jueves, 24 de noviembre de 2011

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Seguí corriendo por la acera desierta hacia el polígono; el silencio permanecía apoderándose del lugar y su densidad concentrada sólo se veía alterada por el sonido seco de mis pisadas aceleradas sobre el granito pavimental. Yo notaba el cuerpo liviano, sin agarre casi al suelo, inmerso en ese ejercicio aborrecible que para mí siempre había sido el correr, pero que en esa ocasión me llegaba con las emanaciones de una liberación. En mi mano cerrada mantenía el escombro de papel con los versos quebrados en su médula por la iracundia de Raquel;percibía los contornos allanados de ese trozo desigual de folio en mi palma bloqueada y su tacto me devenía abrasivo, doloroso, como si transportara un desprendimiento de carbón al fuego, pero a pesar de esas acometidas punzantes, no hice boceto por desprenderme del pingajo. La acera describía una curva expansiva y amplia. Al final, el camino se enderezaba y el acceso al polígono quedaba franco al fondo. Seguí corriendo y corriendo. Tenía la porformar sensación que con cada paso con el que lograba alejarme de Raquel y del edificio cochambre del instituto, y de su pasillo tomado en aquelarre por el veneno estratificado de la horda, me suponía una avanzada hacia el aliviamiento. Por eso aceleraba y aceleraba. A pocos metros de la entrada cementada-vallada del recinto, superé a una lenta figura enboinada que avanzaba por delante de mí a paso amodorrado. Cuando estuve muy cerca de ella y advertida por mis pasos, la figura se giró y distinguí veloz, unos ojos blandos que me miraban inexpresivos por entre las oscilaciones de un rostro tomado por las arrugas y por un rojo dérmico vivo abotargado. Nos intermiramos un lapso, desvié la vista y seguí corriendo. El complejo logístico estaba a nada. Bajé de un salto de la acera al pavimento de la calle y entré a paso acelerado en el recinto enorme y dilatado y sorprendentemente silencioso del polígono.

jueves, 17 de noviembre de 2011

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Iba superando los peldaños y los rellanos de la escalera, y con cada brusco desplazamiento descendente, los alaridos turbosos del pasillo iban desbidujándose, escalera arriba, en su cacofónica sonoridad. Llevaba aún un boceto de los poemas devastados por Raquel en una de mis manos y de vez en cuando, con los saltos y los desniveles, alguna borboteante lágrima se deshincaba de mis ojos y caía en trayectoria indefinible por el entorno que iba dejando postrimero. Con precisión, noté, como al menos, una de esas lágrimas, impactaba en una de mis manos; aún en plena hilvanación ahuyentante de saltos, me fue posible discernir su roce líquido,tibio y denso sobre el lienzo tendido de piel del reverso de la mano. Cuando alcancé el último rellano, aceleré y bajé los últimos seis peldaños con cadencia aumentada, percibiendo como definitivamente, los estruendos rebuznantes del pasillo quedaban difuminados por la distancia y el solapamiento de pisos. Seguí corriendo por el pasillo inferior hacia la puerta de salida; deseaba, por encima de todo en la creación, evadirme de aquél edificio tenebroso. Recorrí rápido la distancia y abrí la puerta de un ímpetu. Fuera, apoyada en la pared, estaba Ainara, la secretaria del instituto, abstraída fumando solitaria un cigarrillo a medio consumir; miró extrañada, con sus voluminosos ojos fijos, mi paso encendido ante ella, pero no dijo nada. Ya me encontraba en el patio de salida hacia la calle, y en contraste con el atosigamiento tortuoso del pasillo, el silencio del nuevo escenario me pareció una caricia; pero no me detuve ni hice ademán de ello. Seguí corriendo. Ya fuera del recinto del instinto se distanciaba larguísima la acera que flanqueaba el desvío de la carretera que conducía al polígono. El lugar en pleno, se amodorraba en una calma pesada que contagiaba todo;pero tampoco esa tranquilidad de plomo, me alcanzó. Por el contrario, mi figura imprimía cada vez más vértigo al paso mientras me diluía bajo la potente sombra de los álamos que tomaban casi por coompleto, los adoquines de la acera sin fin hacia el polígono.

sábado, 12 de noviembre de 2011

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Ahí estaban los rostros de los congregados en las inmediaciones de la puerta, riendo y soltando carcajadas febriles y participando del aquelarre linchante que cercenaba mis pasos balbuceos. Con dificultad, logré situarme a muy pocas baldosas de la puerta y de entre todos los rostros descompuestos por la reacción escarnio en cadena, vi que el del Rasta era el único que no ejercitaba. Su mirada me llegaba concentrada, profunda, puenteante y compasiva. Le lancé un último destello y así el pomo de la puerta. Alguien se movió a mis espaldas y me empujó a un lado, pero agarrado aún al pomo, logré eludir la caída. Me recompuse en verticalidad y tiré hacia atrás de la puerta. Ante mis ojos, como un deslumbre, se abrió el primer rellano interpisos. Era una estructura modesta, pero a mí, en ese momento, me pareció un espacio sin horizontes delimitadores ninguno;casi cegador. Traspasé el umbral y avancé hacia los peldaños; la amalgama equinoide de las carcajadas y los gritos y las frases, se amontonó a mis espaldas, ralentizada su vorágine expansiva por el efecto embudo de la puerta ante tanto volumen deseando superarla. Aceleré el paso y en nada me vi encauzando el primer peldaño. Y entonces imprimí e imprimí y empecé a saltar los espacios gradativos de la escalera de dos en dos, de tres en tres, y a cada tanto, el rellano contiguo, y en cada salto notaba como algo de la tensión por lo del pasillo de los poemas descuartizdos, iba remitiendo, y como la nube tóxica de las frases equinoides que seguían destilando, iba perdiendo densidad, puntería y capacidad de desgarre a mis espaldas...