viernes, 31 de diciembre de 2010

/116/

Y en nada que el día estuvo ahí. Me vi vestirme impreciso y torpe y luego, mi imposibilidad de comer nada. Y los pies que me llevaban sin rozamientos, ingrávidos. Me vi mientras bajaba por la escalera, detenerme en el último rellano para darme la vuelta y mirar evocador hacia la puerta que acababa de dejar atrás; estaba convencido de que cuando volviera a pasar por ella, sería otra persona, un cúmulo-anatómico motriz de emociones realizadas. Me vi llegar a la escuela y sentarme ante el pupitre en una composición no del todo sentante, no del todo elevada; y mis ojos que se deslizaban a la esfera del reloj a cada nimio avance de la segundera. Recuerdo el cambio de clase. Breve y casi sin espacio a nada. Mis últimos sesenta minutos de clase, antes de aprovechar la desbandada en estampida de todos hacia el patio para subir al piso superior e ir al encuentro del aula de Raquel a la puerta de la cual, apoyada abstraída en el quicio de madera gris, solía tomarse su diminuto bocadillo de pan blando, envuelto en pliegues de papel metálico. Me vi haciendo abstracción de todo cuanto el profesor solfeaba ese día en esa hora en esa clase, donde todo lo que decía, me llegaba más astral que nunca... ¿ Quién podía concebir que ese ser que destilaba sin descanso un sinfín de frases huecas pudiera ser consciente de lo que hervía bajo mi rostro en silencio comatoso?.....En la zona inferior del pupitre, aprisionado entre dos carpetas, notaba el roce de las páginas comprimidas e intactas de un libro de texto, y unos centímetros más arriba, el silabeante contacto con la pieza de abertura de la cremalerra del estuche donde se amontonaban mis bolígrafos, casi siempre al nivel máximo de tinta, casi siempre con las puntas superiores erosionadas raídas. A veces desentumecía las piernas y al moverlas, notaba el friegue contra mi muslo del folio de los 20 plegado en uno de mis bolsillos del pantalón. Notarlo cada vez, me estremecía Ahí en esa rebanada de papel insignificante, se derramaba, vía Raquel, el encaje completo de mi organismo con el sentido último de las cosas...

martes, 28 de diciembre de 2010

/115/

Y con ese súbito despeñarse de las sinuosidades del tiempo, que estaba ya al alcanzar el día de impulsarme al encuentro de Raquel, con el folio de los 20 tembloteante en mi mano, ese folio rectangular como todos y de apariencia insignificante, como cualquiera otro de los millones que se amontonaban en cualquier parte del mundo, pero en el que sin embargo, llameaba el diámetro entero de mi sensibilidad abierta en dos y expuesta a lo foráneo. Me producía azoramiento pensar que era yo por entero quién viajaba ahí comprimido; todo yo transportado impreso en un folio del peso de un aleteo de colibrí. Me trasladaba un reparo torturante dar ese paso y abrir de aquella manera tan expuesta al mundo, el cartapacio entero de mis adentros excavados, dejándolos a merced de las inclemencias, y sin defensa remisible, una vez dada la orden de obertura; sabía que durante unos desarrollos, me iba a convertir en el ser más vulnerable del mundo,con la capacidad expuesta de defensa de un polluelo sin cobertura. Me dolía saber que mis tejidos iban a quedar por segundos inanes, desconectados de sus funciones, a la espera que una reacción positiva de Raquel que los polinizase.... Pero,, ¿ y si Raquel ,,,,? Me entraba un vértigo súbito y cegador de sólo pensarlo...Todo estaba en sus manos y la posibilidad de que no me siguiera me resultaba tan inasumible que me autoforzaba a ni concebirla. Y sin embargo, eso estaba ahí y cuando reparaba en su silencio ante mi envío postal con los 20, una electricidad fría me discurría por las vértebras, que ni la querencia de un fallo de entrega postal, lograba mitigar su fuerza de espectro. Tenía noción clara también que en ese estado de indefensión por el cual iba a transitar, la más nimia de las incidencias podría inocularme de sabia negruzca de derrota hasta el tuétano. Se trataba de un paso terriblemente arriesgado y me veía preso en un perpetuo movimiento de avance y regresión, aunque en el fondo sabía que me iba propulsar hacia ella. Era tanta la fuerza de atracción que ejercía, que la opción de oclusionarme y fundirme con el mutismo me resultaba insoportable. Intuía también que a partir de ese momento, los acontecimientos se iban a precipitar. Y manejaba baremos. Había cercano un amplio puente de fin de semana en perspectiva, y en mi elucubrar de dependencia, quería pensar que quién sabía si para entonces, estaría ya en mi ejecutoria el poder silabear sedoso cada uno de los versos que componían los 20 a la altura del oído de una Raquel hacia mi posicionada, tendidos ambos en el césped de ese mismo parque donde el verano anterior había tenido mi primer impacto y dónde había empezado todo...

lunes, 27 de diciembre de 2010

/114/

Me vi luego dirigiéndome un día al amanecer, con las calles larvadas en el silencio, hacia un buzón antigualla tomado por el orín, y confiarle a través de su oxidada ranura, un pliegue de papel estrujado en un sobre ingrávido donde reposaba el tonelaje comprimido entero de mis latidos. Me vi luego por la noche, rondando en pijama el teléfono del recibidor; arriba y abajo; una y mil veces. Y depositarme en la cama unas horas después, demolido por el silencio y aún imaginando el ring del día siguiente. Y el día siguiente que tendió al amanecer de nuevo y se entregó al prolongarse de 24 horas durante las cuales ningún conato de ring afloró. Y tampoco restalló nada el día siguiente, ni el siguiente al siguiente, ni en el contiguo inmediato a los siguientes cincuenta. Y con los días sin escenario, sin tambores ni repique de épica de fondo, que volvía a aflorar mi tono de piel escamoso, impregnado de contornos de amarillo pústula, y con la tráquea otra vez agarrotada y emitiendo acumulación de alegaciones a cada intento de cruce de alimento. Me vi una noche con el paisaje tomado por el aire crudo, atisbar por la ventana abierta de mi habitación e indagar a las refracciones apagadas y tenues de la luna. Y permanecer, con mis ojos clavados en ella un tiempo liso, para disponer al fin, rescatar los 20 de nuevo y acostarme al poco con una retomada escalada de liberación. Y con los destellos del día recobrado, que mis yemas volvían a sentir y a reproducirme el amontonamiento sin fin de sensaciones asociadas al contacto con el folio de los veinte. Y en pocas secuencias más, ahí estaba yo, de nuevo febril, viéndome seleccionar un día, y un momento y un cómo de entrega a Raquel en mano. Y las horas que a partir de ese instante, se aceleraron repentinas, como inmersas en un alud de tiempo comprimido que se desplomara súbitamente y sin freno, por una pared en picada vertical....

jueves, 23 de diciembre de 2010

/113/

Me vi dejando atrás el parque y enfilar hacia casa. Y esa misma tarde, empezar las pesquisas. Y descubrir cuatro nociones sobre Raquel. Y la estupefacción de mis padres " ¿Cambiarte de instituto? ¿Irte al que está en la otra punta de ciudad? ¿Abandonar a tus compañeros, tus profesores? ¿Así de golpe? ¿Pero por qué?" Me vi luego empezando el curso dos meses después, en ese instituto de la otra punta. Y mis primeros contactos continuados con Raquel, casi siempre en la hora del recreo, desde una distancia que para mi contracción, no se acortaba. Y mis cruces intencionados y buscados, en los que sus ojos glaciales, ni reparaban y seguían surcando en línea recta. Vi mis libros de texto intactos con su nombre escrito por todas partes. Y su ausencia. Su ausencia indiferente a la que no introducía el más mínimo matiz a pesar del paso de los días. Me vi tomando renuencias a la comida y empezar a notarme las prominencias de los huesos. Y mi cinturón cada vez más raído en agujeros. Y en el instituto, alcanzarme las explicaciones de los profesores como un ronroneo subhumano, inconexo e ininteligle. Y mis notas desastrosas, con mis padres atónitos y superados. Y los días que se sucedían sin que nada se modificara. Me vi empezando a rastrear y agazaparme tras lo frondoso de un parque para el entrar y salir de Raquel en sus clases de psicomotricidad embutida en sus chándales multicolores;una hora y media larga, camuflado entre los arbustos; untándome de humedad, de barro y de turbinas de insectos. Me vi de noche, mirando lloroso por la ventana a la luna en redondo, a la luna en mitad, a la luna en dispersion, a la luna en nada, con los ojos que se me hundían de tanto dar vueltas en la cama, y de tanta secreción de lágrima. Me vi de pronto una noche helada, con la blanquecina luz de la luna desparramda, tomar un lápiz y descerrajar cuatro notas. Y al releerlas, mi primera sonrisa en mucho. Y luego, componer más y más frases. Y acumularlas, febril. Y mis labios cada vez más distendidos. Sí... ésa era la vía. Y vino luego el regreso a la comida, y a la verbalidad distendida y a las miradas sostenidas. Me vi seleccionando compulsivo,las notas. Esos veinte poemas finales. Y mi dormir agarrado fuertemente a ellos porque estaba seguro que en ellos anidaba el quebrantamiento por la mitad de la indiferencia de Raquel y el inicio de mi acceso a ella y a todo el sentido del Universo a través de ese hecho.....

lunes, 20 de diciembre de 2010

/112/

Poco a poco se restablecieron mis parámetros normales de motricidad. Me levanté con cuidado, notando mi cuerpo envarado y con todavía diáfanas renuencias a la confección de acciones y al descorche de energía. Pero no me quedaba otra. Cubrí agachado un breve trecho aún bajo la sombra de las ramas tupidas del abedul, evitando colisionar con la cabeza en sus prominencias. Fuera ya de su protección, el día recobró toda su intensidad lumínica, empapado de claridad todo cuánto alcanzaba. Me ladeé entonces un poco, y reparé en el engarce de eses que mi cuerpo había dibujado contra el césped, al buscar el cobijo incromatizador del abedul. Era una composición desigual en la mayoría de trazos, pero en dos de ellos, la curva de la ese era extrañamente perfecta; y mi arrastar había sido intenso, hasta el punto de haber compuesto a la superficie unos leves montículos de tierra excavada, grumosa e intensamente negra, casi azabache. Me vi entonces, abandonando el parque, a pasos cada vez más normalizados. Me daba la sensación de que el cuerpo empezaba a metabolizarme la idea de Raquel, y al menos, en sus funcionalidades básicas, mi organismo parecía haber desarollado ya cierta protección de antídoto. Ya no me temblaban las piernas como agitadas por un temblor freático, ni los ojos se me aceleraban en un parpadeo inabastable de alas de colibrí, ni las retinas me quemaban como si estuvieran emplazadas al lado mismo de un foco de irradación estelar, ni el corazón se me disparaba a impulsos de un repique que parecía ansiar perforarme las costillas, y la piel y los tejidos, para expandir liberado, sus latidos por el espacio en torno. Sí, parecía haber superado ese cuadro y me tenía en pie, y avanzaba.Pero sabía que a partir de ese momento, nada iba a ser como antes. Al menos, por una larga temporada. La circunstancia del cruce fortuito con Raquel había generado una nube de polen en la que yo, desprevenido y a merced de las horas, me había empapado con toda intensidad, con toda inmaculidad, hasta la matriz. Ese polen estaba ya en mí de manera indefectible, surcando, confundido en el riego sanguíneo, por mi interior en todos los trayectos; me circunvalaba el cuerpo una y otra vez, de un extremo al otro, inyectando en cada célula el mensaje cifrado de impulso exaltado hacia Raquel... Intuía ya en ese momento, mientras dejaba atrás el parque y entraba en la versión dura de la ciudad, que tal vez mi cuerpo aprendería a poder convivir con esa impregnación omnímoda sin que se desballestara y me convirtiera en un disfuncional múltiple. Pero también intuía que esa noción omnipotente de la belleza de Raquel destilándose sin descanso en el matraz abducido de mi organismo, iba a suponer entrar en un hervidero de turbulencias con escasísimas, por un tiempo, posibilidades de refrigeración,,,,"

domingo, 19 de diciembre de 2010

/111/

Mis brazos y piernas seguían recorridos por ese impulso de electricidad paralizante que momentáneamente los había dejado inhábiles, mientras yo, tras la caída lateral, permanecía estirado boca abajo sobre el césped mullido y cuidado del parque. En torno a mí, el día se consolidaba. Desde la superficie elevada de las copas de los árboles, entre su profusión entrecruzada de ramas, llegaban emisiones de cantos de pájaros de todas las tonalidades, indescifrablemente mixturados; de fondo, aplacados por la quietud blanda del ambiente, iban y venían, en olas sucesivas, lejanos estertores fónicos de pasos y frases ronroneantes, mitigadas e inasibles, y no lejos, cercano al muro contiguo que daba a la acera por la que yo me había desfondado, balbuceaba con nitidez la mecánica persistente de un motor de combustión. Mientrastanto, mis intentos por accionarme hacia el movimiento seguían encadenándose uno tras otro. Progresivamente, notaba un repunte de la motricidad, pero aún insuficiente para lograr evadirme de la extraña posición bocabajo en la que me habían postrado los efectos de la primera visualización de Raquel, con su halo de luz envolvente, y la posterior caída asociada a la ceguera paralizante que verla y constatar que existía, me había provocado. Precisé nítido el acercarse del sonido de unos pasos atléticos y rítmicos sobre la gravilla del cauce térreo del parque; se encaminaban sin disimulo hacia mí. Volví a temer ser descubierto en esa incomprensible posición tendida e intensifiqué mis esfuerzos por levantarme y recobrar algún atisbo de verticalidad, pero continuaba siendo estéril. Los pasos de cadencia viva, proseguían, cada vez más nítidos, cada vez más perfilados, cada vez más adyacentes. Estaban ya ahí. Redoblé mis intentos de elevación pero dieron de nuevo, en los contornos absolutos en la nada. Entonces apoyado mi toráx contra el suelo, activé mi horizontalidad toda, en una especie de desesperado movimiento desplazador arrastrado y sinuoso sobre el césped, y poco a poco, logré alejarme del lugar de la caída y acercarme al tronco de un abedul cercano. Noté como la luz del día se difuminaba un poco y perdía destello al empezar a entrar en los primeros atisbos de sombra que las ramas del árbol, proyectaban hacia el suelo...Insistí con un impulso repetido de toráx cimbreándose y avancé un último trecho hasta alcanzar el rocoso tronco del árbol. Sabía que la sombra me cubría finalmente por entero y que al instigador de esos pasos frenéticos que percutían en el aire y que se me echaban encima, nada le iba a llamar la atención en relación al cuadrado de césped ante el cuál iba a expandir sus movimientos. En muy poco lapso, y tras un punto culminante de cercanía, los rítmicos golpeos de su marcha se fueron perdiendo en la distancia y el parque volvió a aquietarse. Lejos restallaban el aire los tañidos graves de una campana. Y fue coincidiendo con el último de ellos, cuando noté, bajo la adiposa sombra del abedul, que mis brazos y piernas volvían a adherirse a sus acordes usuales de funcionalidad...

miércoles, 15 de diciembre de 2010

/110/

Me vi pasada ya la estela absorbente de Raquel, componiendo obturado unos pasos más, tembloteante e impreciso, como sumido bajo los efectos de una descarga de relámpago que se hubiera amplificado impetuosa y eléctrica a través de la canalización estriada de mi espina dorsal; no sabía bien hacia dónde me dirigía. Entorno a mí, sólo había luz; la luz del día de verano que caía y se ramificaba por todas partes a impulsos una intensidad feroz que sólo las expresiones de verde montaraz del parque lograban en alguna fracción mitigar; y a su apogeo, se sobreponían impetuosas las sinuosidades de la nebulosa de luz que el paso de Raquel había provocado y que seguían chisporroteando por todas partes a través del aire cristalino en derredor. Me vi aún perseverar un breve trecho más, con los efectos de la bofetada estética intensificándose en mí, como si lo hiciera a impulsos de una irrefrigerable reacción en cadena interna, mientras mis extremidades alámbricas y pernituertas, describían volutas de ese de contornos difuminados sobre la gravilla ocre del recorrido del parque. Me vi de pronto, efectuar un torpe bandazo lateral y tropezar en la acción, contra un principio de bordillo de parterre que me cercenó la verticalidad, haciéndome caer de flanco sobre el césped mullido. Me observé entonces postrado unos instantes boca abajo, aún la imagen imposible del rostro de Raquel en su novedad de existencia, rebotando sin parar en mis tejidos atravesados por un vaivén de electrocución. Y los segundos pasaban y el día iba levantándose y en torno a mí el parque se desentumecía y emitía señales progresión hacia la actividad. Sumido boca abajo aún, temí que alguien pudiera verme y reparar en mí y en mi extraña posición y mover algo en relación a eso. Intenté levantarme, pero de tanto hormigueo de sensaciones reverberándome, mis extremidades no respondían, ni se activaban, como si hubieran emprendido una decidida travesía hacia la parálisis o pertenecieran a otra fuente de sujeción que no era yo....

miércoles, 8 de diciembre de 2010

/109/

Me vi con el pulso al borde de la calcinación, enfilando de nuevo por entre las ordenadas filas de hayas del parque, agitado mi esqueleto por un repiqueteo cardiovascular de fondo que terminaba, después de practicar múltiples torbellinos por cuánto centímetro de articulación mía se topaba, zarandeándome la armonía de oclusión acompasada normal de los parpadeos. Me dirigía por entre los surcos del remanso de verde luminoso de la explanada del parque, de nuevo hacia el encuentro con Raquel, con ese foco de materia luminosa que parecía provenir de otro mundo y al que yo, de la manera más casual y cándida, acababa de descubrir. A cada pocos pasos, los pies se me entrecruzaban y me urgían a un tropiezo momentáneo que conseguía restañar a duras penas. Ví de pronto, el grupo de las tres amigas con el foco concentrado de luz blanca de Raquel en el centro, viniéndose hacia la dirección por la que yo, con una torpeza cada vez más acerada, iba recortando metros. Por unos parpadeos, intuí lo que cruzarme de nuevo con esa creación iba a suponer ( una creación que efectivamente existía y no era, tal como había medio deseado querer creer, el producto enfebrecido por gripado momentáneo de mi retina sobrecalentada ) y deseé no haber estado jamás en ese parque a esa hora ese día de intenso bochorno estival macerándose al otro lado del muro pétreo e aislante del parque. Hasta hice un leve ademán de media vuelta y de alejamiento a paso furibundo del torbellino de sensaciones que se me venían encima y que en ese momento ya intuía, me iba a modificar el código de barras interno para una larga temporada; pero ya era tarde. Mis ojos, conectados a las compuertas abiertas de par en par y fatalmente desprotegidas de mi sensibilidad del adolescente hipertérmico que se topa de la manera más inesperada, y en plena faz, con toda la magia concentrada del mundo, se posaron un momento, en la tez de Raquel aproximándose, y todo acto de resistencia devino quimera; había trasmutado hacia otro ser, y ya sabía que mis coordenadas habían dejado de ser enteramente mías. Ahhora las compartía con aquella belleza que antes de ese momento de hacía nada en el parque, no habría ni siquiera podido imaginar que existiese; de esa belleza que parecía pertenecer a otra revelación, a otros evangelios, a otra génesis....

lunes, 6 de diciembre de 2010

/108/

Sí, Ramón el guía había emitido el nombre de Raquel y mi intención de abrochar el teléfono en su cubil y de largarme de sus proximidades había quedado automáticamente anulada...Raquel, volví a pronunciar con un hilo de voz, en la penumbra excavada del bar, mientras mis párpados se desplomaban hacia el sellado muscular....Noté que las piernas me temblequeaban y me tuve que apoyar de espaldas contra el muro tomado por la mugre para no caerme. Pasaron unos segundos, en los que me compuse inmovilizado, sin saber qué hacer; si irme o permanecer o qué pensar o como deglutir el aluvión de hechos que me habían caído encima,con las dos sílabas de nuevo como epicentro. Pasaron otros segundos, y al fin emití, en una acústica en los límites por lo débil, de nuevo el nombre de Raquel. Y fue pronunciarlo por esta tercera y moribunda vez, cuando al nada de hacerlo se deslizó ante mí en cascada, todo un engarzamiento de imágenes. Ví a Raquel andando con dos amigas por la explanada del parque, y mi cruce con ellas a paso vivo, distraído, desconociendo todo. Noté el deslumbre de ese rostro en mis pupilas y la descarga de voltios inmediata y violenta, en los recónditos de mí; me ví deteniendo el paso, un paso ya torpe y abducido, y teniéndome que sentar en un banco para recuperarme. Me ví en ese minuto de incredulidad, preguntándome si lo que había visto podía existir, poseído por un miedo absoluto a volver la vista para evitar que se confirmaran mis sospechas de que sí, mientras el corazón se me disparaba en un latido desatado que aún, un montón de años después, seguía accionandose con la misma intensidad con sólo acercarme a las dos sílabas.....Me observé luego, levántandome y saliendo disparado para abandonar el recinto del parque por su otro lado, y correr desesperado a través de una acera larguísima y casi sin horizonte, mientras a cada fricción de mis suelas de adolescente piernituerto con los adoquines del pavimento, se iban levantando chispas fugaces de colisión; me reconocí entrando con el aliento roto por la puerta principal del parque y ubicarme en dirección de marcha opuesta para cruzarme de nuevo con lo que había visto y cerciorarme de que no era tanto como ya sentía punzante, y que en el fondo, no había sido más que una visión distorsionada por la extremada luminosidad del día o por el sobrecalentamiento de mi retina desplazándose a cada recodo del parque y mirándolo todo desde el mismo instante de haber entrado en él....."