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Seguí corriendo por la acera desierta hacia el polígono; el silencio permanecía apoderándose del lugar y su densidad concentrada sólo se veía alterada por el sonido seco de mis pisadas aceleradas sobre el granito pavimental. Yo notaba el cuerpo liviano, sin agarre casi al suelo, inmerso en ese ejercicio aborrecible que para mí siempre había sido el correr, pero que en esa ocasión me llegaba con las emanaciones de una liberación. En mi mano cerrada mantenía el escombro de papel con los versos quebrados en su médula por la iracundia de Raquel;percibía los contornos allanados de ese trozo desigual de folio en mi palma bloqueada y su tacto me devenía abrasivo, doloroso, como si transportara un desprendimiento de carbón al fuego, pero a pesar de esas acometidas punzantes, no hice boceto por desprenderme del pingajo. La acera describía una curva expansiva y amplia. Al final, el camino se enderezaba y el acceso al polígono quedaba franco al fondo. Seguí corriendo y corriendo. Tenía la porformar sensación que con cada paso con el que lograba alejarme de Raquel y del edificio cochambre del instituto, y de su pasillo tomado en aquelarre por el veneno estratificado de la horda, me suponía una avanzada hacia el aliviamiento. Por eso aceleraba y aceleraba. A pocos metros de la entrada cementada-vallada del recinto, superé a una lenta figura enboinada que avanzaba por delante de mí a paso amodorrado. Cuando estuve muy cerca de ella y advertida por mis pasos, la figura se giró y distinguí veloz, unos ojos blandos que me miraban inexpresivos por entre las oscilaciones de un rostro tomado por las arrugas y por un rojo dérmico vivo abotargado. Nos intermiramos un lapso, desvié la vista y seguí corriendo. El complejo logístico estaba a nada. Bajé de un salto de la acera al pavimento de la calle y entré a paso acelerado en el recinto enorme y dilatado y sorprendentemente silencioso del polígono.
