brazo indolente en la barandilla que daba en caída libre,a la sala inferior. Dejé transitar unos segundos más, pero el crescendo magnético incitante que sentía hacia esa inesperada obertura cristálica de la pared, siguió. Y resolví finalmente entrar. Miré entonces un rótulo del local y descubrí que se trataba de un restaurante mexicano. Me gustó leerlo. Tenía un buen concepto de la cocina mexicana y hacía mucho que no había completado un ágape exclusivamente azteca, con lo que se me intensificaron más las ganas y sentí más tentanciones de deglutir alimento en ese irresistible palco elevado. Así que metabolicé finalmente todas esas nuevas y súbitas aportaciones de cambio de escenario y modifiqué velozmente de parecer; mi orden de prioridades se había invertido: ahora era tomar una cerveza en el local de inspiración celta lo que descartaba. Y pasaba a resolver que llenaría ese espacio de tiempo hasta las 22 30 cenando en ese restaurante mexicano con periscopio directo a la urbanidad desbocada de la calle céntrica en la que se ubicaba. Sí, estaba decidido; cenaría en ese local sobrevenido e irresistible a pesar de que no me gustaba nada efectuar ágape en una mesa envuelta en rasguñante soledad; y a pesar de que mi hipotálamo apenas me enviaba señales de apremio alimentador. Y mientras empujaba la puerta de hierro de acceso al establecimiento con este último pensamiento de la falta de apetito,representándoseme aún en su frescura en mi visor cerebral, me vino a la cabeza una frase perdida de Cien años de soledad; se daba una situación, creía recordar, de un arreglo de matrimonio y el futuro marido se resistía pusilánimemente argumentando que " No sabía amar " o "No sabía querer" y el interlocutor,como si sus tímpanos acabaran de escuchar la cosa más extravagante y ridícula del mundo le apostillaba tajante algo análogo a " Y? ;también a amar se aprende". Pues similar me forcé a pensar yo mientras superaba la puerta de hierro del restaurante,que se cerró sosegada y gradual a mis espaldas y mientras me encaminaba hacia la barra del fondo para solicitar una mesa para una única unidad comensal; era cierto que no tenía hambruna ninguna; pero también a sentir hambre se podía aprender.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Faringitis /5/

La noche seguía meciéndose indolente hacia la madrugada y mi dedo índice derecho supuraba aprisionado entre las paredes circulares del tubo rojo que albergaba en su seno una retino-contrastada cantidad de pastillas de corte anti-faringítco (establecido que había una; con posibilidad concurriera una segunda; muy hipoteticamente se verían ambas acompañadas de una tercera ) . La garganta me continuaba urdiendo hacia la quejumbre cada vez que una porción de saliva resbalaba por entre su las paredes de su angosto desfiladero; pero en ese momento de noche ya macerada, el dolor en el esofágo, ese mismo dolor que había activado hacía una media hora los resortes de aquella noche de rasgos tan ampulosos, interrumpiendo con brusquedad mi mullido descanso, se había convertido en algo de índole secundario, de importancia menor, completamente solapado por la dolencia aguda, penetrante y sin fin que exhalaban los contornos de mi apéndice digital aprisionado en la insondabilidad del tubo. Levanté la mano, un poco aturdido por los pinchazos que sentía en mi carnosidad digital oprimida, y me fijé en la coloración opacamente granate que estaba adquiriendo el fragmento de índice que no se hallaba aprisionado en el cilindro y a la vez en la extraña figura que componían los pliegues de piel del dedo al apretujarse arrugados, en un súbito y acelerado remolino de contornos irregulares antes de ser tragados en un ejercicio imposible, por la boca del envase de plástico compacto. Movía a la incredulidad atendiendo al diámetro de ambos, dedo y recipiente, que el tubo rojo pudiera haber dado acomodo a la estructura ósea y dérmica del dedo ; pero así era, Y ahora mis tendones digitales se hallaban completamente inmovilizados y agarrotados, desprendiendo a cada momento,emisiones de dolor a un ritmo inquebrado y movidos irremisiblemente hacia una hinchazón progresiva, por momentos borboteante y sin retroceso. Devenía evidente que o rescataba sin dilaciones excesivas mi dedo de esa celda circular o empezaría a experimentar problemas notorios en su circuíto interno de aspersión sanguínea. Sin debatirlo más, aún sentado en el taburete resinoso de la cocina enfundada en silente atmósfera, aproximé mi mano izquierda al tubo de pastillas y lo así con fuerza entre todos mis dedos aprisionándolo en compacta formación de puño cerrado . Entonces erguí un poco la cabeza, me hice con circundantes expresiones de aire y con la mano izquieda tiré hacia atrás, imprimiendo tanta fuerza en la acción como fuí capaz de desarrollar, pero el tubo, que parecía adosado a mí anatomia con capas y capas de hormigón, no se movió ni desencasquilló un solo milímetro. Volví a intentarlo, dos tres cuatro veces seguidas pero el resultado perseveraba siendo el mismo; el cilindro no se desplazaba nada ni se movía nada y mi dedo permanecía en el mismo nivel de encriptación que antes de los intentos desatascadores. Levemente turbado ante una tal pérfida terquedad , me puse en pie y repetí la operación que acababa de pergeñar hacía unos segundos. Mi mano izquierda volvió a agarrar el cilindro y de nuevo tiré hacia atrás intentando insuflar tanto vigor a la operación desenraízadora como pude, pero el tubo seguía obstinado a no dejarse surcar por las imperiosidades de mi pulsión centrífuga . Lo intenté varias veces suplementarias ,apoyando incluso ambas manos unidas en mi estómago y doblando el tronco hacia adelante a fin de proyectar mayor empuje de fuerza descongestionante al cilindro, pero fue completamente en vano; toda la acción estuvo embebida de un inapelablemente alto grado de esterilidad ; mi dedo, que presentaba ahora una tonalidad de mate crepúsculo invernal, seguía cautivo, aislado del cosmos en las profundidades de esa cavidad claustrofóbica de mazmorra cilíndrica, opresiva y asfixiante en que se había convertido el tubo de pastillas rojo destinadas al combate de las afecciones leves de garganta.