lunes, 25 de octubre de 2010
Y a pesar de los silbidos por momentos ensordecedores del viento, la carcajada de esencia de niñato abotargada en apilamiento informe a la puerta invadeable del gimnasio que éramos nosotros, llegó nítida esta vez a los oídos del Rran, que objetó durante un finísimo lapso de las 4 labores que le absorbían en el trance en el que andaba impregnado, y que eran la de no perder el eje vertical por la fuerza del viento y evitar con ello darse de omoplatos batientes contra el suelo, y la de intentar avanzar hacia la puerta que pretendía franquear o lo que fuera que tuviese previsto realizar en el momento de ejectarse al patio, y la de mantener bajo la curva forzada hasta el extremo de su brazo, los diversos estratos de libros y carpetas y dossiers y folios con fórmulas que constituía su carga bajo él, y la última y acababa de sobrevenir, la de restañar la hemorragia estética que le suponía a su imagen el intuirse en cuadro chocante, con los 4 pelos tapadera totalmente erizados al viento y dejando al descubierto el páramo capilar que era su calva, pues a pesar de estas 4 absorbencias, perentorias y urgentes, y del magma de actividad frenética y sin descanso que le exigían, el Rran aún tuvo espacio para dedicarnos, en medio del pentragrama deforme que formateaban los alaridos del viento, una mirada de intenso reproche por lo de la protuberancia de la emisión de nuestra risa y por su aparantemente nítido acomplamiento a las estrofas cacofónicas que el viento, aún sumido en integral en su desbandada furiosa, seguía esparciendo a cada rincón del paisaje profanado por la barbarie de los elementos desatados, del patio de nuestras porterías..."
domingo, 24 de octubre de 2010
/102/
Y al verle con los 4 cabellos electrizados despuntando hacia el cielo, extrañamente sostenidos en su nítida verticalidad, esos 4 pelos que ahora, al haberse desadherido de su postura habitual estirada y horizontal en la que el Rran se refugiaba para disimular los avances de su alopecia, le dejaban crudamente al descubierto la superficie capilarmente devastada de su frontispicio craneal, pues al verle de esa manera, resurgió en nosotros el deseo atronador de prorrumpir y de dejarnos conducir por los catárquicos bucles de la risa, y ya empezamos a modularla y a formatearla, y entonces se produjo que el Rran al fin se dio cuenta de que algo andaba mal en la disposición milimetrada de sus cabellos, ahí por encima de su cráneo, y en un acto reflejo, aún inmerso de lleno en los chasquidos del viento, movió en viraje el brazo que le quedaba libre hacia su cabeza para intentar reparar aquella vía de agua estética que él ya intuía que se le acababa de declarar. Y fue una acción enormemente torpe, fulgurada bajo los ímpetus sin meditar de una gran urgencia, porque los cabellos se le estaban erizando en su lado derecho, y la mano que le quedaba libre era la izquierda y para poder llegar a esos 4 fideos enervados, tenía que elevar la mano al nivel de la cabeza, pero al ser los cabellos tan premeditamente largos no podía detenerla ahí, que no hubiera servido de nada, porque estaban verticales y eran como te digo, muy muy largos para poder justamente, cumplir la función de disimulo de calva a la que les sometía el Rran, y por eso, porqué eran de una gran lontigud, como midiendo un palmo y medio o hasta más, el Tsetsé tenía que forzar el brazo mucho más que si hiciera una elevación de las clásicas, para rascarse la frente o algo, si quería contactar con ellos para poder aplanarlos de nuevo. Y además, se daba que tenía que someter el brazo todo al formateo de una cierta curva, porque ya te digo que los pelos le quedaban a la derecha y los quería abordar con el brazo izquierdo, por lo que le quedaban mucho más apartados, y todo eso acuciaba lo chocante de la imagen, y cuando alguien de los que estábamos en esa masa policefálica de cuerpos de niñatos agolpados ante la puerta por franquear del gimnasio soltó que el Rran parecía, con las cuatro elevaciones capilares tan simétricamente desafiantes y erguidas al viento, un tenedor con patas, no pudimos detener ya los estertores de la risa que atronó al instante desde nuestras posiciones, furibunda y retumbante hacia el patio de nuestras porterías donde el viento que seguía soplando alevoso, la distribuyó, a lomos de sus alocadas ráfagas, por todos los rincones del paisaje sumido en ese implacable sojuzgo eólico..."
sábado, 23 de octubre de 2010
/101/
" Y el viento seguía soplando intenso, y en medio de sus pantallas, el Rran quedó verticalizado de nuevo, y a pesar de que como te digo, la corriente seguía aspirando y empujando con fuerza, daba toda la impresión que el peligro de caída había prescrito, como si una oscura aprensión nos imbuyera de la idea de que para que a alguien le pudiera tumbar el viento sólo existiera una oportunidad, la primera e inicial, adscrita al factor sorpresa, porque a partir de ahí el ente sacudido tomaba inmediatamente precauciones y medidas de reajuste o recolocación de su centro de gravedad o de realineamiento de los hombros o las costillas o de los lóbulos de las orejas o algo, y entonces su figura adquiría mucho más aerodinamismo y el viento se filtraba a través de él con mucha menos fricción, y contaba con muchas menos posibilidades de tumbarlo o algo. Y quizá nos movió pensar en esa dirección de dar por acabada la posibilidad de ver al Rran confraternizar con el suelo, el hecho de que por momentos, el tsetsé abandonó por primera vez en bastante, su estado de fijeza en el suelo y empezó a avanzar, aunque muy dificultosamente, unos leves pasos. Y resultaba para todos los que estábamos ahí en bloque apostados a la puerta por expugnar del gimnasio, una visión altamente chocante, porque a la escena de verle avanzar a ritmo tan lento y con tantos problemas, como si estuviera haciéndolo en medio de unos zarzales o algo, se añadía el hecho de que el Tsetse todavía no se había dado cuenta que el viento acababa de levantarle los 4 pelos que conservaba en un lateral de su armadura craneal y que, desafiando la ley de la gravedad, le permanecían levantados,en todo su increíble largor, en medio de la devastación provocada en el patio por el viento, los 4 como te digo, todo levantados y despuntando astifinos hacia el cielo. Y en nosotros, en un enésimo vaivén, emergió otra vez el deseo de reír, y empezamos a soltar lastre carcajeante ante la visión de la contrahecha figura del Rran avanzando a pasitos lentos y centimetrales, cargado aún su cuerpo de esa manera tan rocambolesca en la que todo el peso de los libros y de las carpetas y de los folios seguro que todos llenos de fórmulas que transportaba, se le concentraban sólo en uno de los brazos, el derecho, mientras el otro le permanecía sin mancillar y exento de carga, y coronando toda ese fotograma risorio, esos 4 pelos indómitos y desafiantes, erguidos en medio de toda la vorágine violenta del viento y de las nubes de polvo y de los silbidos agudos que éste provocaba, levantados los 4 a la manera de unas finas serpientes despuntantes en el paisaje, a las que los sones hechizantes y persistentes de una flauta cercana hubiese despertado de su letargo ahí en los laterales del cráneo del Rran e impulsado, súbita e irresistibles hacia esa elevación intumescente y lineal y cuatricolumnada que protagonizaban en el cráneo aboveda del Rran flanqueado en todo momento, por los apantallamientos violentos del viento contra el patio de nuestras porterías..."
martes, 19 de octubre de 2010
/100/
Y con nosotros inmersos en un súbito y mal llevado silencio, y con el Rran erguido y con el eje vertical restablecido, por un momento pareció que el viento se diluía y que el Tsetsé con sus innúmeros papeles aún milagrosamente intactos bajo el brazo, podría empezar a retomar el avance por el patio en dirección a la puerta por la cual tuviese intención de adentrarse, o tal vez, en un súbito cambio de planes, venir hacia nosotros y decirnos algo en relación a lo de nuestras carcajadas ante sus malos términos con la gravedad, o en último, de hacer lo que tenía previsto que le concerniese hacer con algo que no fuera ni una puerta ni un interpelarnos a nosotros ni tan sólo un apunte de nada, y que claramente ignorábamos, cuando en ésas, otra ráfaga entró súbita y frontal y le agitó otra vez hacia la derecha. Y fue de nuevo una corriente muy brusca y aguda y silbante, aunque todos percibimos que ya no era tan desencajante como la previa, pero con todo, volvió a cebarse en la anatomía del Tsetsé quién en renovado, se escoró hacia la derecha y permaneció unos breves así, medio temblequeante y desestabilizado, hasta que, tal como acababa de suceder en la vez precedente, la corriente terminó por chocar con la pared salpicada de dibujos infantiles y otra vez, en un tremendo efecto rebote, regresó contráctil y resacosa hacia las posiciones por las cuales acababa de irrumpir. Y justo en medio de toda esa forzada retirada, el viento volvía a toparse con la figura del Rran a la que acababa de curvar ni que fuera levemente, y otra vez, el aire acanalado se enclastó por un momento subsanador en él y en su torcedura de esqueleto a la derecha, y le resarció de nuevo empujando estridente por la izquierda, el eje al completo. Pero esta vez, el viento, a la vez que lo verticalizaba, pareció regodearse un momento en el esqueleto al vaivén de los acontecimientos del Rran, que hasta pareció que trepaba por su cuerpo y se lo agitaba con especial saña o algo, el caso es que por unos momentos, el cráneo del Rran semejó interpretar unas extrañas notas en el horizonte abierto del patio, totalmente a merced del viento, y como efecto de lo tal, los cuatro cabellos laterales que le quedaban, y que él dejaba crecer y crecer para, apurándolos hasta el máximo de su extensión, llevarlos en salto vadeante, hasta la otra oreja, y aplanarlos luego cuidadosamente, y lograr tapar así, con este efecto de cabeza de puente capilar, las impetuosidades cromáticas en brillo de su calva esférica cada vez más al descubierto, pues esos 4 pelos que te digo, se le quedaron por unos instantes,erguidos e increíblemente fijos, a la manera de unas raras, tortuosas y casi extraterrestres raíces, súbitamente crecidas desde el frontón de su calva, o como unos extraños e inverosímiles mástiles arriados en medio del vendaval que seguía azotando la superficie del patio de nuestras porterías..."
jueves, 14 de octubre de 2010
/99/
Y el golpe del viento fue tan mesiánico que la contrahecha figura del Rran se escoró aún más hacia la derecha, hasta alcanzar lo que parecía el punto milimétrico último a partir del cuál irrumpía ya la zona de caída libre. Y todos los que estábamos ahí observando la escena, hendidos nuestros perímetros carnales en los de los que nos circuían, dimos por otorgado que la caída se iba a producir y que era cosa hecha, y con ello pasamos a dar rienda sin ataduras a los impulsos risorios que desde el fondo de nuestras cavidades pugnaban por asomar, y saltaron por los aires todas nuestras prevenciones anteriores sobre la emisión tejida de carcajada, y fue entonces cuándo las risotadas empezaron a atronar por el paisaje que seguía tomado por las sinuosidades astifinas del viento, y tuvo que fondear muy fuerte el tono con el que nos reíamos, porque a persar del viento y de su acústica desatada, terminaron alcanzando los tímpanos del Rran, el cual hasta por una centésima de segundo, pareció olvidarse del trance en el que estaba y se transmutaba en una expresión fugacísima de sorpresa facial al descubrir toda esa masa agolpada de carne aniñatada que éramos nosotros, ahí todos a la puerta del gimnasio, mirándole malévolos y riéndonos de la escena que protagonizaba, que le tuvo que pillar por novedad total, que hasta ese momento, como te he dicho, no se había enterado de nada que no fuera el viento, pero fuese lo que fuese lo que le pasó por la cabeza al vernos, tuvo que que abstraerse de ello al acto porque la fuerza de la corriente seguía conduciéndole indefectible hasta la colisión por su lateral derecho contra el suelo, y nosotros lo seguíamos observando todo, ya risotadas puras y cabalgantes, y nuestras detonaciones retumbaban más y más, y se nutrían de claros matices concupiscentes al ver como el Rran se seguía balanceando, ya condenado, inerte y estéril ante la fuerza de ese soplido maullador del viento, cuando, antes nuestros ojos atónitos, y por la misma violencia sideral que el aire llevaba, éste fue a chocar con la pared de cemento llena de pinturas infantiles que flanqueaba el lado del derecho del Rran, y configurando un gigantesco efecto rebote, la ráfaga pasó a golpearle de nuevo, pero esta vez por el lado opuesto, y para nuestro pasmo, lo elevó grácilmente por ese lateral, como si de una tabla se tratara, corrigiendo en radical la trayectoria descendiente y rescatándole por completo de la caída, para pasar a emplazarle apoyado, por vía plantar doble, nuevamente al suelo, lo que llevaba todo ese rato expectante sin suceder. Y sin más remedio que asumir velozmente abatidos ese inesperado giro de acontecimientos, nuestras pupilas dilatadas, chiribitosas y salivantes ante el espectáculo, morbosidad de niñato pura, del derrumbe del Rran de hacía nada, se infundieron subitamente de color mate, y nuestras carcajadas que ya habían prorrumpido en todas direcciones por la atmósfera paneólica del patio, tuvieron que detenerse en seco y nos vimos obligados a reconducirlas, casi que a empujones, hasta los cavernosos adentros de nuestros cuerpos aún en formación, porque a través de ese sideral y totalmente inesperado efecto rebote de la rafaga de viento contra la pared surcada de dibujos, el Tsetse había recuperado milagrosamente el eje de su picado vertical y el malévolo deseo de niñatos puros que nos carcomía, de verle colisionar aparatosamente con el pavimiento gélido del patio lastrado por el viento, y de ver todos los libros y anotaciones y dossiers y carpetas que llevaba por su abombado brazo, volando por los aires, se había cristalizado en la vacuidad de desaliento de la nada...."
miércoles, 13 de octubre de 2010
/98/
Y quedó unos instantes así, con tres cuartas partes del cuerpo inclinadas hacia la derecha por el impacto de las tumultuosas ráfagas del viento que desembocaban furibundas en esa ladera de su esqueleto, y a la vez, por el peso de su carga laminar bajo el brazo, mientras con el pie izquierdo suspendido en el aire y moviéndolo en círculos irregulares y aspaventosos, intentaba recobrar suplicante la verticalidad. Y pasaron unos segundos en los que el veredicto a todo eso se dilucidaba por ínfimos centímetros: si el Rran caía aparatosamente al suelo con sus carpetas y sus papeles y su brazo derecho en dolorosa torsión, o bien conseguía equilibrar su grumosa anatomía y restablecía su siempre llena de matices, erguidez. Y había momentos en los que parecía que su caída era inminente y notábamos todos los de la clase que estábamos ahí agolpados a la puerta del gimnasio, como en las cavernosas profundidades de nuestras gargantas, empezaba a borbotear un aliento incontenible de carcajada estentórea que porfiaba por desencadenarse y atronar en la atmósfera tomada por el viento, pero que luego habíamos medio doloridos de reprimir, porque el Rran accionando su pie izquierdo a la manera de las aspas de una turbina acelerada en el aire, conseguía salvar esas situaciones críticas y volver al punto de partida, el de su equilibrio inestable. Y pasaron varias secuencias de este tipo, repitiendo siempre el mismo esquema de una ráfaga situando al Rran y sus pertrechos escritos al borde del colapso contra el suelo, y luego, bajo la égida de los impulsos cada vez más motrices de su pie turbina, la milagrosa recuperación momentánea de eje. Pero el viento azotaba y azotaba y a cada reubicación del Rran seguía indefectiblemente un nuevo puñetazo del aire, y una nueva e inmediata decantación del Rran hacia su babor del cuál acababa hacía nada, de salir. Y nosotros observábamos toda la escena desde nuestra interposición gregaria de niñatos confinados a un mismo perímetro junto a la puerta del gimnasio. Y sentíamos la termicidad cómica de la escena y la agradabilidad de nuestros tejidos entrezurcidos con los del todo, siguiendo las evoluciones de un Rran a merced del viento, pero a la vez nos dolía la garganta al tener que cerrar con más dificultad y lastre cada vez, las compuertas a la carcajada ya condimentada desde nuestros adentros, porque el Rran y su pie belicoso porfiaban y porfiaban y no terminaban de ceder. Y convivíamos en ese vaivén de sensaciones ambivalentes medio ya asentadas en el paisaje, cuándo una ráfaga emergió descontrolada y golpeó al Rran de pleno y con tanta violencia que hasta nos pareció percibir el golpe seco del aire contra los laterales abombados de sus pantalones perpetuamente adscritos al color gris..."
martes, 12 de octubre de 2010
/97/
Y así estábamos observando en pleno bullicio divertido de marabunta recobrada los titánicos esfuerzos del Rran por ir dejando atrás un poco de terreno y poder aproximarse a la puerta de la que se tratase y por la que había de introducirse o donde fuera que tuviera que ir. Y como te decía, a lo cómico de la escena de verle pelear contra la fuerza del viento, se unía lo atónitos que nos dejaba el hecho de que aún no se hubiera enterado de nuestra presencia tan cercana y próxima, ahí todos en un bloque, apiñados y encimentados, como un racimo de teselas antropomórficas. Y a todo esto se añadía la visión chocante de lo mal distruida que llevaba el Rran esa carga enorme de papeles y carpetas y libros e inventario de fórmulas físicas que arrastraba, que la acumulaba sólo en uno de sus lados, el derecho, mientras el izquierdo quedaba libre y columpiante y ocioso. Y nos resultaba muy difícil de entender eso, que dudo que nadie lo hubiera logrado, porqué era mucho peso el que arrastraba y al ponerlo todo en un lado, el cuerpo se veía violentado y se le medio decantaba la derecha en una curva anatural y forzada, y el brazo se le doblaba de manera imposible para acoger el bulto de esos kilos de papeles multiformes, extremando al límite la flexibilidad de su codo puntiaguado, que hasta parecía que en cualquier momento corría peligro de estallar y dividirse en dos riberas incomunicadas. Y mientras la escena proseguía y se dilataba el viento aumentaba en furia y en acústica y sus rachas se iban encadenando cada vez más seguidas, cada vez más veloces, cada vez más frontales. Y una de ellas sacudió con especial fuerza al Rran y a su figura abombada hacia la derecha, que casi se le cae y sale despedida alguna de las carpetas que sujetaba bajo su brazo increíblemente arqueado, y para evitar que eso pasara, el Tsetse hizo como una finta inverosimil, él solo contra la magnitud del viento, y aún no sé exactamente en virtud de qué extraña ley física, pero lo que pasó fue que todo su cuerpo pasó a escorarse aún más hacia el lado derecho, el lado del cual justamente pretendía alejarse, y se ladeó tanto que entre las ráfagas su pie izquierdo dejó de tocar el suelo y quedó suspendido a unos estratos del pavimento, mientras el Rran al completo, con sus carpetas y sus libros y sus fórmulas, permanecía unos momentos zozobrando, sumido en una extraña figura funámbula contra el paisaje ventoso, abocado, por la fuerza de los surcos invisibles del aire y por el enorme peso de sus papeles, cada vez más fatalmente hacia su derecha, mientras por el otro flanco de su desgarbada anatomía, forzaba desesperado el pie izquierdo que seguía meciendóse en la ingravidad, para que le ejerciera de improvisado contrapeso, y le decantara de nuevo hacia el suelo y poder con ello volver a equilibrarse mediante el contacto en canalizaciones bípedas de su cuerpo con el empedrado del patio...."
lunes, 11 de octubre de 2010
/96/
Y permanecimos expectantes y ya actividados de nuevo en nuestros movimientos y en nuestra verbalidad y en el dinamismo de niñatos pristinos como éramos, mientras observábamos la elíptica figura del Rran intentando progresar por un ángulo del patio. Y como el viento seguía racheando desabrido, los movimientos del Tsetsé seguían siendo débiles y dificultosos, como si las mandíbulas invisibles del aire o algo se hubieran hincado y posado en cierre tenaz a lo largo de toda su descompensada anatomía. Y nos encontrábamos así,mirándole fijamente y sin soslayar detalle, con nuestras 100 o 110 pupilas de puro crío todas todo vueltas hacia él y empezando a soltar ya comentarios y frases y muecas casi que en serie y acopladas a un destello naciente de carcajada. Y mientras eso se producía, no cesábamos de lanzarnos miradas incrédulas entre nosotros, porque nos pasmaba mucho que nada de lo que decíamos o de lo en que prorrumpíamos, alcanzara al Rran que, izado en sus historias numéricas y en sus titánicos esfuerzos por avanzar en medio de las lianas invisibles que el aire desplegaba a su alrededor, aún no se había dado cuenta de que estábamos ahí, estratificados los unos en los otros, al lado mismo de la puerta del gimnasio. Y la ceguera del Rran se hacía mucho más abrupta porqué las primeras estribaciones de nosotros se apilaban a no muchos metros de él y de sus agonías motrices, y encima ocupábamos una gran superficie, porque éramos la clase entera la que formábamos ahí, que estoy seguro, que no sé, que hasta se nos podría haber visto desde el espacio con uno de esos satélites rastreadores o algo, porque éramos el global de la clase toda los que estábamos ahí, esqueletizando como un lienzo de formas y colores y sinuosidades mil , y que encima, como te he dicho, habíamos empezado a recobrar ya vida y a emitir plenas muestras de alegría vivífica rehallada, lo que se expresaba en frases y en alambres de carcacajada que lanzábamos sin la menor prevención, en chorro hacia donde el Rran intentaba evolucionar a impulsos de sus movimientos postagónicos y desaliñados. Pero ni por esas él advertía nada de nosotros, ni nuestra presencia ni nuestro hormigueo de reinstalación a los códigos de niñatos sin edulcorar, ni nuestro desentumecimiento anímico, que semejaba en él que todo su foco vital se hubiera olvidado de las especulaciones y de las permutaciones físicas del infinito y se concentrara únicamente en tratar de avanzar por los aledaños de aquel patio de porterías nuestras, violentado por el magma invisible y tóxico del viento...."
martes, 5 de octubre de 2010
/95/
Y fue unos segundos después del chirrioso abrirse metálico de la puerta 20 metros alejada, que salió por ella el Rran con su estampa evadida habitual y su extraña figura toda encorvada en ese instante hacia un lado, por el peso enorme de unas carpetas y unos libros y unos ficheros de carton apilados, que llevaba sujetos debajo del brazo. Y era obvio que se trataba de una carga enorme que le obligaba a abombar el brazo en un ángulo que desde la distancia misma que nos separaba, ya se antojaba dolorosa. Y fue verle aparecer y prescindir todos en bloque del viento, y del espectáculo lacrimoso y deprimente que sobre la pista de nuetras porterias generaba, y fue en muy poco lapso que empezamos a omitir el estado de introspección en que nos habíamos sumido todos, del primero al último de los omoplatos que allí nos congregábamos, y nos centramos en seguir la trayectoria de los avances pediculares del Rran a través del patio, por el que marchaba en una dirección perpendicular a la plantada e inmóvil nuestra. Y talvez fue por el viento que soplaba en opuesto y evitaba la expansión de las acústicas ya reverberando desde nuestra parte hacia dónde él estaba, o por su estado habitual de letargia meditabunda, o por el dolor que forzosamente le debía imprimir esa voluminosa carga de papelería que sostenía inexplicablemente sólo por un brazo, o por el azote del viento que le golpeaba de lleno, o por todo ello en su conjunto, el caso es que el Rran ni reparó en esa masa estratificada horizontal de críos que formábamos ahí consustanciales por momentos a la puerta de madera del gimnasio. Y nos quedamos fijos observándole, nuestros cuellos vueltos en esa dirección y notamos que nuestros ánimos dejaban atrás los momentáneos sorbos de silencio y melancolía y rabia y deseos de llorar por ese viento racheado y violento que nos había polucionado la tarde, y todo eso empezaba a quedar atrás y en su lugar surgía de nuevo la despreocupación cristalina e ingrávida de puros niñatos, y acogimos el cambio con alborozo y con aceleración de latidos, que fue algo se extendió de nuevo por simpatía, en plena reacción en cadena, por cada uno de nosotros, de un cuerpo al otro de todos los que formábamos ese montículo enorme de biologías, que fue como una corriente regeneradora que nos traspasó a todos y los ojos abatidos se colapsaron de golpe para pasar de nuevo a inyectarse en brillo al ver que el Rran avanzaba por el espacio despejado y abierto del patio con la misma lentitud que si lo estuviera haciendo a través de una selva espesa y atiborrada de vegetación, porque es que el viento seguía siendo fortísimo y parecía que se hincaba en todo lo que se hallaba a su paso, también la desgarbada anatomía del Rrran que parecía estar agonizando de lo que le costaba dar cada paso, y que hasta por momentos, daba la impresión que de no ser por esa carga enorme de papeles y carpetas y demás rollos que llevaba bajo el brazo, su figura desaliñada y aproporcionada, con su calva rodancha pura y su rostro perennemente meditabundo y perdido en inasibles ecuaciones de física, habría salido despedida como una mota de polvo más, por encima del tejado estriado del cole, a impulsos de la fuerza atolondrada y sideral del viento de aquella tarde.."
domingo, 3 de octubre de 2010
/94/
" Y bueno, en ésas estábamos, los unos encima de los otros, nuestros organismos de niñatos entremezlados y autoconfinándose, mientras protagonizábamos un silencio inédito e inexplicable, todo de plomo y denso y nuevo, dejando todo el protagonismo de acción y de sonoridad y de escenario a los silbidos finos y penetrantes del viento, ese viento funesto que nos había decapado las ilusiones de la tarde, cuando de pronto, oímos un ruido seco de puerta metálica que se abría. Y no sabíamos ubicarnos, porque el ruido pareció que acababa de tener lugar a medio metro de dónde estábamos y sin embargo, la puerta más cercana distaba a esos 20 metros que te he dicho que era dónde empezaba el edificio del cole, y en ese momento giramos incrédulos la vista hacia allí, y vimos sorprendidos que era ésa justamente la puerta que había sido accionada. Y no sabíamos a que podía obedecer que se oyera tan cercana, que era algo que nos rompía pero que casi todos los esquemas, pero no dijimos nada y optamos por seguir mudos y secundarios, temerosos quizá, en una de esas reacciones tan típicas de cuando no eres más que un cuatrodías, de desvelar nuestra ignorancia, ni que fuera en algo tan diminuto como aquello. Y bueno, estoy pero que seguro que habría bastado con que solamente uno de nosotros hubiera emitido un sintagma y hubiese expuesto que no tenía ni idea de porqué una puerta que estaba a 20 metros, había procedido en acústica al abrirse, como si la tuviéramos al lado, para que se desencadenara un nuevo episodio de fenómeno de reacción emotiva en cadena de esos tan típicos de cuando no eres más que un mocoso, en el que todos habríamos porfiado por reconocer, entre risas despreocupadas y con reclamo a liberación, que tampoco teníamos ni idea sobre el tema ni de porqué todo aquello se había producido, que dudo pero que mucho que ninguno de nosotros supiera entonces que lo de los goznes chirriando como si estuvieran a nuestro lado en vez de hacerlo con la sonoridad de distanciadas de 20 metros que era en realidad dónde estaban, no se debía a otra cosa más que al efecto de arrastre del viento que nos venía justamente desde donde se encontraba la puerta del cole, y que desde allí las ráfagas pasaban febriles y atolondradas, encauzadas luego por las dos hileras de árboles del patio de las porterias, hasta que venían a desembocar, en un impulso musculado, sobre nuestros rostros perplejos, y que en esa trayectoria emulsiva el viento se llevaba todo lo de liviano que se hallara a su paso, también las notas pentagrámicas del chasquido de las bisagras al abrirse, y que justo desprendidas, el aire arrastraba al acto y nos las traía en vuelo hacia donde estábamos, y era por eso nos llegaban tan vivas e inmimentes a nuestros oídos aturdidos, y también se debía a eso que las habíamos descubierto en las inmediaciones de nuestros tejidos de niñato puro, unos tejidos apilados y silenciosos y silabeantes en ese momento, expectantes ante la puerta de madera inaccesible del gimnasio....."
