miércoles, 26 de octubre de 2011

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Con el paso intercalando momentos de intensificación con otros de desplome, fuí llegando a las proximidades de la puerta. Algunas expresiones líquidas emanadas de mis ojos turbados, seguían salpicando con las oscilaciones del trote, las inmediaciones de mi trayectoria zigzagueante. A mis lados, el pasillo congregaba al instituto casi en pleno, una turba de pequeñas unidades desglosadas y estancas en lo físico, pero amalgamadas a una en su ferocidad de alimañas hambrientas de tendones. Las frases con los sintagmas impregnados de curare seguían borboteando con la implacabalidad de una línea de producción,de esas tráqueas regodeándose y relamidas en la depravación, pero por suerte, a mí, de tanta acumulación de ellas convergiendo, me resultaba imposible descifrarlas: a mis atribulados oídos todas aquellas negruzcas exteriorizaciones verbales, no eran más que una cacofonía indesmensajeable, por mucho que no se dieran dudas acerca de su contenido hiriente. Y las carcajadas, que tambíen estaban ahí, pululando superpuestas a las frases y marcándolas a llama, con su unto de burla. Avancé un último trecho. La puerta me quedaba a muy pocos pasos, muy cerca ya. Y fue sólo en ese momento de tener a friccionar el poder abandonar el pasillo, que levanté la cabeza por primera vez desde lo de los poemas descuartizados, y con dificultad, por entre las brumas provocadas por la segregación del lagrimal, pude ver algunos de los rostros ejecutores de las frases y de las risas que tomaban el pasillo en aluvión. Eran todos rostros conocidos, perfectamente identificables, asociados a escenas y a vivencias compartidas y a onomásticas enteramente delimitables, pero para mí, en ese momento, no se habían convertido en más que siniestros espantajos carnívoros, por los que sólo sentía repulsión; repulsión, rechazo y un punto marcado de miedo.....

domingo, 23 de octubre de 2011

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Noté como Raquel dejaba de imprimir fuerza a sus dedos, y la presión sobre mis manos decreció acompasadamente. Yo perseveraba moviendo los brazos y al fin, sus pinzamientos dactilares se diluyeron y quedé rebajado de contacto con ella. Percibí con nitidez como sus ojos iban perdiendo la ingente espumeante hostilidad de hacía nada y que un asomo de su mirada de otro mundo, empezaba a despuntar en recobro; pero ya me daba enteramente igual. En ese momento, su belleza de ficción había dejado de latirme. Sólo quería ya huir y poner baldosas y espacio de por medio. En un un último gesto reflejo, me llevé la mano al flequillo, y de entre los amontonamientos de cabello, así un boceto descompuesto de los poemas que Raquel había descuartizado y lanzado al techo del pasillo. Tomé uno de los restos de papel pinzándolo entre mis dedos, y fue sólo entonces cuando me giré y empecé a correr hacia la puerta del final del corredor. Raquel se había quedado apoyada en la pared, sumida en un halo de inactividad pensativa y con mis primeros avances ya nada más me llegó de ella. Al ritmo de mis pasos acrecentándose hacia la salida, percibí como los restos de los poemas que llevaba aún adheridos, iban desprendiéndose, elevándose breves y diseminándose después en lenta caída, por los aledaños del pasillo que iba atravesando. A la vez, con el trote a ritmo rápido imprimido, volví a sentir como las avanzadas de humedad en mis ojos, empezaban a perder agarre y sujeción y resbalaban acanaladas por las estibaciones de mi rostro; mi secuencia de avance era cada vez más viva y pude percibir como algunas de esas expresiones de liquidez lacrimal, salían despedidas lateralmente, como impulsadas por un dispersor subretinal...."

domingo, 16 de octubre de 2011

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Sí, tal vez fue eso; ese tono de repunte final redoblado,chillón y metálico que Raquel imprimió al emitir su última frase, lo que diluyó en un chasquido el atolondramiento petrificado que me había tomado, y lo que me condujo a desear huír al momento de aquél horno de tóxica hostilidad en que se había convertido el pasillo. Las manos de Raquel, esas manos que yo había imaginado en tantas secuencias fotográmicas previas, acariciantes y puro algodón resiguiendo las mías, permanecían clavadas por las terminaciones de sus dedos coléricos, a mis palmas anestesiadas aún por los últimos rescoldos de la turbación. Y fue entonces, cuando vencido el pasmo en su fase más dura, y mientras las avanzadas de la sensibilidad volvían a mí, que intenté accionar los brazos en todas direcciones; quería desasirme de Raquel y de sus manos grilletes, y de su mirada exhalante de belladona y del pasillo entero donde mi sensibilidad pisoteada agonizaba lacrimosa; quería librarme de todo aquél escenario de tumulto y desgarro, largarme de ese lugar a todo reguero y huír. Imprimí más agitación a los brazos y las manos de Raquel, siguiendo mis impulsos, empezaron a danzar en extraña composición siguiendo mis movimientos ondulantes, mientras porfiaban por retenerme. Su resistencia persistía pero era más debil cada vez; y como si algo se hubiera roto también en su esfera con los movimientos desacompasados de sus brazos en el elevado, su rostro mudó de golpe, como si saliera en ese momento del bucle de embriaguez colérica en que se había adentrado: laminó súbitamente los labios y al acto, sus frases dejaron de atronar por la prolongación encofrada del pasillo. Entonces, en lo que remitía a un vago destello mate de pudor, se retiró hacia la pared mientras yo notaba como sus manos aligeraban la presión hasta dejarla allanada en una suavidad lindando en la nada...