viernes, 19 de diciembre de 2008

/23/

Una vez la camarera de los ojos azules llegó a los márgenes de mi mesa, detuvo su marcha de cisne apolíneo y me inquirió en su tono sedoso de voz:

-Sí?

Yo había bajado la vista fijándola en mi plato; sabía que escrutar directamente al sol, sin filtros de protección, podía arañar la retina, alabear el nervio óptico, ocasionar lesiones oculares irremisibles y empujarle a uno a la oscuridad de por eternidad; y a mi lado, desde una posición casi adyacente, la luz celeste que emanaba de las pupilas de esa chica surgida de entre los vapores humedecidos del comedor de un restaurante mexicano anónimo, se me antojaba una versión terrenal y bañada en azul de la adamantina luz solar; con similar potencia y capacidad de deslumbre. Sentado a escasos centímetros, sumido en un tenso recogimiento de hombros y de brazos, casi podía percibir en sus volúmenes tangibles y en su poder calefactor a aquella mirada posada en mí; y con cada segundo me sentía envolver una porción más en mi mismo, como si intentara buscar una protección uterina de siete capas de piel. Me admitía incapaz de levantar completamente el visor de mis ojos; las pupilas de aquella chica parecían capacitadas para perforar el hormigón y de alcanzarle a uno, con su vaho luminiscente, y ponerle patas arriba, hasta la más recóndita de sus células. Así que me previne muy mucho de elevar demasiado la vista y de emplazar mi mirada directamente en su rostro; me era perentorio evitar que ese foco azulado e incandescente, que parecía contener encriptado el Adn del cosmos,sacudiera con su luminosidad de otro mundo, todos mis cimientos:


-Me traerías otra cerveza ?- le dije captándola sólo en un fugaz enfoque, como en una diapositiva oblícua-Estos jalapeños pican un poco....


Dicho esto, volví a arriar la mirada y la posé rápida y desordenadamente en la espalda del comensal que cenaba en pareja delante de mí, a unos dos metros, siguiendo la barandilla con el adorno de las lucecitas. Con todo, y a pesar de la velocidad de retirada de mi vista, tuve tiempo de apreciar como los ondulados labios de la chica trenzaban un esbozo primigenio de sonrisa:


-Sí, la comida mexicana es un poco picante; pero en seguida se acostumbra uno-y añadió con indicación de brazo:-Una cerveza como ésta?




Yo le iba a decir que de acuerdo, y que hallaba bien la idea de que me trajera una cerveza réplica de la que me acababa de tomar en la copa ventruda; me había parecido un brebaje ligero, muy poco amargo y de sabor suave y expansivo y de hecho casi tuve la afirmación formalizado en verbo, pero en el último momento, cuando el Sí iba a salir ya de mis labios, lo estacioné y entré en una hondanada profunda de reflexión; era fehaciente que con la camarera tan cercana, la sensación de picor y de incendio virulento en la boca producida por la mota de jalapeño de la quinta o sexta porción de croqueta se me había apagado de cuajo y que la sola presencia de esa criatura de edén parecía haber remitido la asfixia de mi garganta los confines de la galaxia; pero no estaba nada seguro que cuando la corporeidad de la chica se alejase, los azotes picantes no se reintegrasen en el mismo punto de localización y con la misma intensidad en que se hallaban antes de que ella se aproximara a la mesa. Era muy probable que el adormecimiento extático que su proximidad había inoculado a mi boca desapareciera al irse ella y también era probable que el escozor y el picor calcinantes en la garganta regresarían, y con ello la necesidad de inundar mi boca con líquido a baja temperatura para extinguir el ahogo que el jalapeño había propalado; estaba seguro que ese iba a ser el escenario; pero lo que en ese momento, sumido en mis pensamientos me planteaba, era si debía escoger la cerveza como líquido sofocante; me había tomado ya dos en poco espacio de tiempo y con el estómago prácticamente vacío; y por fuerza esa tercera que estaba en trayecto de solicitar,iba a durarme muy poco porqué la requería no a efectos degustativos sino como urgente medio anti-incendio. Tres cervezas en media hora era demasiado; el alcohol tan comprimidamente tomado, me embotaba torpemente los sentidos; me convertía en un patoso a todos los niveles; así que modifiqué selección.

-No,disculpa-le dije con la mirada posada esta vez en uno de los ángulos del techo que se extendía recubriendo discretamente el comedor- En lugar de otra cerveza, querría algo sin alcohol .Tenéis Vichy?


Con el último coletazo silábico de la pregunta, aparté la atención visual del techo y volví a enfocar cuidadosamente hacia la chica; por décimas volví a colisionar con su proyector en azul y por momentos percibí como si unas aspas violentas de remolino me partieran de la base del estómago. Volví con rapidez a apartar la vista, la mandé de nuevo al fondo del local y me reasenté en la silla. El estómago volvió a duras penas, a su cadencia habitual.

-¿Cómo?- oí entonces que perfilaba su voz de timbre tan suave y músical, e imbuído de una clara tendencia a prolongar las sílabas. Era obvio que parecía no haber entendido la naturaleza de lo que le estaba pidiendo; no era la primera vez que me sucedía: habían algunos colectivos que aún no asociaban Vichy a un producto genérico. Sin desplazar la vista de las profundidades superiores del comedor, reproduje:

-Sí,quiero decir si tenéis Vichy;o sea agua con gas.


-Oh,sí,claro; sí tenemos agua con gas-escuché que entonaba ella musicalmente en respuesta. Me ví obligado de nuevo a enfocar un poco las pupilas hacia ella y otra vez lo dimanante en azul me zarandeó:


-Pues anulo lo de la cerveza y me traes por favor,una botella de agua con gas- acerté a proseguir mientras seccionaba de de nuevo la vista hacia las rugosidades metálicas del techo.



-Muy bien;ahora se la traigo- escuché que concluía ella.- Y en seguida le traeremos el segundo.

Por el lateral de unos de mis ojos, aprecié como su cuerpo de áuricas proporciones viraba y acompasaba unos pasos con gesto de enfilar hacia las escaleras; se había alejado un poco de mí y la presión del foco irradiado de sus ojos se fue apagando.Progresivamente mis músculos se desentumecieron, me sentí circular de nuevo lo sanguíneo y al poco volví a la movilidad y a la descompresión plenas; pero también, y tal como había presentido, fue evanescerse su figura y en seguida pasaron a manifestarse las primeras imprecaciones, hondas y ascendentes, del resquemor asfixiante que en mi garganta había diseminado la mácula virulenta del jalapeño de la quinta o sexta porción de croqueta y que sólo la presencia envolvente de la chica de la mirada de agua marina había, por unos minutos, completamente congelado...


















miércoles, 10 de diciembre de 2008

/22/

La degustación del primer esbozo de jalapeño me había propulsado el apetito, y con rapidez a partir de ese instante, fuí dando cuenta de los siete remanentes de croqueta que aún se solazaban en el plato. Con la cabeza un poco inclinada, mascaba con ritmo pausado, intentando imbuirme del vaho del queso aromatizado que maridaba con el intenso sabor aportado por la capa de pimiento. Y fue justamente en el transcurso de la deglución de la o cuarta o quinta porción de croqueta, que el misterio que por unos lapsos me había intrigado en relación al porqué el pimiento jalapeño se veía arrogado con la nomenclatura del plato cuando tan sólo aportaba un testimonial porcentaje de presencia, quedó desvelado.Y es que en el curso de uno de mis movimientos de diástole mandibular, topé con una tira de pimiento especialmente virulenta que me dejó el cono y las paredes de la boca en un estado de picante ignición. Fue una sorpresa sobrevenida, pero no integral porque ya, a medida que había ido troceando dentalmente, la sensación de saña del picante, que en el primer prensado se me antojó atemperada, fue expandiéndose a cada tríada de mordiscos, en un crescendo gradual y persistente; como resultado, la boca se me había ido encendiendo con cada porción de croqueta, pero lo había hecho sin aspavientos y de manera más bien encauzada, y el picor generado resultaba conllevable; por ejercicio divagatorio mero, mientras seguía masticando, había calculado el incremento aproximado de sensación de encendido que se producía en cada nueva porción del jalapeño y lo multipliqué por las croquetas que aún me quedaban y resolví que el total acumulado en la percepción picante última al finalizar el plato, entraría sin apretujos dentro de lo aceptable. Sin embargo, en un punto por determinar de esa cuarta o quinta croqueta, todos mis cálculos colapsaron. El cortante de mis dientes topó con un islote contornos más duros y correosos imbricado en la superficie del jalapeño; noté con precisión como todo el resto de preparado se iba difuminando envuelto en la humedad del hálito salival, pero esa porción permanecía inasaltable, como un enclave de irreductibilidad infisionable balanceándose indiferente al vaivén de mis cronometradas dentelladas. Dadas las pequeñas dimensiones de ese montículo de jalapeño, que con seguridad no iban a presentar ninguna renuencia a ser ingurgitadas, debería haberme olvidado de ese repecho vegetal insignificante y enviarlo en bloque esófago abajo; pero en un gesto infantil insistí en desmenuzarlo y apreté con más fuerza con los dientes; entonces percibí un leve crujir opaco, como si se hubiera quebrado la cápsula exterior de una gragea, y casi instantáneamente se virtió en mi torrente bucal un pequeño riachuelo de líquido denso y deflagrativo que me puso la lengua, las encías y las paredes bucales en un rapidísimo estado de combustión que se multiplicó en cuestión de de un muy conciso lapso. Tuve que detener al acto la masticación y por un remoto instante me reconocí en la casi perentoriedad de eyectar el quimo masticado; pero conseguí, al último momento y por poco, eludir la embestida de esa sensación. Con dificultad,y mientras abría los labios en una alta gradación para facilitar la entrada a mis aposentos bucales del aire fresco que envolvía el comedor refrigerado, retomé la mandibulación y fuí terminando de prensar los últimos brotes algo sólidos del jalapeño; lo hice esta vez, con mucha precaución, sin friccionar apenas con los dientes, con la boca casi dolorida por el picor y evitando en todo momento, efectuar mordiscos de naturaleza penetrante que pudieran despertar la bestia picante por una segunda vez. Pasados unos momentos y mientras el paladar seguía intacto en su efervescencia de llamarada, realicé un empellón tragante a las últimas virutas de jalapeño y los envié garganta abajo. Hecho esto, con la boca a grandes rasgos ya inhabitada, levanté un poco la cabeza, abrí de nuevo los labios hasta casi el máximo de capacidad de desdoble en sus comisuras, y con la mano derecha volví a intentar encauzar aire húmedo circundante hacia donde las emanaciones picantes seguían en sus agresivas maneras; en simultáneo, con la mano derecha alcancé la copa ventruda que me seguía flanqueando y que aún conservaba algo de cerveza; me la llevé con ademán veloz a los labios y vertí todo su contenido hacia mi esófago, tratando de apagar la combustión que seguía batiendo furiosa en lo que parecía una sucesión sin fin de olas encrespadas en su fulgor picante,pero derivó en una acción abiertamente estéril: con los minutos la cerveza había ido perdiendo el frescor y las emanaciones picantes apenas se resintieron a su contacto: la veta agresiva de pimiento jalapeño de la quinta o sexta croqueta me estaba dejando el paladar y la boca completamente anestesiados,como si acabaran de administrarme un puñetazo kilométrico; o como si se trataran de unos órganos exógenos a mí. Y lo peor era que la sensación no aminoraba. Cogí entonces la botella de cerveza y vacié los últimos grumos líquidos que quedaban en la copa y me los embebí; pero en idéntico a lo que había sucedido antes, apenas percibí un apunte lejano de liquidez balsámica en medio del furor abrasante que la cápsula de jalapeño, que yo me había empecinado en quebrar, había generado en mi boca. En paralelo, empezaba a notar como el calor intenso por la combustión de ese lignito vegetal, se iba esparciendo por otras circunscripciones de mi cuerpo; noté como mis pómulos iban adquiriendo temperatura a ritmo rampante y los pelos llanos de los brazos parecieron encrespárseme; y un sudor de géiser abatido empezó a deslizarse acompasadamente, por mi frente. Por todas partes el organismo me mandaba señales de que el hálito calcinante empezaba a cernirse sobre ellas y el cuerpo se me sobresaltó; por un momento, en un gesto preñado de telurismo, hice acopio de levantarme, sin saber muy bien lo que eso podía aportar a la aminoración de la combustion; pero percibía que ante los envites de furia de lo picante había que proceder de algún modo y me resultaba imposible permanecer hierático ante una tal avalancha dentro de mí, de rescoldo etéreo, desbocado y furibundo. Iba pues, a incorporarme con ese fin de cuya concreción me encargaría más tarde, cuando a escasos metros de mí, entre las tinieblas de lo flamígero,ví una sombra de contornos embriagadores, embutida en una tela azul marino que se extendía a lo largo de unas formas insuperablemente cinceladas, en un adosamiento perfecto. Reconocí las turbadoras formas y el volumen denso de la camarera de los ojos azules y al acto, erguí la mano en gesto solicitante, a la vez que pormenorizaba silábicamente un levemente agitado:-"Sí, por favor" Entonces su figura de ninfa de bosque de abedules se detuvo y enfocó su rostro ebúrneo hacia mis posiciones; la chica había percibido mi instancia verbal y se disponía a atenderme: entre las oleadas de calor que seguían proyectándose desde mi paladar y que enturbiaban lo circundante elevé un poco más la vista; topé por décimas con sus ojos; y entonces la sensación de picor y de borboteo térmico de la garganta se me disipó en seco; me quedé embobado, observando boquiladeado y ajeno a toda imprecación corporal, ver avanzar hacia mí a esa armónica figura, elevada y gracil, casi ingrávida, coronada por dos destellos impresionantes de luz azul turquesa que parecían moldear y polinizar todo cuanto alcanzaban...

lunes, 1 de diciembre de 2008

/21/

Con el jalapeño ya establecido y quieto en el centro del plato, me proveí del tenedor y lo aproximé al cocinado. Entonces clavé el cuatridente en la cremosa acumulación de queso que se ofrecía, sin égida protectora de rebozo ninguna, franca a la penetración. El cubierto se hundió unos centímetros hasta que sus puntiaguadas puntas vieron obstruído el descenso al topar con la superficie allanada del plato. Elevé entonces el cubierto unos centímetros y ví con alborozo contenido que el jalapeño había quedado finalmente fijado en la horquilla; verificado esto, acerqué la croqueta lentamente hacia las primeras ondulaciones de mis labios; hacía muy poco que acababa de palpar el frito con la yema del dedo y tenía aún humeante consciencia táctil de su casi perfecto grado de refrigeración, pero a pesar de ello, detuve la trayectoria aproximativa del preparado unos instantes; soplé entonces con las lomas de los labios eyectándose hacia fuera, un par de veces sobre el manto áureo del rebozo a fin de asegurarme un último aval de criotemperación y terminado de expandirse el último soplo, deposité definitivamente el jalapeño en la cavidad de mi boca. En seguida noté que su temperatura era la idónea, y empecé a masticar, con los ojos semicerrados intentando por un transcurso, embeberme de toda la potencial savia gustativa incardinada en la croqueta. Mientras basculaba las mándibulas me concentré en la acústica que desprendía el rebozo al ser triturado: era una concatenación de sones algo alargados y con cierto rocío de eco cavernoso de fondo que fueron convirtiéndose en tonos más quebrados, secos y crepusculares a medida que la trituración avanzaba, hasta que, consumidos unos segundos de presistente licuación del magma asalivado, mis dientes empezaron a restañar entre ellos, a brevísimos actos: era palpable que cada vez se interponía un menor volumen de materia masticable entre sus tensores esmaltados. Desmenucé entonces, y a mucho menor impulso, un trecho más y al final se hizo el silencio; la primera porción de croqueta había sido volatilizada. En paralelo, mis papilas habían empezado a verse inundadas por el despliegue gustativo ligeramente dulzón del queso de la croqueta y de la tira del pimiento que le inyectaba un reverso complementario de sabor picante. Era una combinación agradable; suave en sus filamentos de textura, pero expeliendo sabor intenso, en un contraste transversal bien culminado.