jueves, 22 de octubre de 2009

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En ese punto desconocía cómo proceder: si abandonar el bar o quedarme. Hacía mucho rato que no había ingerido liquideces y el día se había desarrollado bajo las envolvencias de un calor nada desdeñable. Noté como la garganta empezaba a deshacerse en pliegues, desde cada uno de los cuales aúllaba una amontonada sensación de sed. A la vez, se formateaba cierto espectro de hambre en mi estómago, inabastecido también desde hacía dilatado. Sin embargo, la posibilidad de deglutir algo sólido en ese bar de expansivas pegajosidades, que a la manera de los tentáculos de una yedra intrusiva, se extendía por todo lo alcanzable, exigía una reflexión mucho más amplia. Medité unos segundos y finalizando, hice un primer paso hacia la salida creyendo apostar enconadamente por la opción de irme sin tomar nada. Pero al proyectar mi cuerpo hacia adelante, incrustándolo, por primera vez en mucho rato, en una onda de movimiento global, el hipotálamo pareció accionarse y me despachó una descarga de redoblada sensación de sed, lo que me instó a volver, algo confuso, sobre mis pasos.Me detuve de nuevo ante el teléfono y reabrí el análisis previo sobre si permanecer o irme. A favor de quedarme deprecaba la necesidad de aplacar los aguijonazos de la sed ahora intensificados; y laminando esa posibilidad actuaba la apabullante presencia de esa litosfera grasienta e insana del local.Era accesible pensar que si en el espacio destinado al usufructo de los clientes las ramificaciones de tejido oleaginoso eran ya tan perceptibles, que no ocurriría en los aposentos recónditos? En esa cocina por ejemplo, donde deberían guisarse ese par de hipotéticos huevos fritos que yo me aprestaría a solicitar para descomponer la sensación de oquedad estomacal; en esa cocina precisamente, desde la cual era fácil imaginar que irradiaba todo el polen de grasa que embadurnaba cada contorno...me encontré, sin planearlo, atrapado en un debate interno cuyas disquisiciones se autoenvolvían en un encadenado sin ninguna resolución definitiva.Por instantes se imponía la idea de irme, pero al poco pensaba en el incordio de la sed y deseaba quedarme para aplacarla; resolvía que sí, que me decantaría por esa selección, pero a continuación algo me ponía sobre la pista del hambre que también estaba sintiendo y que exigía un tumbar rápido con lo que parecía seducirme el escenario de acompañar la bebida con algo comestible;pero entonces recordaba la condición de vergel grasiento de toda la instalación y el rocío ocre que todo lo envolvía y apostaba por irme. Pero cuando ya había asumido que me ausentaba y me movía para arrancar el paso, el hipotálamo se volvía a activar, y nuevamente me alcanzaba su onda de sed en cascada y entonces pensaba que debía quedarme, aunque sólo fuese para embeber algo, exactamente como ya había determinado en la primera opción Apesadumbrado, me dí cuenta que estaba volviendo al punto de partida de hacía unos segundos. Y que no era un atracadero estable puesto que el ciclo dubitativo de las 3 secciones iniciaba de nuevo su girar,,, empezaba atragantárseme ese módulo de alta irresolución en el que me estaba insiriendo e intenté abstraerme de ese diálogo interno fijándome en algo exterior, ajeno a mis disquisiciones. A tal efecto, giré levemente la cabeza y topé de inmediato con el teléfono, que con su chasis cochambroso y las 4 líneas que yo le había practicado con la madera, seguía enmudecido en la pared, macerado en un delicioso silencio. Distraídamente, mientras dentro de mí seguía el interregno de la idea de irme para dar peldaño a la de permanecer en su versión Uno, la de sólo bebida, alcé el aurícular buscando consolidar ese desvío de atención y descompresionar el espiral dubitativo que amenazaba con tensionarme. Y fue al acto de descolgar el teléfono, cuando la voz de Ramón volvió a surgir, como un chorro vocal eterno, de las entrañas del aparato. Desde el otro lado de la línea, el guía seguía perorando con el mismo tono exaltado de antes, y sobre la misma temática de antes, exactamente igual a como si yo jamás hubiera colgado el aparato.Entendí abrumado, que no se había enterado de mi desconexión y que su rapto hablante, que seguía desgañitándose a todo vigor y en crescendo, no había ni siquiera alcanzado el punto intermedio. Apesadumbrado por el retorno de lo que creía ya sepultado en los confines de lo pretérito, efectué un leve ladeo y miré la pantalla del teléfono que al descolgar el auricular había recobrado su luminosidad. Observé que seguía indicando un remanente de 10 céntimos. La aparición de nuevo de Ramón el guía y de su diluvio verbal y de la cifra embalsamada de 10 céntimos adscrita a toda esa escena , me hicieron decantar el debate interno sobre si irme o quedarme claramente hacia la opción de irme. Por momentos sentí unas inmensas ganas de distanciarme de aquel ángulo de mundo donde la grasa parecía ejercer un poderoso campo magnético que capturaba los momentos....

lunes, 19 de octubre de 2009

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Hacía ya un cierto rato que yo había apartado el aparato de las proximidades de mi oído y ya no escuchaba las parrafadas de Ramón; me seguía pasmando comprobar que a pesar de lo mucho transcurrido, la línea del teléfono permanecía operativa y que la cifra de 10 céntimos de euro seguía petrificada en la pantalla de saldo del armatoste.Era algo difícil de explicarse.Me situé entonces un punto en lateral y observé las líneas que el paso de la astilla que yo había pilotado, habían dibujado en la capa de grasa que recubría el aparato.Eran unas líneas de trazado irregular, por momentos sinuosas, casi inconexas, pero que destellaban en medio de la cochambre que las circuía;tal vez-pensé- ese manto omnipresente de mugre que encajonaba todo el complejo del teléfono, se había expandido también hacia el interior del dispositivo, invadiéndolo, lo que habría provocado que la moneda quedase apresada a medio camino, en ese acúmulo pringoso, sin caer del todo en la caja de recaudación y dejando así la línea establecida hasta el infinito...Era algo imposible de saber, pero el caso es que a través del audífono, que harto de sostenerlo, había terminado por depositar en una repisa de soporte del teléfono, seguían detallándose las vociferaciones del guía. En ese punto, consideré ya que toda posibilidad de que la conexión se autodestruyera por sí estaba descartada y percibiéndome absolutamente saturado de Ramón y de sus epilepsias verbales, recogí el audífono y lo colgué en seco;al acto, el murmullo de fondo que me había ronroneado los últimos minutos se apagó y una proyección de calma beatífica pareció adueñarse por un momento del bar y de las interioridades de mis oídos. A continuación, tomé la astilla que aún seguía en una de las repisas de apoyo del teléfono y la lancé hacia el marco de la ventana de donde en un momento indeterminado de la creación, había tenido que desprenderse. La esquirla rebotó en en la pared interior del encuadre y cayó sin fuerza cerca de uno de los barrotes de la ventana, donde todo parecía presagiar que podría encarar con total tranqulidad su proceso de desintegración para los próximos 200 años.Hecho esto alcé la vista y por primera vez desde todo el episodio, pasé a focalizarme de nuevo en la realidad del bar. Detrás de la barra el camarero que me había saludado al entrar continuaba leyendo el periódico deportivo;ahora me daba su perfil, y como tenía la voluminosa cabeza apuntando hacia las páginas del periódico que le quedaban en posición inferior, las diversas capas cárnicas de su papada se amontonaban desordenadas, creando una impresión de segmentación y presencia mucho más intensa aun que cuando el hombre me había mirado de frente. Giré entonces un poco la vista y por primera vez reparé con cierto detalle en el único cliente que presentaba el establecimiento y que permanecía sentado en la mesa a poca distancia de donde el teléfono y yo nos enclavábamos;se trataba de una figura alta y terriblemente delgada, enfundada en un voluminoso y chocante abrigo azul marino de tonalidad muy consumida; su rostro afilado y enjuto, salpicado por unos protuberantes ojos claros, extrañamente fijos,parecía delatar unos setenta años, y en él los contornos de sus malares se marcaban tan acusados, que daba la impresión que en cualquier momento le traspasarían la piel rojizo estallante; el hombre permanecía en un absoluto silencio y toda su figura exhibía un hieratismo concentrado e imposible. Encima de su mesa moraba una botella verde clara de vino tinto, sin etiqueta y casi vacía, y a su lado se distinguía un vaso de taberna, circunférico y de vidrio claro, con una lámina granate oscuro de vino en su fondo.Por instantes, zambullido en esa inmovilidad de mineral, el hombre transmitía toda la impresión de un ser carente de pulsión;ví que no se alteraba ni cuando dos moscas, de las muchas que surcaban el espacio aéreo del bar, le aterrizaban en la huesuda nariz y se la recorrían rápida y nerviosamente en todas las direcciones en lo que parecía, un acompasado ejercicio de relevos....

sábado, 17 de octubre de 2009

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Por el teléfono se expandía el desgañitado tono de Ramón el guía, que al otro vector del aparato continuaba expeliendo párrafos a alta velocidad. Yo sabía que el guión de esas efusiones orgiásticas en verbo contenía también la llegada a un punto intermedio en el que el discurso del guía alcanzaba una altura y vehemencia máximas y a partir del cual empezaba el descenso en intensidad, en emulsión y en longitud de las palabras; el guía, del mismo modo que solía indicar el inicio de su alud con el espeluznante aullido estomacal, balizaba también indefectiblemente la llegada al punto intermedio de su perorata;pero para señalizar este momento no eyectaba ningún aullido de ribetes póngidos, sino que recorría al uso de una palabra que era siempre la misma:"Poliestireno";nadie sabía por qué, ni en respuesta a qué estímulo, ni en base a que sustrato vivencial escogía esa palabra, pero lo cierto es que, sin faltar una, recurría a ella en cada ocasión que su chorro verbal alcanzaba la mitad de lo recorrido; también constituía una apasionante ejercicio preguntarse sobre cómo era posible que el guía supiera en qué momento exacto de su discurso se alcanzaba ese punto medio y se sentía ya autorizado a expeler "Poliestireno" y a partir de ahí empezar la cuenta atrás hacia el punto de partida; uno de sus amigos me había dicho que en una ocasión, estando de acampada, Ramón había entrado en una de sus sacudidas verbales y el grupo de amigos filmaron todo el proceso; luego, ya en casa, al salir del instituto, con calma, analizaron durante una semana la filmación, frase a frase, diptongo a diptongo, y quedaron estupefactos al descubrir que el guía pronunciaba la palabra "Poliestireno" en la baliza exacta de punto medio silábico de todo el discurso;era una cosa que producía estupefacciones diversas porqué el total de los amontonamientos de frases del guía acumulaban 24098 sílabas y Ramón pronunciaba "Poliestierno" justo en la sílaba número 12049; y además, esta sílaba exacta intermedia sobrevenía en medio de una palabra, con lo que el guía, que ese día peroraba sobre un botón de camisa que una vez se le había quedado atrapado entre los rieles verticales de la jaula de uno de los pájaros de su padre, se vio obligado a dejar a medias una palabra para encajar su boya de señalización de punto intermedio alcanzado: "Y entonces, el mover el brazo para retirarme del lugar, sin darme apenas cuenta de que el botón de mi camisa estaba ama-Poliestierno-rrado a los barrotes de la jaula del jilguero "; algo similar a eso había dicho el guía;y a partir de ese momento, empezó maquinalmente, como teledirigidamente a pronunciar sílabas en operación de resta hasta llegar a la cero, lo que se produjo indefectiblemete, al cabo de 12049 sílabas...

jueves, 15 de octubre de 2009

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El raudal verbal de Ramón el guía seguía desgranándose frenético desde el otro flanco del teléfono, lo que, a pesar de conocer sobrado tales accesos, seguía generándome palpable pasmo;en simultáneo, me anonadaba el comportamiento del teléfono del lóbrego bar corso en que me encontraba;hasta poco antes de que Ramón entrara en su despedazador rapto soliloquial, el aparato engulía a velocidad de vértigo las décimas de euro de las monedas que yo había depositado y en una fugacidad, el marcador había llegado a los 10 céntimos; en ese momento, yo ya había enviado y sonsacado la información que precisaba y el alud verbal que me vino encima me hizo tomar veloz la decisión de desechar por completo la posibilidad de que el guía me pasara a recoger con el coche que teníamos alquilado;era cierto que del centro de Calvi al hotel sólo había seis o siete kilómetros y la distancia se cubría en unos cuantos parpadeos, pero ya había tenido suficiente de aguacero verbal por parte del guía para ese semestre y la simple idea de imaginarme sentado junto a él, en un coche forzosamente con los pestillos bajados, inmovilizado por el cinturón de seguridad y recibiendo vía tímpano izquierdo todo esa munición léxica inagotable que emanaba de alguno de sus deshumanizados órganos, me producía un rechace instantáneo, con lo que resolví rápidamente que para regresar al hotel tomaría un taxi. Mientras pensaba y dilucidaba todo esto mi vista había seguido casi fija en la cifra de 10 décimos que marcaba el teléfono;había transcurrido mucho espacio desde que el número 10 se había instalado ahí y también mucho desde que empezó a destellar interminencias en señal de aviso hacia la necesidad de introducir más liquidez para que la comunicación no se cortara, que de hecho, era lo que yo deseaba;que se percibiera un click acotado y sobreviniera el silencio de una vez, y Ramón y su monólogo infinito y plúmbeo se quedaran en un dimensión inalcanzable a mi receptividad; pero ese escenario no terminaba de acaecer, por mucho que los minutos se deslizaran ininterrumpidos; para mi atónita vista, la cifra 10 seguía parpadeando sin que el teléfono se bloqueara y sin que el torrente de Ramón se contuviera; con los oídos buscando la desconexión, tomé el trozo de astilla con el que había desbrozado la tecla número 8 y con la punta más fina de la esquirla,recorrí uno de los laterales del armatoste del teléfono; a medida que la madera puntifina avanzaba, iba levantando del plástico vertical una capa informe de material grasiento que se retorcía y rizaba desordenada hasta que adquiría un peso excesivo y terminaba por caer; con gesto absorto, sin reparar un fonema en la pantalla de palabras que seguía alcanzando desde el audífono, me distraje arrancando 3 o 4 virutas suplementarias del material oléoso a las paredes del teléfono mientras la densidad y lo compacto del material desenganchado me hacía pensar en cuántas semanas habrían transcurrido desde la última vez que alguien se tomó la molestia de verter algo de líquido detergente en aquél teléfono adosado, como un adoquín de un muelle eternamente pisoteado, a la desastrada pared del penumbroso bar...