/40/
-Claro; lo tendrían que haber advertido;bueno, ya se pondrán ellos de acuerdo;eso es lo de menos;es una cosa entre la agencia y el hotel;tú eres un mandado.-Eso espero, eso espero;que se pongan de acuerdo;pero el director éste del hotel es duro;más tozudo que..-Una mula- dije yo, sobreponiéndome a su frase; en el curso de los pocos días que llevábamos en la isla y en los cuales él nos había ejercido de guía, se la había oído repetir varias veces;muchos fenómenos antropológicos le merecían a él esa postilla "Más tozudo que una mula".-Eso.,jaja;bueno, volviendo a lo del móvil, creo que deberías llamar a la compañía;mejor que sepan que lo has perdido;la semana pasada estaba en Praga con un grupo de turistas y uno de los que venía se dejó el móvil en un parque;se ve que estuvo estirado encima de la hierba, vete tú a saber que estaría haciendo en un parque de un distrito que ni sale en los planos urbanos de Praga de la Takter; bueno,pues resultó que el móvil se le cayó en la hierba;y el tío ni se enteró;si es que hay cada uno, un móvil de 700 euros, imagínate,,,bueno, resulta, como te digo, que se trataba de un parque perdido en un distrito perdido por el que apenas vio pasar a nadie en plena tarde y que además, era de esos que cierran por la noche;municipal o algo; el tío se fijó en todo esto y pensó que era imposible que nadie diera con su móvil en 30 años y dejó lo de llamar a la compañía para el día siguiente y cuando lo hizo se enteró que alguien había estado usando su móvil toda la noche llamando a Singapur;le esperaba la factura de su vida;o sea que a pesar de que el parque en donde había estado tirado en la hierba cerraba por las noche y estaba en un distrito perdido, que ya te digo, tuvimos que mirarlo en un mapa de todos los alrededores de Praga porque en el plano de la Takter no salía, y que según dijo, era un lugar muy poco transitado y que apenas pasaba nadie por él, resultó que alguien dió con su móvil perdido entre la hierba, que además, era un móvil muy nuevo, un mk-4309 que había comprado hacía muy poco por 700 euros, y se dió un atracón llamante;ya sé que no es como tu caso, que el fondo del mar no es lo mismo que un parque, pero bueno,ya sabes,no te cuesta nada hacer esa llamada y te quedarás definitivamente tranquilo.Volvía a la carga con lo del teléfono perdido y a qué cadencia;no podía creerlo;además me daba consejos para tranquilizar mi angustia por lo de haberlo perdido, cuando desde que se había producido el lance del extravío, todo lo que me había generado en preocupación eran uno o dos esporádicos pensamientos;me imaginé a continuación que me pasaba a buscar, tal como habíamos quedado, con el coche que teníamos alquilado, y que todo el trayecto desde Calvi al hotel se lo pasaba hablando de modelos de móviles, y de descuidados propietarios de móviles, y de compañías de móviles, y de prestaciones de móviles, y le ví preguntándome, entre observación y observación sobre móviles, si yo ya estaba tranquilo por lo de haber perdido el mío,y que qué gran idea había sido la suya la de perserverar aconsejándome que llamara a la compañía para comunicarles la pérdida, porqué a pesar de que era obvio que el fondo del mar no es lo mismo que un rincón perdido de un parque desolado de un distrito ignoto de Praga, tan ignoto que ni salía en la Takter, la verdad era que nunca se podía terminar de fiar uno, y que él ya sabía que con una simple llamada me iba a desaparecer la angustia que me afligía y que me iba quedar definitivamente tranquilo....
/39/
Con la vista ya balsamizada, refijé mi atención auditiva en el teléfono que seguía manteniendo a una media pulgada de distancia de mi lóbulo izquierdo;temía que la emisión de llamada se hubiera interrumpido, pero no era así, y la petición comunicante permanecía lanzada aguardando sólo el click de despegue del otro lado; comprobado esto, dirigí por su borde más puntiagudo, la esquirla carcomida del marco de la ventana hacia la tecla número 8 y a su acumulación de material sedimentario, y la clavé en él; la posibilidad por la qué yo había apostado, de que la aglomeración de posos precipitados de la atmósfera oleosa del bar fuera tan compacta que saliera del molde de la tecla 8 de una sola pieza, se deshizo al instante;la puya de la esquirla al atravesar la capa de sedimentos, la fragmentizó en diversos trozos desiguales en cuanto a dimensiones, que se desparramaron por la parte inferior de la pendiente del teléfono; destiné los siguientes segundos a terminar de desbrozar el bol de la tecla 8 y luego, separándome un poco del teléfono, seguí maniobrando con la astilla por entre las teclas, lanzando los restos del material desperdigado, hacia al suelo;fue mientras terminaba de completar esta acción que oí el inconfundible click de establecimiento de reciprocidad de llamada a través del auricular:-¿Sí? ¿Quién es?Tardé un lapso en contestar hasta que entendí que los desprendimientos de la tecla 8, al menos los detectables visualmente, habían desaparecido del chasis del teléfono; en toda esta secuencia, había oído un par de veces más "¿Sí? ?Quién es?";luego dije, con una sensación a intervalos satisfecha por la eclosión al fin de llamada, a intervalos aún fastidiada por la espera.-Sí,Ramón,soy yo; ¿Te habías dejado el móvil en la azotea del hotel o similar?El guía me reconoció en seguida.-Ah, hola, ¿Qué tal estás?¿Ya has llegado?¿Estás en Calvi?¿Por qué tardabas en contestar? ¿No me oías?-Nada, cosas privativas mías-le dije un poco alarmado por el nivel de caradurez del guía, que se quejaba por 2 segundos de espera frente a los 1000 míos;pero casi no tuve tiempo de terminar la frase.-¿Desde dónde llamas?¿Me sales como llamada anónima.-Sí, es que te llamo desde un bar; he perdido el móvil.-¿Has perdido el móvil?¿Dónde?-En el fondo del mar; y no es broma;se me cayó al agua mientras hacíamos la travesía-señalé un poco desganado;había pasado muy poco desde ese episodio de pérdida, pero apenas le había dedicada uno o dos recuerdos posteriores.-¿Qué se te ha caído al mar? -dijo el guía;y me llegó por un momento con gran nitidez un principio de carcajada que trucó al instante en un falsariamente edificado tono de pesadumbre-¿Menuda trastada,no?-Luego pareció recuperar un tono de verosimilitud al seguir preguntado-¿Era un móvil bueno?-No,no mucho;era normal;bueno,ni idea;no me fijo mucho en esas cosas-dije mientra ví que el saldo de la llamada había bajado a 0.70 euros; yo seguía sin aplicar el auricular a mi anatomía,pero a pesar de ello la conversación discurría en buenos términos de claridad fónica.-¿Tenía cámara?-siguió el guía al que hasta ese momento no había relacionado con un obseso de los móviles y de sus prestaciones-¿Qué marca era?-Sí, sí, que tenía cámara;pero no la había usado nunca;o una vez;creo que la usó un primo un día para enviar una foto a no sé quién;yo no sabía cómo iba.-¿Pero qué modelo era?-prosiguió el guía con un interés por los detalles del móvil perdido que parecía todo menos artificial; era un poco exasperante.-Era un modelo normal, ya te lo he dicho-.El saldo de la llamada había bajado a 0.40. -Oye,que se va a cortar esto;¿me pasas a buscar?-¿Ya has llamado a la compañía para anularlo?-continuó él;parecía fijamente abducido por todo lo concerniente al móvil.-No,ya lo haré en casa esta tarde; no creo que haya demasiado peligro que alguien lo pueda usar,¿no?-le dije,un poco harto de tanta perseverancia por los detalles de ese trasto-Además, creo recordar que lo tenía cerrado-apostillé.-Ah, claro, es verdad-dijo él súbitamente advertido de la innecesidad de tomar medidas preventivas;había bajado un poco el tono, como si de improviso se hubiera sentido ridículo; pero en seguida enmendó-No,claro que nadie lo podrá usar;pero lo decía por si alguien te llama;porqué era el único que tenías,no?Yo no había ni pensado en esa eventualidad;y era obvio que él lo había dicho a voleo, pero había acertado;no tenía otro móvil;lo medité un segundo.-No pasa nada; esta misma tarde estamos en casa;y de ser algo urgente, tienen el de la agencia de viajes, y éstos el tuyo... etc-le dije mientras veía que el contante de disponibilidad de saldo del teléfono había bajado a 20 céntimos;el guía este era capaz de sacar preguntas, comentarios y observaciones improvisadas de la nada;me parecía conllevable en otras situaciones pero no en ésta:-Ramón, oye, que se está acabando el saldo;se va a cortar-le dije mientras resignado, colocaba una nueva moneda en la ranura que el teléfono rechazó;la volví a tomar del receptáculo de rechazos y la reintroduje y esta vez el armatoste la aceptó;era una moneda de 50 céntimos y los números de contante disponible subieron a 0.70 euros, para bajar a 0.50 casi al acto- ¿Me pasas a buscar?-Lo siento; no puedo ahora-contestó al fin ubicado en el motivo de la llamada;aunque no me sirvió de mucho-Estoy reunido con el director del hotel;por eso he tardado en contestarte;el tío me pide 300 euros más, porque hemos usado la piscina todos estos días;en la agencia no me dijeron nada, pero pensé que venía incluido en el precio;pero ahora van éstos y me salen con que esta historia; que es un servicio especial;está llamando a la agencia él mismo,y por eso he aprovechado para salir un momento;va para largo,porqué paso de pagar ni un euro; nos vieron todos estos días en la piscina y no nos dijeron nada, y ahora me sale con ese facturón; ¿Tú te crees??
/38/
A través del auricular me llegaban los pitidos intermitentes de la llamada asentada y en curso, pero no acontencía reacción en la otra confluencia de la línea;pensé que tal vez el guía se abstenía de contestar porque la comunicación le tenía que estar llegando bajo la denominación de número desconocido y eso le podía dar a creer que se trataba de una equivocación, o de algún taimado vendedor moviéndose con información telefónica privilegiada;por un momento, planeé colgar y volver a teclear la combinación, pero recordé que el aparato no parecía funcionar impecable en cuanto a la interiorización de monedas y por lo menos en ese momento, era seguro que tenía una de 1 Euro bien asentada y que la llamada seguía establecida; la dilación me estaba generando sopor, así que me distraje volviendo de nuevo la vista hacia la tecla número 8 y a la incrustación petrificada de material que la configuraba;era realmente, una capa impresionante: después de cubrir todo el cuenco combado de la tecla, seguía expandiéndose, en su redondez de molde esférico, hacia lo alto, describiendo una protuberancia panzuda por encima del nivel raso del botón;por un lapso estuve tentado de dirigir mi dedo hacia ella y desadherir el amontonamiento de sedimentos;tenía curiosidad por comprobar si el estrato estaba tan comprimido como yo imaginaba y saldría despedido de la moldura de la tecla en un bloque compacto, o si, por el contrario, su homogeneidad era menor y a la perforación externa, el acúmulo de material respondería con una multi fragmentación; era algo que pasó a intrigarme súbitamente y no quería abandonar el bar sin saberlo;por momentos, la cuestión de la llamada pasó a un segundo plano; a efectos comprobativos pues, aproximé mi dedo a la tecla número 8 y a su relleno, pero a los pocos centímetros lo retiré; sentía que me infundía un cierto respeto tocar eso; mientras tanto, el teléfono continuaba llamando; yo me hallaba en ese punto, habiendo desistido de desembrozar la tecla número 8 con el dedo, pero la intriga por saber de la dureza de su pósito seguía apuntillándome; sin perder de oído lo que ocurría en el interior del receptor , dí media vuelta y reseguí con la vista un par de mesas a la búsqueda de algún tipo de objeto que me pudiera asistir, pero no detecté ninguno; chasqueé un poco la lengua y volví a colocarme en la posición anterior; entonces, mientras me resituaba, ví, en la repisa de la ventana que quedaba un poco elevada a mi lado, lo que parecía ser un castigado e irregular trozo de madera de medianas dimensiones;adelanté el brazo y me hice con él; se trataba con claridad, de un desprendimiento del marco de la ventana, debido probablemente a una ofensiva masiva de carcomas;de hecho, en todo el encuadre de manera de la ventana, esos insectos de mandíbulas frenéticas,habían dejado sus credenciales dentelleantes y el recuadre aparecía a cada centímetro, salpicado de pecas intrusivas; por su parte, la superficie de la astilla que había recogido, presentaba a banda y banda una intensa concentración de minúsculos agujeros, lo que hacía que su peso fuera casi ingrávido; para lo larguirucho que era el objeto, no pesaba nada; literalmente, debía tener las entrañas vaporizadas; levanté entonces ese casi eviscerado objeto y lo coloqué a pocos centímetros de mis ojos, enfocándolo hacia la lánguida luz que se filtraba a través de los confusos vidrios de la ventana; al renqueante trasluz, me dí cuenta que algunos de los agujeros practicados por las carcomas, habían atravesado la esquirla por completo y que concentrando la atención visual, era posible ver a través de ellos; lo moví entonces un poco hacia el interior del bar y lo seguí con la vista, aún atravesándolo, como si mirara a través de unos prismáticos; por momentos, ví esbozos diversos del bar, pero me cansé del ejercicio porqué exigía demasiado, compactar la vista y hacerla pasar por esos minúsculos agujeros, así que finalmente bajé la astilla y mis ojos volvieron a posarse en las, por contraste a las estrecheces de las perforaciones de la astilla carcomida, expandidas superficies del local.
/37/
Me dirigí entonces hacia el fondo del modesto comedor, bordeando al único cliente que en ese momento registraba el local; se trataba de una figura espigada, sentada de espaldas a la puerta y embutida en un chocante y desgastado abrigo de lana azul oscuro; así que lo hube superado, completé unos pasos más y me paré delante del teléfono; descolgué el receptor que presentaba algunas desagradables viscosidades adherentes al tacto y apliqué mi oído al encaje negro del plástico superior;lo hice con cierta prevención porque en la parte donde se observaban los orificios que ocultaban el aurícular, el trasto mostraba algunas manchas inconexas de presumibles potencialidades aglutinantes; completada, a cierta distancia, la interacción entre mi lóbulo y el teléfono, pasaron unos segundos y al poco, me llegó un debilitado indicador de establecimiento de linea;entonces tomé dos de las monedas que había mostrado al hombre de la barra y que aún guardaba en la palma de la mano y las introduje en la ranura metálica que se izaba en la parte superior del armazón de plástico; las interioridades del teléfono acogieron con un click seco la primera de las monedas, y al instante pude leer la cifra de 1 Euro de saldo disponible a través del embadurnado cristal de la pantallita; la segunda moneda por contra, y sin motivo aparente, no fue bien interiorizada por el mecanismo de captación del artilugio y la envió chirriante a la ranura de devolución de cambio;sin entender la motivación de la repulsa, bajé la mano y empujé con la yema de un dedo el pequeño tope de plástico móvil que tabicaba la ranura para evitar que las devoluciones cayeran al suelo y me apoderé de nuevo de la moneda;iba a apretujarla, en un renovado intento, en la ranura de captación de piezas, cuando distraídamente leí otra vez la cifra de 1 Euro estabilizada en la mugrienta pantallita digital y pensé que tal vez esa cantidad de saldo sería suficiente para las dimensiones de la llamada que presuponía y que por tanto podía prescindir, al menos provisoriamente, de insertar la segunda;en todo caso, proseguí, siempre podría seguir el curso de la disminución de saldo por los números de la pantalla y si observaba que la cifra se aproximaba a cero, introducir la segunda unidad; aprobé en seguida esa consultoría y me guardé la pieza rechazada en el bolsillo del pantalón;entonces,con la mano ya libre, y mientras seguía sosteniendo un poco incomprensiblemente el receptor con la otra mano, extraje del bolsillo de mi camisa, una tarjeta con la dirección y el teléfono del hotel en el que nos alojábamos; en el extremo superior de la tarjeta, en trazo grueso, letra fea y solapando algunas de las letras originales impresas, estaba escrito el número del móvil del guía del grupo;coloqué a continuación la tarjeta en un pequeño saliente que ofrecía la estructura de soporte al teléfono y fui marcando la combinación en los salientes de plástico numerados; lo hice sin equivocaciones y al terminar, después de unos segundos de atenuación de la línea en los que dí la llamada por evaporada, percibí el sonido metálico característico de la transformación en consolidado flujo telefónico de las apetencias llamantes; mientras esperaba que al otro lado el guía descolgase, me entretuve observando el número 8 del teclado que acababa de usar; la cifra apenas se detectaba bajo el manto de lo que parecía un calcificación dura de diversos estratos precipitados de grasa ambiental;todas las demás cifras, y el conjunto del teléfono, y la pared donde éste permanecía anclado, aparecían recubiertas por la misma pátima de embadurnamiento pero en la superficie de la tecla del ocho el fenómeno se revelaba especialmente intenso lo que, en el tedio de la espera de la llamada que no se contretaba, atrajo con cierto magnetismo, mi atención.