lunes, 29 de noviembre de 2010

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Pero en seguida mi nivel de hostilidad hacia Ramón el guía desaceleró; era obvio que él podía ser víctima de los arranques de verbosidad desatada que él mismo o que su tergiversada fisiología interior endrocrina o lo que fuese, considerasen pertinente, pero nadie estaba obligado a presenciarlos ni consumirlos ni zampárselos; ni naturalmente yo, a pesar de haber sido yo mismo quien le había llamado para sondearle sobre si era posible que me recogiera en el puerto de Calvi y me llevase con el vehículo alquilado a la agencia, de regreso al hotel. Y sin embargo, a pesar de que durante los inacabables minutos que había durado la avalancha de palabras que me caían encima, tuve a cada segundo, la posibilidad de colgar el teléfono y huir de aquél brasero verbal, no hice ni el más mínimo ademán de protagonizar nada similar, y por el contrario, me había incrustado en la escena toda, con todo ese inconcebible flujo de palabras royéndome el tímpano y volándome la protección dérmica primera del lóbulo. Era arduo de asumir pero era evidente que había sido yo autonómamente quién había decidido abstenerme de irme y permanecer ahí, como un penitente, y someterme voluntariamente a ese suplicio lacerante que me llegaba a través del cable y que se prolongó una cantidad de minutos tan elevada que ni por destello, quería cuantificar, porque el dato me habría asustado. Sí, había sido yo quién había decretado mi pasividad ante esa escena que me ulceraba. Y sin embargo, recordaba que al principio, justo cuándo empecé a detectar en el timbre del guía, alguno de los signos que según lo que me habían comentado, delataban la inminencia de uno de sus síncopes, había pensado que no quería saber nada de todo eso, y que iba a colgar en seguida y largarme de allí a toda velocidad.Esa era mi intención. Taxativa. Lo recordaba con toda su gama de perfiles. Y no obstante, algo se produjo luego que había anulado por completo esa resolución y la había degradado hasta dejarla en escombros; algo se había interpuesto que me había anulado la capacidad volitiva y me había convertido en un sometido a todas las inclemencias que me estaban atronando encima. Y yo sabía perfectamente de qué se trataba; claro que lo sabía. Tragué saliva, y mis labios emitieron agónicos, en la quietud paralizada del bar, un nombre disilábico, de una brevedad inasumible, nada, un suspiro desintegrado al acto, un injerto de laconismo que ni arañaba un átomo de la hendidura que me circuía, pero que sin embargo me confrontaba a una fuerza arrolladora de ciclón recorriéndome eléctrica la espalda, hacia todas las sacudidas del pasado,,,Raquel...

jueves, 11 de noviembre de 2010

/107/

El click del teléfono resonó como un chasquido grave en la atmósfera aplatanada del bar del centro de Calvi en que me encontraba, pero nada pareció inquietarse. Yo me sentía exhausto y dolorido. Notaba la oreja en la que había apoyado el auricular hirviendo, medio supurante. Trasladé mis ojos hacia la mole del teléfono tomada por el unto y lancé una mirada reprobativa a la ranura de colocación de monedas, dónde intuía que debido a la concentración de grasa que se arremolinaba ahí, mi moneda se había atascado y había establecido esa línea permanente y sin cortes sobre la cuál Ramón el guía pudo ramificar todo su síncope verborreico y verter esa alocada cantidad de palabras con la que acababa de perforarme los tímpanos. Me habían hablado de esos poseímientos verbales, en los que el guía entraba en un trance silabeador sin fin y su boca despedía sin parar todo tipo de frases con la cadencia destrotada y malévola de un huracán, aunque hasta ese momento no había presenciado ninguno. Pero acababa de comprobar que era rigurosamente cierto. Y que también era verdad que cuando el guía caía en las sacudidas del síncope, era capaz de untar en cualquier estilo expresivo el vendaval de frases que le expelían de entre la quijada. Que como si surtiera su vocabulario de un maná donde se hallara el fenómeno lingüístico comprimido todo, el guía era muy capaz de, aun desarrollando un mismo tema, pasar del habla tabernaria a los versos alejandrinos, y de éstos a los acordes de la prosa poética, para ascender luego a las metáforas virgilianas antes de zambullirse de nuevo hacia las rugosidades expresivas del alquitrán de barriada. Y todo eso además, con una riqueza léxica desbordante y a una velocidad de vértigo, comprimiendo de una manera alocada las sílabas y consiguiendo una densidad de emisión de información por segundo absolutamente azorante. Sólo en ese rato en el bar de Calvi con el que me había dejado los oídos supurantes, mi cerebro había recibido más información que en los últimos dos meses. Era de locos. Y encima, el guía ni tan sólo había pronunciado la palabra " estocástico" que emitía cuando sus parrafadas alcanzaban justo el punto medio. Era algo que también me habían contado y que en su momento me negué a creer, pero que de cuya certeza ahora ya no dudaba un punto. Puede que todo lo que el guía protagonizaba en esos arranques fuese asombroso, pero a mí había terminado por generarme repulsión. Me dolía terriblemente la oreja, y no descartaba que en alguno de sus ángulos me hubiese prorrompido herida. El aurícular que acababa de colgar y por el que había asistido impotente a toda la torturante deriva del guía, era de un plástico terriblemente duro, y estaba surcado por unas irregulariddes que se adaptaban a las estrias surcadas del lóbulo de la peor manera. Todo en ese teléfono era una pura invitación a la conversación breve y huidiza, con un diseño casi de arma blanca que me había dejado la oreja licuada en punciones. Me llevé entonces por un momento la mano hacia el lóbulo y la retiré al instante. La ojera me quemaba. Y al mirar los dedos se confirmaron mis sospechas. Por alguna parte, mi lóbulo había generado obertura y desprendía briznas líquidas de un grana intenso. Sentí una rabia súbita hacia el guía y hacia sus ataques de verbosidad sin compuertas. Me veía capaz en ese momento, y de haberle tenido delante, de obturarle la hemorragia verbal mediante la incrustación entre sus encías electrificadas de la suela de goma profusa de mis zapatos; o de bloquearle el movimiento de obertura y cerrado de malares con la punta convexa de mi codo; o hasta de encajonarle ese aurícular de plástico rocoso y puntas afiladas que acababa de cuhillearme la oreja, hasta el fondo de su paladar poseído y parar con ello al acto, el caudal furibundo de sus palabras en trance...."

miércoles, 10 de noviembre de 2010

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Y las cosas seguían paralizadas ante nuestros ojos, en esa escena descoyuntada en hechos de resonancias opuestas, que nos movían de un lado, a la risa estentórea cuándo observábamos al Rran intentando avanzar contra las olas del viento, mientras porfiaba para que sus carpetas y sus folios con anotaciones hasta el infinito no se le cayeran al suelo, y a la vez, seguía consagrado con esos movimientos torpes de mano, puros palos de ciego en el aire desbocado, en intentar allanar esos 4 cabellos alambres que le quedaban, y poder atenuar el brillo pálido con que su cráneo desforestado había pasado a exponerse súbitamente al mundo. Y viendo eso desde la distancia, sumidos en la envolvencia mullida de nuestros cuerpos en adyacencia ante la puerta del gimnasio, nos entregábamos a las envolvencias de la risa en su bucle ascendente, y nuestras risas pasaban a emanar en una resonancia impetuosa que el aire desbocado, distribuía frenético hasta el último enclave del patio,,, pero bastaba con que girásemos un huso las bisagras de nuestros cuellos de niñatos en germinación y nos centrásemos de nuevo en la contemplación del patio de nuestras porterias fustigado por los azotes del viento y por las sacudidas de polvo ocre y por las danzas de los papeles oxidados en esas ondas ingrávidas ante nuestros ojos, para que en un súbito espasmo, se nos quebrara de golpe la risa, y toda nuestra expresión trasmudara hacia los acordes de mueca de espanto que desde nuestros recovecos fibrosos dictaba la tristeza insondable y la rabia borboteante por ver nuestra tarde de juego ante las poterías cercenada. Y el pálpito se nos frenaba hasta la inanidad y bajábamos la vista, y se nos fundían las vértebras y emitíamos leves chasquidos con la lengua, mientras volvíamos a sentir los ojos humefactos, ahí todos agolpados ante la puerta aún por descerrajar del gimnasio. Y nos dolía y no entendíamos bien quien podía haber dictado al viento, desbocarse de esa manera por nuestro patio, y arruinar con ello, la cristalización de nuestro deseo en pureza de niñato puro, de jugar y correr y golpear un ente esférico, sin ninguna más pretensión en el mundo que ésa y sólo ésa... Pero esas unciones de nuestros adentros con el magma amargo de la tristeza duraban lo que tardábamos en volver a mover los engranajes de nuestros cuellos hacia dónde el Rran seguía evolucionando, y el abatimiento se nos iba en brusco por las empalizadas de las que había procedido en llegada, y las caras nos volvían a emitir emulsiones de luz vívida cotra el viento, y de nuevo, se nos erguían los hombros estimulados, mientras la risa atronaba reciclada impetuosamente, hacia el espacio tomado por el viento. Y ya cuándo uno de los papeles de los que seguían danzando a hombros de los remolinos de aire en medio del patio, salió extrañamente despedido y se elevó aún más en el paisaje y fue directo a empotrarse en uno de los 4 cabellos erguidos del Rran y por unos momentos, se quedó ahí ondeando como una bandera llena de achaques medio roída y difuminada, nuestra risa se multiplicó en decibelios y estalló aún más fuerte porque el Rran......"

-Basta, por favor, basta.....-dije en un lamento dolorido, antes de desenganchar el auricular de mi lóbulo en carne viva y colgarlo por un momento violento, en el armatoste de plástico adosado a la pared cochambrosa del bar.

jueves, 4 de noviembre de 2010

/105/

Y fue entonces cuando una ráfaga del viento en acometida más cerval, levantó de nuevo un abanico de papeles y de bolsas vacías de pipas y de bolsas de unidades de repostería consumida quién sabía hacía cuando, y de envoltorios multicolores de mil tonalidades a los que la corriente había arrastrado desde los alcores lejanos sabían qué aposentamientos, hacia ese callejón sin salida que eran las paredes multipintadas del patio de nuestras porterías. Y para unción de nuestros rostros de niñatos en asombro, se dio por un momento que ese amasijo de desechos olvidados del mundo, se quedaron por segundos suspendidos en lo que era una acrobacia ingrávida ahí en medio del patio, formando un remolino danzante adornado en mil salientes de todos los colores, a los que el polvo ocre y de contornos hirientes que seguía garabateando alocado por doquier en el aire, no conseguía diluir. Y nosotros permanecíamos ahí inmovilizados por los hechos súbitamente desplomados, escrutando con nuestras cejas arqueadas todo ese raro espéctaculo de viñetas deslabazadas e inconexas, que el viento había conformado partiendo de la nada. Y todo era como muy improvisado e inconducible para nuestros tejidos de niñato puro, que no sabíamos dónde empezaba lo risible con la contrahecha figura del Rran avanzando a trompicones en medio de las hordas eólicas, y donde acababa y se daba paso a lo tristre y aciago por esa tarde de nuestros juegos ante las porterías, perdida ya para siempre. Y no sabíamos bien qué hacer, ni cómo enfocar ni hacia dónde agitar nuestras reacciones, ahí todos apostados como un musgo humano de mil contornos ante la puerta bloqueada del gimnasio. Y así, alternábamos la risa batiente por lo del Rran,con la mueca impregnada de espanto por el espectáculo dantesco del viento consumiendo y apoderándose con sus colmillos de todo el paisaje de nuestros juegos, y la agitación de tristeza por esa tarde que se nos había quedado yerma y que se nos marchitaba entre las manos sin que pudiéramos hacer enteramente nada, y era por ese cúmulo de sensaciones encontradas y superpuestas entre sí mil veces, que a la carcajada superponíamos el llanto mudo, y a éste la rabia por el patio mustio e impractibale, y luego nos asaltaba el espanto por el polvo que el viento nos lanzaba violento contra la cara, pero de nuevo al espanto lo dejábamos clavado y superado por la carcajada que nos sacudía los interiores al ver a tan pocos metros todo el espéctaculo del Rran y su figura de tenedor andante, inmersa toda en sus denodados por aplanar las 4 elevaciones de esos pelos cremallera erizados al viento que se gastaba y que dejaban expedito a la observación visual el páramo de su cráneo sin apenas carpelo exterior, que no fuesen justamente esos 4 alambres puntiagudos y rebeldes que, para nuestro pasmo, seguían succionando en las acometidas del viento, para perpetuarse en esa insultante y esotérica verticalidad..."

miércoles, 3 de noviembre de 2010

/104/

Y el paisaje pareció detenido por un instante, con nuestras risas surcándolo y la tergiversa estampa del Rran a pocos metros de dónde nosotros superpuestos, le mirábamos mejilla con mejilla, mientras él perseveraba por salvaguardar su impugnada verticalidad y parecía estremecerse bajo las descargas de una corriente interna de alarma que le recorría en circuito cerrado. Y mientras todo eso se desgranaba secuencialmente en las ondas del viento que seguía su convulso galope, el esqueleto del Rran se insería en una serie de movimentos a nosotros ininteligibles, medio danzantes, medio espasmos, macerados ellos todos en un suplicante intento por evitar que ninguno de los papeles que socavaban el ángulo forzado hasta el desayuntamiento de su brazo derecho, saliera despedido por el aire con todo su encriptado deletreo de fórmulas físicas. Y en simultáneo, el Rran forzaba una y otra vez su anatomía en unas tentativas continuadas de impulso hacia adelante que describían una trayectoria contrahecha y tomada por los rasguños y las fricciones, y que a pesar de lo niñatos que éramos y del abandono en el espiral de la risa en que nos encontraba el momento, nítidamente asociábamos a un deseo punzante por su parte de avanzar hacia donde quisiera que tenía pensado hacerlo, pero que las ráfagas persistentes y silbantes del viento se empeñaban en obstaculizar a la manera de una rugosa empalizada. Y completaba el cuadro de hibernación de la escena toda, el hecho de que el Rran acumulaba unas secuencias ya con la mano izquierda persistentemente levantada, mientras describía con ella en el aire unas estrofas de impulsos alateados y frenéticos, a la manera de unos racheados picotazos, con los que pretendía abatir la rocambolesca verticalidad de esas 4 lianas erguidas que eran sus cabellos tapadera, pero a pesar del furor continuado y zumbante con que accionaba su mano, como si fuera una de las alas de un colibrí en trance, sus larguiruchos dedos parecían eternizársele medio fósiles, en las aciagas laderas de la esterilidad y en las de un intento sísifamente abortado, porque se daba que en ninguna de sus danzantes acometidas, conseguía perforar ni quebrar la médula en la que se inscribía la altanería vertical con la que sus 4 cabellos pantalla, despuntaban en el horizonte del reducto del patio de nuestras porterías, que seguía, alejado ya de nuestra salivación por la contumacia e implacabilidad de los elementos, de pleno sometido a los bandazos envolventes y asoladores del viento desatado de esa tarde devenida súbitamente opaca...."