martes, 28 de septiembre de 2010

/93/

Y bueno, los minutos se iba sucediendo y el Teu no aparecía y seguíamos todos los de la clase ahí como una masa arremolinada, la biología de uno mixturada con la de los que le rodeaban, y el viento seguía soplando a intervalos cada vez más frecuentes y cada vez más iracundos, y las masas de polvo que levantaba eran a cada emulsión de velocidad, más elevadas y más densas y más ocres, de pura tierra granulada, y con ello nuestro santuario de porterías con red, y líneas demarcando y espacio libre por todos lados, se había transformado en un cenagoso averno impractible de grumos y piedras y suciedad, y sin embargo nosotros seguíamos ahí, inexplicablemente, contemplando, con esos misterios de las reacciones infantiles, la ruina, mientras aguantábamos los penetrantes sarpullidos de polvo entrándonos por los ojos y por las comisuras de los labios y por los poros de nuestra piel en estremecimiento, y seguíamos sin irnos ni salvar los escuálidos 20 metros que nos separaban de la expresión construida en sólido que era la mole del edificio del cole, y preferíamos estar así, expuestos a la intemperie azotadora, y de sus esputos de polvo, y de los desagradables y astifinos silbidos del viento, que entrar en el edificio, quizá porqué el edificio con sus gruesas paredes y su inmenso techo gris estriado y mudo, y su silenciosa estampa contra el paisaje petrificado, nos parecía demasiado impersonal y frío y distante, y nos producía recelo y desconfiábamos de él, a pesar de saber que nos aislaria de los fustigamientos desatados de la tramuntana, y del polvo y de las aguijoneantes partículas de tierra que se nos incrustaban en la cara, y preferíamos permanecer ahí, los unos encima de los otros, rotas las delimitaciones, sin saber donde empezaba la rótula de uno, ni donde terminaban las cervicales del que tenías al lado, ni hasta donde se extendía el aliento del de más allá, y éramos todos con uno, y uno con todos, y eso daba a nuestra alma de puro niñato, y a pesar del frío que se nos inyectaba en la cara,una sensación térmicamente agradable, casi ardiente, de amparo y sentido y ubicación y encaje con lo que nos envolvía y con todo lo que se dibujada por delante de nosotros, apretujándose hacia la distante línea del horizonte, y por eso seguro que era que preferíamos continuar a merced del viento desbocado y sufriendo sus acometidas, y prescindíamos totalmente de salvar los esqueléticos 20 metros que nos adentrarían a lo construido, a la protección congelada del edificio mudo y frío ..."

miércoles, 22 de septiembre de 2010

/92/

Y todo eso revoloteaba ahí ese día que la tramuntana rezongosa nos acababa de fosilizar nuestra media hora de darle al balón. Y estábamos ahí apiñados, a la puerta del gimnasio, esperando que el Teu viniera de una vez con la llave y nos abriera y pudiéramos entrar a cambiarnos, y sobretodo queríamos poder huir de las salpicaduras de polvo que el viento nos lanzaba a la cara y a los ojos y a los labios, y a través de éstos, en ocasiones, el polvo llegaba en filtraciones amargas de tierra en suspensión, al paladar. Y éramos la clase entera que nos apilábamos ahí, como una masa de todos los colores, y angulosidades y formas y manera de cerrar los ojos y de protegernos de la corriente. Y todo eso pasaba ante la puerta del gimnasio, muy cerca de la mole misma del cole, que nos separaban sólo unos 20 metross, y por esas cosas inexplicables de cuándo no eres más que un crío, nos debía dar pereza o algo reandar ese trecho de nada y poder meternos dentro de las 4 paredes protegidas a aislarnos de los zarandeos del viento, y en vez de hacer eso, preferíamos estar ahí descubiertos y al objetivo de las ráfagas, los unos encima de los otros, encajados los omoplatos de uno con las encías de el que tenía al lado, y las orejas de éste medio apretadas con la nuca del que le quedaba al flanco y las rodillas de éste incrustadas en la espalda de la chica que le precedía en la masa oscilante y grumosa que constituíamos, y así todos con todos, todo el rato, a cada paso de cada minuto, mientras la tramuntana seguía golpeando inmisericorde el patio y las porterías y las líneas que delimitaban la pista y con eso descompaginaba a cada inflexión nuestro deseo de correr y actuar y gritar y evolucionar con balón rodado, que era en lo que queríamos que se concentrara todo el universo y la rotación de las estrellas y de los planetas durante media hora..."

viernes, 17 de septiembre de 2010

/91/

Y pues, que esas cosas te pasan cuando eres un crío; te topas de pronto con una imposición radical que inmoviliza y anula tus deseos y te sientes el ser más miserable e indefenso del mundo. Y algo así nos pasaba esa tarde del viento descuartizando el patio. Veíamos nuestro santuario profanado por la tramuntana que escupía cada vez con más fuerza su veneno sobre él y ya sabíamos que nuestros deseos de jugar al fútbol o a lo que fuera, se acababan de arruinar, que ya no podríamos chutar ni hacer nada, y que nuestra media hora de purificación, de encontrarnos encajando, como dos piezas de ranuras iguales, nosotros con nosotros mismos, se perdía en lo que sufríamos que era ya para siempre, porque, niñatos como éramos, nos resultaba imposible asimilar la noción de futuro y de mañana y de un sol de nuevo brillando y de que el mes siguiente será ya otro equinocio y demás rollos y sólo sentíamos que nuestra ilusión se nos descomponía con cada arremetida del viento ante nuestras aún sonrosadas de entusiasmo, narices. Y toda esa frustrante noción de gran No se nos filtraba poco a poco, y notábamos la humidifación en los ojos y la coloración y temperatura en las mejillas que te he contado, pero al poco notábamos también que se nos juntaban por momentos los dientes y que se apretaban con fuerza como si mordiéramos una chuche de 10 centímetros de grosor, imposible de despedazar y después algo similar a la rabia pasaba por el tamiz de nuestra alma de niñatos, y terminaba destilando como una descarga funcional que por momentos nos llenaba de deseos de revolución y de cambiar el mundo para que nunca más los deseos de ningún niñato pudieran verse truncados ni fastidiados por una frase huevo de cualquier RRan o por la impuntualidad de alguien similar al Teu o por la entrada a chorro hacia cualquier patio con porterías, de ninguna tramuntana enloquecida en ninguna parte del mundo...."

domingo, 12 de septiembre de 2010

/90/

Y tal, que el sol caía a plomo sobre toda la clase, y el Rran ese día explicaba algo sobre las densidades de los elementos alcalinos o un rollo así, y bueno, era un tema denso y que exigia muchas y largas explicaciones, porqué el tío se quedaba no ya largos segundos, sino minutos enteros de cara a la pizarra, mientras iba anotando con su tiza en círculos, las formulaciones que apoyaban sus explicaciones o a la inversa, las explicaciones que sustentaban sus formulaciones, que de tan rollo que era esa materia y con la manera torturante con que la daba el Tsetsé, ninguno sabíamos donde empezaba lo uno ni donde se terminaba lo otro, que todo era para nosotros, puros niñatos, el mismo caos informe, pero eso la verdad, importa ya muy poco, que si apenas nos afectaba en esa época en que dábamos eso en clase y era una materia de la que nos teníamos que examinar y aprobar y demás rollos, como nos va a importar ahora que ha pasado cantidad de tiempo y no es más que una mota ahí perdida en el pasado? Bueno, pues lo que fuera que estuviera explicando, el caso es que ya te digo que el Rran ese día se pasaba largos ratos de espaldas a nosotros y deambulando a circulos su mano por la pizarra, y el sol iba filtrándose cada vez más fuerte por las ventanas sin fin de la Wolframio, y de ahí, sobrealimentado encima por el efecto lupa del cristal, el sol pasaba a calar de temperatura el escaso entresijo capilar que le quedaba al Rran en la coronilla, desde dónde el haz de luz se vertía directamente hacia su calva que a cada minuto, iba poniéndose como más teñida, más granate, más encarnada, en un crescendo sin reprime, hasta que llegó al punto en que la coronilla le brincó directamente al rojo vivo, que fue eso y así, tal cual te lo cuento, que ya te digo que en cuestión de 3 o 4 minutos como para flipar, de lo rápido, eh?, las diversas tonalidades de color rojo fueron saltando con brusquedad en la pantalla abierta que era su calva, sucediéndose las unas a las otras como si fueran, no sé, las diversas páginas de un libro de ascenso cromático o los peldaños escalonados de un pentagrama de color, subiendo, en una progresión imparable, hacia una coloración roja cada vez más intensa, más comprimida, más tomate puro para culminar en ese rojo vivo del que te he hablado y en el que se transformó su cacho calva..... Y para nuestro pasmo, el Rran parecía no enterarse de nada de todo eso que le estaba sucediendo a tan poca distancia, en su mismo cráneo, abducida como estaba su mente por el sistema infinito de formulaciones que estaba barruntando en ese momento ante la pizarra. Y bueno, nosotros nos íbamos mirando todo flipados, y no entendíamos nada de lo que veíamos, y porqué el Rran no reaccionaba ante esa punzada de calor concentrada, por fuerza dolorosa, que se le ceñía implacable en el círculo rojo de su coronilla, cada vez más flambeada y brillante y rojiza al punto de la llama, que hasta nos dio la impresión que por momentos chisporroteaban esos 4 pelos que el Rran se peinaba al máximo de su largor, todo horizontalmente, de un lado a otro de su cabeza, para intentar taponar el brillo de la calva, esos pelos con los que, por cierto, nos desconojamos pero que cantidad, un día en el patio Fermio, ya sabes el patio ése en forma de triángulo y que usábamos para practicar deporte en las horas de gimnasia y así. Y bueno, pasó que ese día que te cuento del descojone por los 4 pelos del Tsetsé, teníamos educación física y fuímos hacia el gimnasio para cambiarnos y demás historias pero nos encontramos con que el profe, que ese año era el Teu, ya sabes, ese tan pasota y medio chulo piscinas, que venía siempre al cole con su Golf a toda pastilla a pesar de vivir a dos manzanas mientras sacaba por la ventana del coche su brazo lleno hasta el codo de pulseras horteras, pues nos encontramos aquél día que el muy jeta todavía no había llegado y los vestuarios estaban cerrados y claro, no podíamos entrar y nos tuvimos que quedar fuera. Normalmente cuando eso pasaba, que no era la primera vez para nada, que el Teu era lo más inpuntual que he visto y venía tarde cantidad de veces, lo que nos rayaba a mí y a casi todos, que de otra asignatura nos habría dado igual que llegara tarde y perdiéramos minutos de clase, o aún nos habría encantado, vamos fijo, pero de gimnasia no, porqué nos molaba a casi todos un montón dar esa asignatura a pesar de tener ese año al matao del Teu... pues lo que te decía, que cuándo eso pasaba de que el Teu llegaba tarde y tal, pues nos poníamos en el Fermio a jugar a cualquier cosa que tuviera pelota rodando de por medio, y que casi siempre terminaba siendo el fútbol porqué molaba un huevo a casi todos y encima, el Fermio era ideal para jugar y tal, que tenía el suelo super liso y dos porterías chulas, de esas con postes de fibra de vidrio pintados de verde y con red y tal; pero la verdad es que ese día pasamos de jugar a nada porqué soplaba un viento fortísimo, que era de esas veces que siempre hay tres o cuatro todos los años, en que la tramuntana pierde las formas y se salta los diques y se desboca con furia sobre todo lo que toca, y todo lo que queda bajo su alcance..y ese día soplaba pero que a lo bestia, que le dio por empezar al mediodía o así y ya no paró en dos días, que era de verdad que un rollo cuándo le daba por ahí. Y esa vez, pues que me acuerdo que ya nos tienes a todos los de la clase, ahí agrupados y amontonados a la puerta del gimnasio esperando que viniera el Teu y nos abriera, mientras veíamos con casi ganas de llorar, como el Fermio se ponía impracticable con la tramuntana dándole con toda violencia, que le daba tan bestia que hacía levantar todo del suelo, y arrastraba desde vete a saber tu cuántos metros de distancia, cantidad de papeles y hojas caídas y bolsas de pipas vacías y cosas raras, y que con cada ráfaga levantaba todo eso como a dos metros, mientras el zumbido agudo de cada una de esas rachas se nos colaba por dentro del tímpano de una manera que hasta te hacían entrar ganas de taparte los oídos y girarte y ponerte de espaldas al patio y huir de esa explosión sin control de viento. Y no sé si te acordarás, pero es que encima el Fermio estaba cantidad de expuesto a esos arranques de la tramuntana porque daba de lleno al norte, que es que estaba todo abierto por esa parte sin vallas ni edificios ni nada interpuesto, y que era justamente por esa dirección desde donde el viento venía a toda hostia, que ya te digo que además de papeles y hojas y bolsas viejas de plástico y cantidad de cosas raras así por identificar y tal, levantaba con cada soplido, pantallas cacho bestias de polvo que pasaban a adueñarse por segundos del paisaje y que el viento aplastaba después contra la pared del gimnasio dónde nosotros estábamos cada vez más apiñados, más uno encima del otro. Y era bueno, de verdad, que super frustrante todo eso, porqué más allá del malestar físico por el viento chocándote contra la cara y las partículas de polvo que se te colaban a veces por entre los ojos y aún por la boca, que eso, aunque no seas más que un niñato ya te afecta algo, pues nos dolía sobretodo y cantidad ver nuestra clase de gimnasia al aire libre, con el seguro partido de media hora final, totalmente arruinada, que de la manera que estaba ensañándose la tramuntana sobre el patio era imposible hacer nada ahí, y sabíamos que íbamos a tener que dar la clase dentro de ese gimnasio oscuro y cerrado y de paredes cutres y de olor a moho, y la idea de pasar 45 o 40 minutos encerrados ahí con el Teu, haciendo las tonterías esas que nos mandaba para esos casos de saltos en el potro y ejercicios en las espalderas y volteretas sobre la colchoneta y abdominales y demás memeces, nos llenaba a casi todos de rabia e impotencia y nos ponía al borde del lloro, un lloro de esos de cuándo no eres más que un niñato y todo tu universo puede concentrarse por larguísimos momentos, en el rodar de un balón por encima de una superficie lisa y verde y acerada y que tu crees protegida de todo lo raro del mundo, del Rran y de sus dientes verdes y de su calva y de sus formulaciones y de sus frases huevo, y del dire y de sus amenazas y de la Roser y de su voz chillona y despiadada, y de la Conchita y su mirada paralizante y fría de batracio, y del Teu y de sus pulseras horteras y de su coche a toda velocidad, y del resto de los profes y de todo lo víscera y raro del mundo que ellos simbolizan , y de pronto descubres que entra un viento alocado y que ese reducto que tú creías a salvo de todo, salta por los aires, y tampoco podrás confiar ya nunca más de un modo absoluto en él, y te sientes, puro niñato, como solo en el mundo y empujado bruscamente y cayendo por un precicipio, y el vacío por tu reducto profanado y por no tener dónde agarrarte te llena la garganta de grumos, y sientes como los labios pasan a temblequearte, como recorridos por una descarga eléctrica, y las mejillas te estallan en brasa , y los ojos se te achican mientras en su interior chapotean los párpados ya envueltos en un un puro manglar de lágrima densa, y por un momento tratas de apagar todo eso, porqué a pesar de puro niñato, te han enseñado a abominar de las lágrimas, pero la tramuntana sigue soplando rabiosa y cercenando el patio que creías a salvo de todas las hostilidades del mundo, y eso es algo que sacude y repercute en tu interior con mucha más fuerza aún que la que está usando el viento violando el patio, y continuar viendo eso, y que la tramuntana no para en seco y se desvanece, como un lapso infortunado y anecdótico, inmediatamente después del cuál ya podrás chutar todos los balones del universo, sino que sigue soplando cada vez más furiosa, termina por desencajarte y tus últimas defensas ceden, y mientras intentas taparte la cara con el brazo, notas por debajo de la tela, como el lloro termina por brotar, incontenible y a chorro, al encuentro de esas mejillas abrasadas que ni la brutalitad de la tramontana que le ha dado de lleno, ha conseguido enfríar una porción..."

martes, 7 de septiembre de 2010

/89/

Y lo que te contaba, que me acuerdo que un día casi a finales de curso, de un bochorno ya pero que tope veraniego, teníamos clase con Rran el Tsetsé y el tío se había colocado de cara a la pizarra mientras empezaba a extender en ella, con sus movimientos circulares de tiza, sus fórmulas extrañas y todo eso. Y bueno, era un día como te digo ya cantidad de veraniego, y el sol entraba en la clase pero que a chorro por ese ventanal inmenso que era todo el flanco izquierdo de la Wolframio; y era de esas veces en que la luz del sol de tan fuerte, parece que se abre entre las cosas llevando por delante un aguijón penetrante, con el que más que dar forma y delimitar los objetos y las personas y cuánto encuentra, pues en vez de hacer todo eso, las atraviesa y les inocula de claridad o de partículas de luz o de lo que sea. Y uff, me acuerdo que ya te digo, que la clase era pero que toda un mar de luz, como no he visto en la vida, que parecía que colgasen del techo 1000 focos de esos tan bestias de los estadios de fútbol y así, y que además, estuvieran encendidos enfocándolo obsesivamente todo. Y bueno, gracias a ese chorro tan bestia te dabas cuenta de cosas que normalmente no veías, como que la madera de tu pupitre estaba toda llena de imperfecciones o de rayaduras blancas, o que detrás de los radiadores se acumulaba cantidad de polvo y de restos raros, como trozos de uña de esos que cuándo no eres más que un niñato a veces te arrancas con los dientes sin saber porqué y luego los expulsas hacia el primer lateral que se te cruza....Y pues lo que te decía, que ese manguerazo de luz que lo alcanzaba todo, se posaba también en el Rran mientras estaba ahí de espaldas a nosotros submergido en sus historias raras, y me acuerdo que le caía especialmente pero que a peso sobre el círculo trazado de su calva. Y no sé si te acordarás, pero el Rran era un tío con la piel cantidad de blanca, que iba siempre gastándose un tono pálido y tal, y ésa era otra de las cosas que contribuía a hacerle de ese sopor insufrible que te he contado, porque el blanco de su piel era pero que un calco de ese blanco que tienen las paredes de los hospitales, que ya sabes, bueno, que te voy a contar a ti que cuándo te pasó eso con Raquel que te dijo delante de todo el Insti que la dejaras en paz y que no le escribieras ningún poema más, que ya estaba harta de ellos, y que dejaras de una vez de espiarla camuflado entre los arbustos del parque cuándo salía de sus clases de psicomotricidad o no sé que rollos, pues después de todo eso que te con ella, estuviste una temporada ingresado en uno de ellos, no? para reponerte de los nervios y empezar a tomar alimento y tal... Pues está claro entonces ya sabes que pintan las paredes de los hospitales de ese color pálido para sosegar y tranquilizar a los que están internos, como tú eras esa vez después de lo de Raquel, porqué ese blanco es una tonalidad que se ve que aplatana o algo, y si todo en el Tsetsé transmitía ya punciones anestesiantes, esa piel tan cacho blanca aportaba lo suyo, que aún sin él decir nada ni abrir la boca, ni soltar ninguna de sus fórmulas, ya te adormilabas con solo mirarle, por lo desfondado del tono de su piel, que era como si le hubieran evacuado, con una bomba de extracción o algo, el color o algo, y que se había quedado de un blanco máximo, pero además, así, como apagado y tal. Y bueno, me acuerdo que ese día de esa luz tan bestia los minutos transcurrían y el Tsetsé seguía inmerso en su mundo de tizas y pizarra y formulaciones y frases huevo y el sol de las doce de ese día tan caluroso, se iba levantando e iba cayendo más agudo cada vez, más picado, mas penetrante sobre todo cuánto tocaba y también lo hacía sobre su calva elíptica, que de verdad que fue flipante pero que en muy poco tiempo pasó a tomar un color rojo vivo, totalmente diferente al tono marfil de hacía unos minutos, propulsado encima todo esa transformación de color, por el gigantesco efecto lupa que producían los ventanales sin fin del lado izquierdo de la Wolframio ..."

sábado, 4 de septiembre de 2010

/88/

Y bueno, pues que ese reloj que Rran el Tsetsé siempre llevaba era pero que cantidad de viejo, o al menos eso parecía, por como lo tenía de consumido y mohoso y raído y demás. Y tal vez no sé, quizá en realidad no fuera tan viejo como eso y sólo pasaba que el Rran lo había ido erosionando de tanto mirarlo, que ya te digo que no pasaban ni 10 parpadeos desde que le lanzaba una mirada que ya estaba preparando la siguiente y calcular cuánto faltaba para el final de la clase, que se notaba pero que un huevo, que no le molaba nada darnos esas clases, que es que no le abandonaba en ningún momento una expresión de desgarro en la cara, todo medio arrugada y tal, como si estuviera al borde de un lloro profundo e inminente, que se veía, pero que a la milla, que estaba como angustiado o algo, y que todo él, en bloque, pasaba por sentir eso, a lo reo cumpliendo una condena .. Que ya te digo que se detectaba fácil que todo en él estaba recorrido como por una lombriz interior, como si no sé, una electricidad de remordimiento puro le atenazara el organismo todo, desde el brazo hasta la dicción, un remordimiento por vete a saber tú qué historia del pasado, quizá sobre si obró bien al escoger la profesión como lo había hecho o algo, pero que en serio que debía ser una carcoma que operaba dentro de él las 24 horas , sin descanso y tal, y que se le traslabada al cuerpo en cada una de sus expresiones y de sus terminaciones nerviosas, y de ahí pasaba a todo lo que su cuerpo hacía y desarrollaba, y por eso me da que miraba tan apagado y hablaba de esa manera tan rara con toda esa liturgia del gruñido y de la mirada perdida antes de sus frases-huevos, y seguramente que era por eso también que cogía la tiza de una manera tan rara, como si en vez de dedos tuviera una pinza metálica reducida a dos movimientos, abrir y cerrar, y que era una composición visual, sobretodo de perfil, con la calva en sesgado, super extraña, por lo forzado y tal, y que no se lo he visto a hacer a nadie en la vida, ni nadie me ha contado sobre nada que se le pareciera, y fijo que también a ese rollo de los remordimientos y tal se podía deber que desplazara la tiza de una manera tan quebrada por la pizarra, que era como si en realidad todo en su interior le empujara a no querer escribir nada, y se arrepentiera de haber trazado algo una décima de segundo después de haber iniciado el primer boceto, porqué en realidad lo que querría era estar muy lejos de esa aula llena de niñatos aniquilantes, haciendo otra cosa que no fuera permanecer allí de pie, autodevorándose los tejidos con esas explicaciones que seguro que había pasado a sentir ya como si fueran un cuerpo extraño, ajeno a él, mientras con su boca medio abierta y ese aire cansino iba anotando sus formulaciones a las que sólo su mente debajo de la calva esférica tenía código de acceso, y que iban destinadas a esos niñatos que éramos nosotros a los que todo lo que describrian los círculos de sus tizas en la pizarra producía una sensación instintiva de rechazo y de lejanía y de fustigamiento simplemente por ser lo que eran, unas explicaciones super raras, pero que encima, al venir al mundo vehiculadas a través del Rran y sus ademanes apagados y obtusos, y de su mirada perdida y balbuciente y su tono de voz como inhumado en vida, y con el reloj ése de correa insalubre colgándole siempre, como un harapo mordisqueado, de la muñeca, y adornando el desarrollo con ese modo de hablar tan anestesiante, que se filtraba por el tímpano como una lava densa e implacale y tóxica, pues todo eso aún nos multiplicaba más la incomprensión de puros niñatos hacia la escena toda, hasta no desear otra cosa que empezar a correr a toda velocidad y huir, como si de un copo incandescente de pura radiactividad se tratase, de ese hombre tan raro y de sus explicaciones patógenas y torturantes hasta que ya en la lejanía, al volver la vista ya no viéramos trazo de todo eso, ni de la pizarra, ni de los trazos de tiza describiendo formas imposibles, ni tampoco del Rran y su dicción rara, y de su calva, reflejándose elíptica bajo el sol...."

viernes, 3 de septiembre de 2010

/87/

Y lo que te iba narrando, por qué no te has ido,no? Sigues ahí?? Pues como te decía, que me acuerdo que ese miércoles al mediodía teníamos clase con el Rran y el tío nada más entrar, se dio la vuelta y se colocó de cara a la pizarra, y empezó a darle a la tiza agarrándola con esa manera tan rara que tenía de hacerlo, que ponía los dedos así, todo medio levantados, como en pinza o algo, como si estuviera tomando algo de valor, no sé, un diamante o algo, y en seguida empezó a moverla en esas formas circulares que se gastaba, tan flojas y faltas de energía, que casi no tocaban la pizarra, mientras empezaba a anotar esa formulaciones tan raras que sólo él entendía.... Y bueno, a todo esto aprovechaba ya para lanzar las primeras miradas furtivas al reloj de agujas que siempre llevaba, que yo no sé de qué época era, ni si fue de un tío abuelo perdido en el tiempo o algo, pero que en serio que se veía tope viejo, con una correa de cuero todo medio raída y descamada y llena de agujeros, como si algún roedor hubiera estado ahí dentelleándola, y con una esfera redonda de cristal mega rayada y a través de la cual apenas se podían leer ya los números, que me acuerdo que encima no eran los normales, los que usamos nosotros de 1, 2, 3 , 4 , 5, qué va, sino que eran de esos que ponen equis y palos y uves, egipcios o romanos o no sé qué rollos, como esos que se ponen los reyes o los Papas tras el nombre o algo.... Y en serio que pesar de todo esto que te acabo de contar, de que apenas se veían los números y que encima eran de esos tan raros, y de que la correa estaba como picoteada por todos lados, que me acuerdo que hasta un par de veces se le cayó el reloj en plena clase porque la hevilla no sujetaba ya bien con tanto espacio disponible sin cuero que la inmovilizara, pues ése fue el único reloj que le vi a Rran el tsetsé en los 5 años que pasé en el Insti, que siempre lo llevaba, a pesar de que tenía que ser pero que tope viejo, que encima era uno de esos a los que tenía que dar cuerda todas las noches o cuando fuera, pero al menos una o doces veces al día para que funcionara, que no veas el coñazo que tenía que ser estar pendiente de hacer eso todos los días, ya te digo que una o dos veces, pues el Rran lo hacía, porqué de otro modo no le habría funcionado, claro, y además me acuerdo que en unas colonias en que vino porque era el tutor de otra de las clases y le tocó estar, le vimos un par de veces después de la cena, ahí al lado de una cacho chimenea que tenía la casa, sentado y como aislado del mundo, todo concentrado en dar cuerda a su reloj de correa raída y de números egipcios o babilonios o romanos o lo que fueran, que flipamos todos al verlo, porque muchos no habíamos visto hacer eso en nuestra vida, y pensamos que al hombre le había dado un ataque maniático o algo, y que se desahogaba acariciando su reloj,,,,,,"