lunes, 24 de enero de 2011

/122/

-Raquel...

Mi pronuncia restalló débil y cayendo en picado en la última sílaba, desplomándose hacia lo hondo, como la última aportación fónica de un condenado. Pero a pesar de esa anemia vocal que apenas garabateó en el aire, Raquel reaccionó. Por primera vez desde que empecé a atravesar el largo pasillo hacia su encuentro, salió del ensimismamiento de su mirada proyectada hacia el suelo e hizo ademán de girar el rostro. Yo me había quedado plantado, con el folio con los 20 asido en mi mano que se había convertido en un puro repique. Mi mirada buscaba por momentos,posarse fija en los movimientos de ladeo de la cabeza de Raquel pero presas de la más penetrante de las turbaciones, mis pupilas parecían resbalar una y otra vez en sus facciones de otro mundo y caían desplomadas inanes hacia las baldosas....El corazón me golpeaba con furia el tórax, como si quisiera huir del embrollo en que le había conducido. Se me hicieron los instantes eternos, mientras Raquel completaba el giro de sus facciones. De súbito, gané algo de rigidez y esperé el impacto del deslumbre de sus ojos cuando empezaran a mirarme. Noté como si un vendaval de luz aún más fuerte que el que se filtraba por las ventanas, se readueñase pasillo y del paisaje todo, y entre sus brumas claras, distinguí el rostro imposible de Raquel mirándome interrogativa....

domingo, 23 de enero de 2011

/121/

Me vi acercarme más y superar una aglomeración lineal de baldosas suplementaria. Ya Raquel estaba perfectamente recortada en su asombroso perfil, con la luz del pasillo que todo lo envolvía,dorándole sus amplias bocanadas de pelo castaño cayéndole, tirabuzonadamente, como una resplandeciente cascada capilar bruñida con las últimas lluvias. Su mirada seguía posada con fijeza en el suelo, y mi avanzar agonizaba ante esa indiferencia que nada, ni la inminencia ya colindante de mis pasos con su estatismo, lograba extraer del silencio. Tragando saliva a intervalos cada vez más seguidos, apuré mis últimos avances, mientras con mano temblorosa extraía del bolsillo derecho el folio con los 20, donde yo por entero, viajaba al albur. Me ubicaba ya tan cercano a Raquel, que la levísima penetración de la comisura de los labios en sus mejillas tostadas , tomaba perfectos rasgos de distingo. La avistaba a un suspiro, a una baldosa, a media sílaba de distancia. El corazón me latía tan sobrexcitado que sus pálpitos soterrados tomaban el pasillo y se sobreponían, acallando la sonoridad de mis mortecinos pasos siempre diluyéndose. Cuando ya casi mi rodilla miniflexionada para un último progreso, iba a topar con su increíble flanco anatómico en perfil, detuve el paso y balbuceé en un cartílago finísimo y apenas perceptible de voz...

-Raquel,,,

martes, 18 de enero de 2011

/120/

Raquel en sus formas cinceladas y en su mirada de luz, permanecía ahí, a escasas baldosas, abstraída en el flujo alejador de sus pensamientos, con la mirada fija empalizada hacia el suelo, y envuelta ella toda en una rasgadora indiferencia hacia todo cuánto le rodeaba, yo inserido. Mis zapatos, a pesar de la agonía de mis movimientos, emitían sonidos al chocar con las baldosas grises mientras me aproximaba y sus resonancias se expandían cada vez más reactivas y sonoras por el pasillo en mutismo, pero nada en la pose de ella, se alteraba. La abstracción de Raquel,como su belleza, parecía de otra conformación celeste; me superaba, y su prolongación me resultaba tan lacerante, que me asaltó por un último momento, el pensamiento fugaz pero a plomo, de la media vuelta, de la huída,del interponer superficie de por medio y correr desenhebrando lo avanzado, hacia la escalera. Pero nada de eso se produjo y seguí hacia ella como un autómata. Su concepto estaba tan hipermadurado y trabajado en mí que me dominaba e inmovilizaba. Casi todo, empezando por su silencio y su petrificación de movimientos, y su nulo interesarse hacia mí, me indicaba que me dirigía al despeñamiento, pero no reparé ni hice caso y avancé. Ella, con ese acúmulo imparangonado de activos, había puesto la base para ejercer sobre mí una atracción feroz e irresistible, pero a eso, yo había añadido una saturante cantidad de pensamientos, de devoción, de energía de continuo focalizada hacia ella que había terminado por desbordar. Llevaba meses en que Raquel estaba de fondo, como un injerto omnímodo, en todo cuanto yo hacía, en cuánto decía, en cuánto planeaba, en cuánto avizoraba. El pensamiento grácil y verdeante inicial de atracción hacia ella, se había, de tanto tirar de él, transformado en una savia espesa y densa, lodo de puro agotamiento, que a la manera de una mancha de alquitrán, se había ido extendiendo con los días, y con cada impulso de la fuerza bruta de mis pensamientos, por todo cuánto yo era y ocupaba. Esa idea era mi gurú y había terminado por colapsarme. Por eso avanzaba, con ese folio de los 20 en el bolsillo, indiferente a las alertas e inviable todo viraje, hacia el remolino sin salida de la figura abstraída y muda de Raquel plantada en el quicio mate de la puerta de su aula...

domingo, 16 de enero de 2011

/119/

Me vi profundizar en el acercamiento, con el paso más al ralentí cada vez, a cada lapso con menos impulso, deshidratándose cada vez más, mi capacidad de decisión, cada vez con más penetrantes y agudizados deseos de irme pero sin capacidad de respuesta ni de sustraerme a la fuerza fatal de atracción que Raquel, como si de un agujero negro se tratase,ejercía sobre mí, con las dudas royéndome cada vez más en aluvión, a cada avance más desdibujado, cada vez siendo menos yo...Y ella en una distancia, que a mi me parecía ya al tocar, inminente, pero que ni por esas parecía advertida, ni en prevención, ni receptiva, ni dejaba de estar instalada en una demoledora indiferencia que me abría contínuos surcos en la circulación, aislada toda ella como en una burbuja dúctil y adosada, y de cuyo autista interior sólo parecían seguir formando parte en ese momento, su bocadillo diminuto de pan rectangulado y las baldosas del suelo adyacentes al frontal de sus pies, dónde salvando los breves lapsos de paréntesis para el desgaste del desayuno, seguía teniendo fija la mirada. El pasillo se eternizaba en la luz que caía en cascada a través del encadenamiento de las ventanas y en la inquietante quietud que sólo matizaban el trepidar vacilante de mis pasos sin chasquido. Me llegaba como una escena inédita ante cuyas delimitaciones no me adaptaba, el que solamente fuese posible precisar en ese espacio tan dilatado de superficie oblonga, tales dos únicos aportes de sonoridad: mis pasos, cada vez más tumefactos, y el ocasional crujido del papel metálico que envolvía el bocadillo de Raquel. Más allá de esto, el pasillo era silencio y el silencio era pasillo. Aún estando ella de perfil, y a pesar del estado de embotamiendo de sentidos en que me hallaba, de vez en cuando, y mientras me aproximaba inexorable, lograba distinguír el destelleo claro sus dos pupilas diáfanas y con vida propia, como un injerto de luz en la luz, atravesando la asombrosa vaharada de claridad que, desprendiéndose a través de las láminas de cristal de las ventanas, parecía querer polinizar todo, de emanaciones lumínicas..."

domingo, 9 de enero de 2011

/118/

Me observé al fin, encarar el último de los peldaños y luego girar a la derecha. El pasillo se me abrió de pronto en toda su longitud bañada al completo por el destello de la luz que se filtraba a través del continuo de ventanas a la izquierda. Levanté la vista, y atisbé con fijeza al final del corredor. Me notaba la vista brumosa y nublada por la situación, pero aún a través de su neblina, divisé al fondo, la figura de Raquel apoyada en el lateral de la puerta de su aula. Al verla, los latidos de mi corazón derivaron en una procesión de redobles desbocados, que en conjunción con los ecos de mis pasos al avanzar, parecían rasgar a trombos, el silencio, monolito puro, del pasillo insólitamente desierto. Progresé unos metros envuelto en brumas, tragando con fruición, oleadas de saliva, mientras al fondo la figura de Raquel iba describiéndose y ganando perfiles en sus formas tumbantes. Me llegaba, a través de la neblina que me circunvalaba el perímetro de las retinas,el brillo destelleante y sin fisuras de su pelo castaño cayéndosele en picado por la frente acariciada por la luz, y a partir de determinado punto empecé delimitar con cierta claridad, el sonido ocasional que hacían los pliegues del papel de aluminio de su desayuno, a medida que lo retiraba para diluir el contenido de su diminuto bocadillo de pan blanco. Mientras mi aproximación avanzaba, el sonido de mis pasos ganaba en resonancia en el pasillo despoblado y su evocación sonora desacompasada me autointimidaba. Bajé el ritmo de acercamiento y el pasillo pareció sumirse aún más en la quietud,,, Al fondo, Raquel permanecía inmóvil y abstraída, ajena al mundo, mientras se apoyaba en la pared, con la mirada baja y los brazos en descenso, en un mutismo de movimientos completo que sólo quebraba a momentos, para elevar las manos con el bocadillo ingrávido, dejarlas un momento en estático, y bajarlas al poco , al ritmo apático de unos mastiques ostensiblemente desganados. Me vi avanzar a cada baldosa más en retracción, a cada progreso más encogido, y con las dudas abriéndome sesgos en canal. Me azoraba que Raquel, quien por como resonaban mis pasos, tenía que estar advertida de mi presencia desde hacía rato, permaneciera en ese estatismo pétreo, inconmovible e indiferente, en el que hasta sus pestañeos se habían transfigurado en movimientos de primer orden en cuanto a noticiabilidad. Yo me acercaba, mis pasos rasgaban el silencio, le llegaban nítidos y sin embargo no se inmutaba ni corregía su postura ni mostraba interés hacia nada que no fuera mirar fijamente al suelo o para repetir de vez en cuando ese gesto maquinal de aproximación del bocadillo a sus labios y efectuar en él un apático torniscón que derivaba al poco, en unos apagados movimientos de boca, insonoros, leves y diminutos, al masticar....."

viernes, 7 de enero de 2011

/117/

Y los sesenta minutos que se deslizaron sin ninguna resistencia, etéreos y untados en una rapidez fulminante... Y poco después, el pitido del inicio de la hora del recreo que me restalló en los oídos agujereador y penetrante, con la clase que se despobló de inmediato en un caótico revuelo de pisadas y prisas y alaridos convergiendo hacia la puerta y perdiéndose luego en una palpitación acelerada hacia el patio lejano. Y me vi unos instantes inclinado hacia el pupitre, sentado rígido en la absoluta y silenciosa soledad sobrevenida, abstraído e intenso a la vez, con la mirada concentrada y perdida a intervalos, intentando anular el repiqueteo de mis incisivos y de la barra de los malares tembloteantes, mientras percibía como una termicidad abrasiva se expandía en secuencias recurrentes por el circuito cerrado de mi cuerpo. Me levanté torpe y con deje de ribetes agónicos enfilé por el pasillo solitario, hacia las escaleras en un silencio de plomo, sólo matizado a secuencias, por mis pasos gradualmente arrastrados. Superé el primer rellano, luego el segundo y el tercero que se me hizo lentísimo. Inopinadamente, la idea de un desenlace feliz había empezado a desdibujarse y en su lugar me invadía la tiniebla de la intuición de hecatombe cercana. Me sentí aturdido por la penumbra de ese pensamiento y por momentos quise virar y medio proyecté un giro en oblicuo; pero de inmediato restablecí y volví a encarar los peldaños. Llevaba meses sin dejar de pensar un único momento en Raquel y la ilusión por ella se había desarrollado de tal manera, que me arrastraba irresistible, aún en su hipertrofia pustulenta. La idea de ella, su concepto, fertilizado a cada momento por el gota a gota continuo de mis pensamientos, se había convertido en una fuerza arrogante, autónoma e independiente, que tiraba de mí con una atracción incontenible, ante la cuál yo apenas podía alegar. Y era por esa fuerza de arrastre de la ilusión hiperdesarrollada y convertida en tótem tiránico, por lo que me observaba avanzando, como un lemming programado, hacia el encuentro con ella. Aún erguido, el roce de los contornos plegados de la hoja de los 20 en donde mi ser, alevosamente destripado, viajaba comprimido, seguía punzádome el muslo, y a cada contacto, un relámpago de electricidad me latigueaba chispeante, el circuito interno de las vértebras...