miércoles, 29 de febrero de 2012

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Los chopos se iban deslizando a mis lados y poco a poco el escenario, de un disecado vegetalismo, parecía ir revertiendo en un entarimado de imágenes que me resultaban al fin, tenuemente familiares. Yo seguía avanzando en linea paralela a una corriente cada vez más enflaquecida; de vez en cuando, un enjambre de vegetación baja e impenetrablemente densa, se interponía y me obligaba a alejarme de la ribera, pero tan pronto como el terreno y sus adosados vegetales me lo permitían, volvía a la confluencia con el surco. Tenía en ese momento ya, las suelas y la mayor parte de los zapatos, tomados por el barro y el lodo,y levantar las piernas resultaba un ejercicio elevadamente fatigoso, pero me daba igual. Quería seguir en lo posible, la ruta que él había descrito; y yo recordaba haber visto sus pisadas cuadrúpedas marcadas en ese mismo lodo antracitoso que se me estaba adhiriendo, con una insidiosa pegajosidad, a las suelas, a los zapatos y la parte baja de los pantalones....

sábado, 25 de febrero de 2012

166

Superé en nada el camino sin asfaltar. A partir de ahí, el terreno describía un breve descenso que culminé sin problemas. A la vez, mi mano forzada por la necesidad de preservación de sus recovecos interiores, seguía describiendo sus particulares movimientos inconexos en relación al resto del cuerpo, como si de un ente autónomo se tratara, volcada toda ella en la preservación de los restos supervivientes de la eventración de los poemas. Al cabo de muy poco me encontré tocando la hilera de chopos. Ahora el suelo se hallaba recubierto de un manto profuso de hojas secas, ocres y enflaquecidas, que emitían un crujido seco y roto al ser aplastadas por mis pisadas y bajo la sombra de los árboles, la luz de un día ya de por sí de tonos grises, se había hecho más tenue. Avancé unos pasos más y al final alcancé la corriente del torrente, que era poco menos que una lánguida expresión acuosa, liviana y extenuada, deslizándose casi agónica, por encima del oscuro lecho fluvial. Me detuve un momento y luego giré hacia la izquierda. Empecé de nuevo a acelerar la torsión. Intenté al principio, evitar el fango adyacente al surco, pero con los pasos bajo la sombra, en ese reducto aislado y a salvo del mundo, empecé a percibir que tal cuestión devenía insignificante. En seguida, normalicé mi trayectoria y la hice paralela por entero al cauce. En pocos pasos noté como los pies se me iban cargando de pesadez al acumular porciones de tierra húmeda y densa, pero a partir de determinado punto, a partir de determinada proyección de sombra que calcinó aun más lo grisáceo del día, percibí como ya todo eso me resultaba de un indiferente astral, ya no me importaba nada...

martes, 21 de febrero de 2012

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Musité algo más y entonces, lentamente, como si mi mano estuviera accionada cadenciosa a control remoto, fui cerrando los dedos. Al poco noté, en un breve crujir de papel inserido en el silencio abrumo del momento, como los recovecos de mi mano repercutían con los ángulos contorsionados de los pósitos de los poemas y detuve la presión al acto, con lo que mi mano quedó largamente quieta en ese punto, de sujeción blanda acariciadora con las estrofas carnepicadas. Dejé entonces que se solaparan unos segundos, mientras, a la vez, elevaba gradual la cabeza. El graznido de un pájaro,agudo y chirriante, sobrevino de algún punto, quebrando por un testimonial lapso, el silencio. Yo miraba fijo la hilera de chopos. Los seguía uno a uno con los ojos, espaciadamente, como si los estuviera auscultando, hasta que algo, un destello en el tiempo, me hizo aposentar con fijeza la vista en uno de ellos. Era un chopo en apariencia como los otros, alto y dilatado en el espacio y que quedaba, de soslayo, a mi izquierda. Lo fui escaneando de arriba a abajo un largo rato mientras notaba como el corazón, mucho antes de que yo racionalizara nada, se había entregado a latir con furia. Al final, mis ojos se detuvieron en una protuberancia opaca y muda del tronco del árbol, y de allí ya no pasaron. El corazón se me sobresaltó más y empecé a moverme. Salté de entre los arbustos salpicados de aridez, elevando al hacerlo una ducha de esquirlas de polvo, que al estar yo ya en movimiento, apenas me alcanzaron. Ya fuera de los arbustos y del radio de salpicado de su polvo reseco, empecé a correr. Delante se cruzaba un breve y desdibujado camino sin asfaltar, recubierto en disposición caprichosa por diminutas piedras de grava que despedían un crujido de breve ostentación al impacto de mis pisadas lanzadas hacia las hileras enhebradas de los chopos, ahí mismo, ahí a nada de mí, tan cerca, ahí a un solo enhebrar de pisadas más...

sábado, 18 de febrero de 2012

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Las puntas verdidoradas de los chopos, bajo el impulso de un viento a ratos quebrantado, oscilaban ante mis ojos aposentados en ellas; yo permanecía quieto, clavado al suelo entre los matorrales calcinados, sin apenas nada en mí que enhebrase movimiento, todo yo, lo que quedaba de yo, incardinado de pie, a unos metros de la colección de árboles dispuestos en líneas alternas y de su acogedor y frondoso fondo vegetal. Lentamente me llevé la mano al bolsillo posterior del pantalón y recuperé el boceto de papel de los poemas devastados. Casi sentí estremecerme al contacto con el trozo descastado de papel.Trasladé entonces, con una concentrada lentitud, como si estuviera tratando con nitroglicerina, mi mano hacia adelante y la sostuve un momento en el aire sumido todo él en un pegajoso silencio. El cielo parecía eternizarse en su manto gris plúmbeo, y a mí, bajo de él, establecido en esa posición quieta y sin aconteceres, me devino impracticable no desviar un injerto de abierta mirada hacia el regolito escrito majado que reposaba en mi mano: " infinitos son los parpadeos que cada día/surcan el espacio que me circuye/ anhelando hallar a mis sentidos/ un resto de pócima aún vibrante/ del paso reciente de tus ojos por esa zona" atisbé a leer en una de las irregularidades del papel hecho trizas, y un "Oh" lánguido y ferropénico, emanó de mis labios torniqueteados por la desolación...

martes, 14 de febrero de 2012

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De pronto, las frases dejaron de emitir desde el otro lado y se hizo un silencio completo, que sólo rasgó, al empezar a moverme, el crujir de los arbustos resecos que quedaban a mis pies. Me quedé unos segundos sin descerrajar movimiento mientras me parecía oír desde el polígono a mis espaldas, un lejano ruido de pasos alejándose, con probabilidad, los del energúmeno en su mono azul batiéndose en retirada, y me dí cuenta que un tal atisbo de información ya no me producía efecto ninguno; una ocasión fuera del perímetro vallado, el polígono había pasado en un lapso, a la línea de desmontaje hacia el olvido. Ahora me hallaba de pie, rodeado de arbustos polvorientos que me llegaban, de manera inconexa, hasta las rodillas. Su aspecto era de una fragilidad extrema y con cada paso mío salían despedidos amplios vectores de material calcinado por el sol, envueltos en virutas ondulantes de un polvo por momentos descompuesto e ingrávido bajo un cielo que seguía enmarcado en plomo. Delante, a una veintena de metros, se elevaban en su dilatada extensión, los profusos alineamientos de chopos del torrente. Viéndolos, el escenario de Raquel y de mis versos asolados y del pasillo en turba frenética, olvidados momentáneamente por el incidente del polígono-ratonera, regresaron de pronto con su légamo abofeteador.

domingo, 12 de febrero de 2012

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Prorrogué una última inserción de mirada hacia el energúmeno en sus balbuceos apenas fónicos y al final desasí las manos. Me hallaba a una insignificancia de la base de la valla, pero aún en el lapso de una milésima de segundo, noté el alivio por haber liberado mis brazos de sostener el resto del cuerpo. Luego, en nada, mis pies toparon secos con el cemento y agarré los dedos a la valla, retorciéndolos por entre sus cuadrículas de metal. Seguía de cara al interior del polígono y mi posición, aunque incómoda, era mucho más proclive a la contemplación que la de hacía dos parpadeos, pero me abstuve de volver a fijarme en el energúmeno súbitamente pacificado. Me giré entonces en un momento, flexioné las rodillas, alargué los brazos hacia fuera y al fin salté hacia el suelo. Fue un salto breve, y el impacto con la hierba macilenta que bordeaba el recinto, mucho más suave de lo que imaginaba. Con todo, por un momento quedé en posición levemente abatida. Pero no había sido nada; me levanté rápido y sin incidencias. Ahora el polígono me quedaba al otro lado y no tenía ya ángulo de visión sobre su interior. Miré la valla que me pareció más alta desde ese flanco y de repente, a través de sus discontinuidades de metal, me llegaron un poco diseminadas, unas perceptibles prorrupciones acústicas: "Niño, niño, ¿Pero qué has hecho? Vuelve, vuelve..."

sábado, 4 de febrero de 2012

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Permanecí un momento en esta disposición corporal, colgado a peso, sostenido mi esqueleto por las dos manos agarradas a la superficie lisa de la parte superior de la valla. Era una posición inestable y los brazos me dolían acuciantes; calculé que mis pies suspendidos, debían hallarse a escasa distancia de la base de cemento en la que se asentaba el entramado metálico del cercado. Me daba miedo el desligarme de manos, pero no me quedaba otra; el dolor en los brazos ostentaba ya insoportabilidad. Aún en ese punto enervante de desarrollo, invertí un momento en dirigir mi mirada hacia el interior del polígono. A través de las aristas para lo visual que representaba la valla, pude ver un poco distorsionado al energúmeno en su mono azul; seguía en la misma posición que antes de mi trasvase suspendido hacia el exterior y de su rostro parecía desprenderse la misma temerosa agitación de hacía nada; a la vez, su mirada denotaba converger en un lejano punto con la sùplica y sus labios destilaban balbuceos apenas inmersos en la sonoridad..." Niño, niño, ¿qué haces? "

jueves, 2 de febrero de 2012

160

Sus labios endecasilabaron hacia un principio de balbuceo; parecía otra persona: "Pero...pero, niño, ¿Qué haces ahí arriba? ¿Te quieres bajar? Que eso está muy alto, ten cuidado, que si te caes, te rompes.... Yo le seguía mirando desde lo alto; su súbita transfiguración de ogro pedrero a disipador de compasiones me habría causado pasmo en otras circunstancias, pero no en ese momento. Llevaba acumulada ya toda una jornada de deletéreas reacciones incomprensibles del entorno y la del repentino acorderamiento de ese ogro en su mono azul, sólo era una más de un ya largo cúmulo. Me tranquilizó sin embargo, verle en esa nueva fase y pasado el peligro de que me lanzara el pedrusco, me abstuve de dedicarle más atención. Me focalicé entonces de nuevo en la enrevesada maniobra de elusión del polígono en la que me hallaba inmerso. Me seguía reconociendo inestable en lo alto de la valla, aunque mis manos parecían mejor fijadas; transcurrieron unas breves degluciones de saliva, y entonces, sin mediar apenas actividad meditativa en mi córtex sobre como operar desde ese alto vertiginoso, trasladé rápido mi pierna izquierda hacia el otro lado de la valla. Fue una acción brusca e instantánea y por un lapso, sin ningún contrapeso, mi cuerpo se desequilibró hacia el vacío a mis espaldas. Me asusté cumpulsivamente, pero en una súbita agitación integral,logré reenderezar el esqueleto y volverlo a equilibrar erecto sobre el minúsculo asiento metálico. Entonces, a muy alta velocidad, apoyándome en las dos manos sobre el altiplano de la valla, viré todo yo de posición y me dejé deslizar a peso hacia el otro lado de la valla, mientras atemperaba la violencia de la caída con los pies resiguiendo los escaques metálicos a la manera de unos frenos seccionados y sin fondo; al cabo de nada,noté un brusco y doloroso pinzamiento calámbrico en los brazos extendidos y mi movimiento se detuvo en seco.