martes, 28 de octubre de 2008

/16/









Conduje entonces mis pupilas hacia el plato y me fijé en su contenido; por unos instantes me submergí en la convicción de que la chica se había equivocado. Me había dicho que los jalapeños eran pimientos y sin embargo lo que ocupaba la posición del plato eran cuatro unidades de lo que parecían ser unas croquetas de formato clásico. Yo me había imaginado, al trasladarme ella los detalles descriptivos relativos a lo jalapeño, que el plato consistiría en algo muy similar a una disposición de pimientos a la manera de los del piquillo gallegos, intensamente rojos y de pequeño tamaño, y repletos de queso color marfil por la cocción; y sin embargo, casi nada en aquellos cuatro acúmulos de rebozado ondulante que permanecían fijados en mi plato se podía asociar a ese proto-formato mío. Pensé que no podía tratarse de más que de una confusión por parte de la camarera de las pupilas burbujeantes de azul e hice por un momento, ademán de llamarla para señalárselo; pero al cabo, cuando ya mi mano derecha había efectuado un primerizo ascenso, deserté de la idea; me vino a la memoria que al depositar el preparado en la mesa la chica había pronunciado con toda la nitidez de su timbre vocal de matices de seda la palabra jalapeños, y además mi plato era el único portaba en la bandeja en ese momento, con lo que la posibilidad de confusión con otro preparado adyacente en la bandeja era imposible. Miré entonces de nuevo el plato; junto a las cuatro compactas croquetas, de un destellante tostado naranja con ocasionales motas oscuras, se amontonaban unas tiras fileatadas muy finas de lechuga de un pálido color verde, y en la otra curva de la circunferencia del plato, se elevaba el generoso cerro de una salsa color beige, salpicada toda ella, de expresiones de limadura de perejil. Y la verdad es que el global del plato me pareció en ese intante poco menos que irresistible. Sonreí al recordar mi desafío al entrar en el restaurante de autogenerarme hambre; quizá habían sido los mensajes y su vericuética composición, y el tortuoso bailar de los dedos por las teclas para irlos esculpiendo; o la inercia eficiente de la orden de insuflarme apetito coleteando dentro de mí; o el peso de la elementalidad que hacía una dilatación de horas que no había comido nada, pero el caso era que en aquél momento me sentía famélico, con el estómago encabritado, aullando esporádicos y punzantes lamentos acústicos; unos aullidos que aunque sordos, se elevaban, a la manera de un agujereado acordeón desinchándose, en la atmósfera húmeda del restaurante, implorando desafinados, el envío de producto masticado. Al ritmo de su cacofonía irregular, el abdomen me dolía a intervalos, y percibía en él, un vacío casi rebasable con los dedos. Me reafirmé entonces en la idea de que era altísimamente improbable que la chica de los ojos adamantinamente azules se hubiera equivocado de contenido sirviéndome el plato: "jalapeños" había verbalizado díafana; y en el fondo, zarandeado por las invocaciones del estómago dolorido, resolví que me resultaba indiferente si aquellas piezas cocinadas croquetiformes eran o no los jalapeños; iba a operar dentalmente en ellas y en su su cromático tostado calabaza y en lo que albergara su interior precintado, al margen de su nomenclatura y de su denominación de origen. Desplegué entonces los cubiertos del interior de la servilleta amarilla y me hice con el tenedor; lo aproximé a continuación al primero de los preparados bolliformes y lo dejé quieto, emplazado encima de él, apoyado por el lateral de la horquilla en su dorada superficie rebozada; apreté entonces el cubierto hacia abajo y la capa del rebozado se plegó un poco, sin descomponerse, reacia por momentos, al allanamiento. Fijé entonces un radián más mi atención en el escenario del plato e intensifiqué la presión del tenedor; la capa de frito finalmente cedió, en un breve crujido, colapsando hacia dentro y exhibiendo por primera vez alexterior sus interioridades blanquecinas y blandas de tierna masa de queso. El plato estaba recién preparado porqué al quebrarse las paredes de rebozado, del interior del bollo se elevaron dos pequeñas y zigzagueantes estelas de humo que contemplé con cierta delectación visual, pero a la vez con un principio de fastidio.Significaba que la pasta de queso estaba aún muy caliente y eso me obligaba a demorar el primer mordisco y con ello congelar por unos minutos, el aplacamiento de los lamentos suplicantes del estómago. Por mi parte, detestaba deglutir comida a tan presumible elevada temperatura porqué me daba la impresión que lo más medular del sabor del alimento desaparecía engulido por lo ardoroso de su envoltura; y además tenía como principio proceder con mucha precaución con el queso en versión derretida; hacía unos meses me había quemado un lateral de la lengua con el queso fundido de una pizza asaltada con demasiada premura y la sensación de resquemor en la zona afectada se prolongó molestosamente por varíos días; guardaba un recuerdo pésimo de esa sensacion; como si me hubieran practicado una ablación lingual que me anulara toda sensibilidad en la zona dañada al contacto con los humeantes islotes de queso de aquella pizza y desde entonces, me había poco menos que conjurado para que un tal hecho no experimentara repetición..

viernes, 17 de octubre de 2008

/15/



" Ah, vale, gracias"- acerté a responderle con sólo un mínimo en ese momento, de llama intelectiva en mi. Me sentía abrumado por los acontecimientos que se habían espesado en muy poco tiempo: superar mi estado de bloqueo redactor para luego componer un mensaje con un mínimo de sustancia facturable; percatarme después de la aproximación de la camarera, poner fin al texto, incoar las gestiones para su archivo y finalmente, depositar el móvil en la mesa. Todo esto en un espacio muy comprimido de lapso temporal. Y justo en el momento en que me podía adjudicar el primer atisbo de esparcimiento, me veía obligado a confrontarme con la presencia a muy pocos centímetros de la camarera que había completado la aproximación a mi mesa en mucho menos tiempo de lo que yo había calculado, cuando la distinguí en el fondo del comedor; yo en las brumas de la composición del mensaje todavía humeante, había de confrontarme con la colateralidad de ella a mí y con la de sus ojos portadores de una belleza tan imposible que parecían salidos del talento compositivo de un pintor de trazo insuperable. Me costó resituarme esta vez mucho más que en los post-mensajes previos, y me dió la sensación que mi " Ah vale,gracias " expectoró en la humedad del comedor, con tonos fónicos raros, puesto que la chica después de depositar el primer plato encima de mi mesa, de pronunciar su frase, y de escuchar la mía, me miró un momento muy fugaz con expresión de interrogación en sus ojos untados enteramente de azul de mar. Luego, sin darme tiempo a lo que me pareció que era una invitación para una reformulación de la frase mía, efectuó un remotísimo ademán de principio de sonrisa, se giró coordinadamente y enfiló hacia otra mesa. Yo me quedé unos segundos mirando contristado como se empequeñecía su fascinante figura en una estela evanescente, y una vez que estuvo lo suficientemente alejada como para no suscitarme turbulencias en los circuitos pensantes con las ondas conmovedoras de su mágica belleza, volví a la realidad del restaurante, de mi mesa y del plato que ella había depositado, junto con los cubiertos envueltos en una servilleta amarilla.

jueves, 16 de octubre de 2008

/14/

Volcado así en intentar componer un texto dotado de enviabilidad, recobré el decimotercermensaje en la primera estribación en que que lo había dejado:





"Astrid el contenido de tu mensaje me ha cautivado; y gustado. No voy a recusar la idea de que ya tal vez intuyera algo; estaba sobre la pista de la posible elaboración de un mensaje de estas características; sobretodo a partir del último sábado en que compartimos tanto minutaje juntos. Hasta ese día, la verdad es que habíamos hablado poco y apenas si teníamos concepto el uno del otro. Y cuando se parte de una posición de tan escaso en común y de pronto se ve uno amalgamado con las horas y con su delicioso fluir y lo comparte con otra persona que hasta ese momento era poco menos que una simple diapositiva en los archivos de la memoria, y esta persona también decide compartir todo y fundirse con las horas y con su delicioso fluír, y cede toda esta argamasa íntima en bloque al espacio de la otra persona, que a su vez la recoge y se la devuelve fundida con la suya, esto no es otra cosa que una revelación. Eso, eso en mayúsculas, nos sucedió el sábado. Ibamos evolucionando, te acuerdas? De espaldas el uno con el otro, tan de espaldas que ni nos veíamos; y de pronto notamos un golpe seco en el espinazo, nos giramos ambos algo molestos por el contacto y nos vimos; y por primera vez, y ni que fuese a consecuencia de ese fortuito choque de espaldas, nos miramos de frente, mi nervio óptico en tu nervio óptico y el tuyo en el mío; y te acuerdas? Qué gracia incrédula me provoca ahora; al primer momento, cuando nos giramos y yo ví que eras tú y tú viste que era yo, leí en tu rostro una expresión de fastidio; y estoy seguro de que yo torcí también el gesto en ademán de disgusto, porqué hasta ese día, hasta ese momento, tu presencia cerca de mí me resultaba prescindible, cuando no cargante; y estoy persuadido que tú también experimentabas algo similar; y que captaste al acto (me cuesta tanto disimular el desagrado) que lo del golpe había sido lo de menos; que lo que me había molestado es que eso diera pie a tener que intercambiar unos instantes contigo. Sí,estoy seguro de que lo captaste; por un momento yo pensé e intuyo que tu cerebro fue atravesado por un haz parecido. "Oh, no; el ente este; a ver si puedo disculparme con un mínimo de educación como para que me dispense el golpe, pero a la vez, a ver si puedo lograr hacerlo con suficiente hosquedad como para que no se le ocurra ofrecerme conversación de ningún tipo; no soportaría tener que invertir un minuto de tiempo en manufactar frases con este pergeño " Algo así pasó por la cabeza de los dos por unas fracciones, no me lo niegues. Pero luego, te acuerdas? Fue maravilloso, completamente inexplicable, pero pasada esta turbulencia inicial, y ofrecidas con cara de palmo las excusas pertinentes en dual "Oh, perdona; estabas ahí? No te había visto" ninguno de los dos podía apartar la vista del otro; tu mirada prorrumpió en la mía y la mía en la tuya; y ambos, siguiendo la sacudida de la vista, nos giramos del todo para visualizarnos por vez primera, franca y por entero; y como al vapor de un incienso mágico tu rostro empezó a desentumedecerse, a perder su rigidez, su aspereza de expresión hacia mí; empezó a metamorfearse hacia el color y el brillo y de las líneas de su tersura deífica, emanó una sonrisa progresiva y envolvente que deshizo en un instante, como la punta de una afilada aguja irrumpiendo en una pompa de jabón, todo el acúmulo de incomunicación e indiferencia que llevábamos edificado desde quién sabe cuando. Te acuerdas de cuánto tiempo pasamos así los dos, mirándonos a pupila abierta, ajenos al entorno, a la gente que nos circunvalaba, ajenos a nuestra historia de desencuentro y mutua invisibilidad, los dos clavados enfrente el uno del otro, con las retinas al máximo de su potencial captante, puesta la una en la faz del otro, completamente mudos y sin poder dejar de palparnos con los ojos ? Seguramente para un reloj se trataría de unos segundos, pero para nosotros, aquella mirada infinita equivalió a una caricia que se prolongara durante una noche de estrellas sin fin; fue como destilar toda la sensibilidad y todo el lirismo de un concentrado de antologías poéticas en un sólo gesto visual; como contactar de viva faz con los más recónditos mecanismos de pulsión vital que se esconden detrás de los movimientos de los cuerpos celestes; como darse de bruces con la cara más intallada, más impoluta de la verdad....Así me sentí el sábado después de esa mirada que nos prodigamos durante esos breves, inexplicables y cósmicos segundos; por eso entenderás que te haya dicho que fue una revelación; porqué tuvo toda su fuerza arrebatadora y toda su conmovedora capacidad para forjar acontecimientos inesperados, surgidos en un segundo de la nada, y de imposible ya futura insoslayabilidad. Y después de esa mirada que hizo temblar a los cielos, qué íbamos a hacer sino no dejarnos ya ni un solo segundo? Acaso, después de eso, somos dueños de algo en relación a los dos? Acaso nuestra voluntad puede alegar algo? De verdad podemos pensar que nuestro futuro no está ya trazado hasta el último día y que aún lo podemos ir delineando a los impulsos de nuestro deseo ? Imaginar patosamente que aún poseemos una mínima autonomía en capacidad de resolución? ..Creo que nada de eso es ya posible y que nuestro destino, en indisoluble común, quedó sellado en esa mirada que trascendió milenios. Por eso he estado toda la semana pensando a cada momento en ti y he estado sintiendo de algún modo ignoto pero vivísimo, que a ti te estaba pasando lo mismo y que tu pensamiento se envolaba hacia el mío y que el mío alzaba el vuelo buscando el tuyo y que ambos contactaban en algún punto y que los dos lo notábamos y eso nos imbuía de sosiego y de rebosante serenidad; porqué en cierto modo, estábamos ya en contacto; el uno al lado del otro, ni que fuera en pensamiento. Y por eso, Astrid, y sin un átomo de intención vanagloriante, tu mensaje no me ha sorprendido; era una simple cuestión de tiempo; sería hoy? Podía haber sido ayer. Mañana? Dentro de dos días?,,El cuando era de verdad, lo de menos; ambos sabíamos que se iba a producir un mensaje así; como también es lo de menos que hayas sido tú quien lo haya enviado; podía haber sido yo ; de hecho esta tarde tenía intención de redactarte algo calcado a lo que tú me has mandado, pero he tenido que acercarme a un hospital a hacer una visita y por eso me ha sido inviable.Pero si no lo hacía hoy, lo habría hecho mañana; o esta misma noche. Eso también era cuestión menor; quién era el agente enviador; si tu o yo; nuestro destino está trazado por fuerzas celestes y oponerse o intentar aplazarlo es absurdo, una entera y estéril pérdida de energía y de tiempo. Así que ya puedes deducir mi mensaje en respuesta al tuyo: Astrid también tú a mí me gustas mucho y quiero pasar el resto de mis días al amparo de tus ojos ungidos de eternidad y de tu sonrisa que concentra en en ella el Sí más hermoso que se pueda ofrecer ante el altar del movimiento de la Vida perpetua. Quedamos dentro de una hora en la boca del Metro de Plaça Urquinaona? O lo dejamos para mañana y pasamos en soledad (siempre matizada porqué nuestros pensamientos surcan ya juntos) esta noche que será la última que durmamos solos, sin la compañía mútua en la que nos vamos a inundar a partir de mañana hasta el último de nuestros alientos? Espero tu respuesta . .. "

Iba a redactar la despedida cuando de nuevo unos pasos acercándose a mi mesa me arrellanaron otra vez a los perfiles de la realidad del restaurante; la camarera de los atemporales ojos azules venía hacía mi con un plato en las manos. La miré fugaz para que no me inmovilizara con su mirada de denso océano y volví al móvil; tuve tiempo de componer: "...Un prolongado beso".Luego seguí moviendo los dedos por el teclado, y de entre las diversas opciones de la parrilla seleccióné: " Guardar mensaje" . Apreté entonces en afirmativo la tecla central y mi mensaje número trece quedó almacenado junto a los otros doce previos a la espera de decidir cuál de ellos resolvía envíar. Tuve el tiempo justo de dejar el aparato encima de la mesa, cuando alzando la vista hacia esos dos magnéticos pálpitos azules, me desarboló la musicalidad insuperable de la voz de la chica, dirigiéndose a mí :

" Aquí el primer plato: los jalapeños"

miércoles, 15 de octubre de 2008

/13/

Completado el conciso trago y disipada casi al acto, con su humedecer de mi laringe, la pulsión autopreguntadora sobre la presencia o ausencia de montacargas en el restaurante, y sus repercusiones en las anatomías de las empleadas, volví a centrarme visualmente en la escalera. La camarera de los destellantes ojos azules coronaba en ese momento sus últimos peldaños; lo hacía lenta y precavida, con la espalda un poco inclinada hacia adelante, en casi idénticos términos a los que había protagonizado hacía un momento su compañera de piel cacao, la bandeja fijada en el aire por sus estilizados brazos levemente adelantados. Una vez superó el último desnivel, irguió nuevamente a la plenitud su portentosa biología y avanzó con la fuente salpicada de consumiciones hacia la mesa de los turistas jóvenes los cuales seguían lanzando a intervalos casi regulares, totalmente indiferentes al entorno, sus proclamas jubilosas al aire humedecido del restaurante. Yo seguí los pasos iniciales de la chica por la superfície ya allanada del comedor elevado; luego se cruzó con su compañera que avanzaba en sentido contrario y sin saber exactamente por qué, mis ojos modificaron trayectoria y finalidad visual y pasaron a posarse en la chica de piel terrosa; ésta caminaba de nuevo a la búsqueda de su eterna confluencia con las escaleras, la bandeja colocada vertical y vacía debajo de su brazo, y al cabo de muy poco se halló ya descendiendo los primeros peldaños con la misma aura elegantemente resignada con que las había subido. Mis pupilas siguieron sus regulares evoluciones unos segundos, pero luego reparé en qué habían ya transcurrido sobradamente los dos minutos que me había concedido con panorámicas a reabsorber algo de inspiración para y desarrollar mi mensaje número 13, así que aparté mi enfoque de la chica de dermis chocolateada y regresé al móvil. Me resultó innecesario teclear nada buscando en las entrañas del aparato porqué el bosquejo del hasta ese momento, desvalido mensaje, seguía en la pantalla inicial. Me deprimió por segundos su pobre arquitectura y la languidez de su anémica extensión y experimenté la tentación de autootorgarme dos minutos suplementarios para intentar metabolizar más néctar inspirativo, pero temí también esa espiral aplazadora. Me conocía pormenorizadamente: me sumergía aplazando algo de dos minutos en dos minutos y terminaba por hacerlo de dos años en dos años. Así que estrujé el móvil entre mis dedos, apreté hasta casi hacerlas desembocar en una de sola, mis cejas para acentuar el ademán de concentración sobre la pantalla, y simultáneamente, fruncí los revestimientos de las rugosidades de mi frontal a fin de facilitar el flujo verbal y catapultar con ello,la apertura de las compuertas a la inspiración, cuyos resortes por momentos, parecían inanes, sepultados bajo una espiral de capas de anquilosante óxido parduzco....

martes, 14 de octubre de 2008

/12/

Volví entonces mi cabeza hacia la derecha para abstraerme de nuevo con la indecreciente actividad de la calle cuando a medio desplazar detuve mis ojos en la escalera que servía de nexo entre los dos comedores. La camarera de piel moka ascendía por ella con una bandeja, que en apariencia contenía un único plato, sostenida con las dos manos. Pensé si no serían mis jalapeños y me quedé observándola; llegó la chica, que superó cada peldaño despacio y precavida, al final de la escalera y dobló hacia la izquierda; por momentos parecía poder encaminarse a mi mesa, pero a los pocos pasos efectuó de nuevo un giro, esta vez a su derecha y enfiló hacia el fondo del comedor, en direccion a una mesa no distante de las posiciones donde los turistas celebrativos seguían vitoreando al aire de vez en cuando. Decepcionado por este proseguir sin mascar alimento, retomé de nuevo el proyecto de girar la vista hacia los ventanales, pero me resultó problemático completarlo; porqué sucedió que con el seguir de las evoluciones de la camarera de piel moka con el plato en las manos y su hipotético traerlo a mí, había bajado la línea de visualización de mis ojos hasta el nivel de su cintura, que era la altura en la que llevaba sujeta la bandeja. Mis ojos enfocaban por tanto bajos, y al virar la cabeza hacia la derecha para desplazarla hasta la zona de la entrada del restaurante y de su fachada traslúcida, toparon de lleno con la barandilla que me flanqueaba por el costado derecho; y más que con la barandilla en sí, colisionaron con el cochambroso adorno de plástico que se enroscaba en ella, en una chocante espiral que se tironeaba hasta el inicio de la escalera; de los intestinos de leviatán del adorno, seguían emanando los destellos de las lucecitas agolpadas en su interior, que mantenían su apagado fulgor a lo largo de la trayectoria entera del tubo, de un tanto dudoso color negreante. Era la tercera vez que mis ojos se posaban en aquella deformidad pero seguía sin establecerse ni la más efímera de las cabezas de puente entre mi sensibilidad y su ser. En realidad, me continuaba produciendo espeluznos intensos de indredulidad. No me quedó otra que elevar la vista y salvar aquel averno de mal gusto, pero por momentos, con esa irresistible atraccion que a veces, y sin saber la genésis de su motivación, nos causa lo amorfo, mis ojos no se podían desenganchar de la contemplación de ese cochambroso objeto que seguía, con sus absurdas luces plastificadas, perpetrando rasgaduras a mi percepción. Finalmente, no sin invocar cierto esfuerzo, puede desembarazarme de la atracción de su siniestro campo gravitatorio y erguir de nuevo la vista en dirección a los cristales de la puerta. Pero también en esta ocasión acontecimientos que se hilvanaban en la escalera metálica que interconectaba ambos estrados lo abortaron. Ahora era la segunda camarera, la de ojos celestes, la chica de rostro de la finura de un milhojas de pétalos de azucena, quién ascendía por sus peldaños, empuñando una bandeja con un muñón devasos aposenados en su centro. Por lo que parecía, el restaurante carecía de montacargas y aquello obligaba a las dos chicas a transportar los platos y las consumiciones, desde la planta baja donde se ubicaba la cocina y la barra de las bebidas, al comedor superior, bandeja en ristre, una vez y otra vez, por esa escalera metálica de peldaños que rondarían la docena de unidades; me interrogué sobre la cantidad de veces que las dos chicas tendrían que repetir esa acción ascendo-descendedora en cada jornada laboral; habría de resultar una cifra astrómica; tal vez eso explicaría porqué la camarera de rostro caribeño tenía una figura tan lánguida; por puro agotamiento; o porqué la chica de los tremendos ojos azules, exhibía en su reverso unos resaltes tan imponentes, redondeados y de apariencia pétrea. O quizá no existía nada de todo eso como desencadenante de nada y todo lo que sucedía era que el restaurante sí disponía de montacargas pero que esa noche se hallaba, por circunstancia pendiente de confirmación o perfectamente corroborada, averiado. Cualquiera de esas posibilidades podía acoplarse en perfección con los salientes de la verdad y no tenía mucho sentido de mi parte seguir indagándome por los entresijos argumentales de ese tema. Así que corté la espiral succionadora de crescendo autopreguntador que ya empezaba a envolverme de la manera más elemental que supe en ese inistante: tomando la copa ventruda de cerveza y dándole un trago moderad0, aún vigente la recomendación en mí (empezaba a dolerme el estómago de puro vacío) de contención impregnadora de liquidices etílicas.

sábado, 11 de octubre de 2008

/11/

Conseguí trazar dos palabras suplementarias: " Astrid, el contenido de tu mensaje .." pero fuí incapaz de redactar nada ulterior a eso. Me sentía sin vigor en los dedos, tecleaba sinfunifadamente, parecían haberse cortocircuitado los suministros desde los caladeros de palabras y el recurso de que el mismo escribir ocasionaría la idea y el léxico al efecto, había perdido por momentos, toda salubridad. Así que suspiré al aire humedecido del restaurante y dejé el móvil en la mesa. Me concedí par de minutos de asueto divagador y después resolvería regresar al texto. Miré entonces hacia mi derecha, y proyecté la vista desde mi posición de palco privilegiado hacia el comedor inferior: todo seguía en su considerable perímetro, instalado en la dinámica tranquila, casi aletargada de cuando yo había accedido al restaurante y desde las diversas mesas que salpicaban su trazado, apenas se oían elevaciones de tono. Por los amplios cristales que daban al exterior, la calle continuaba acanalada por un tráfico un tanto más sincopado pero aún constante; en ese instante preciso un taxi, con su reluciente bicromacidad negro-amarilla , se detenía delante de la puerta del restaurante; el cabo de muy poco una pareja emanó de su interior y después de lanzar una mirada a la imponente fachada de cristales del restaurante, se adentró en él. Avanzaron ambos a ritmo calmado, cogidos de la mano, jóvenes los dos, hacia el fondo del comedor inferior y en un determinado punto los perdí de enfoque, tragados en la profundidad del espacio que aún había de quedar hasta llegar al fondo de la barra que se situaba debajo de la plataforma metálica en que yo me hallaba. Volví entonces a fijarme en la calle bañada por la luz artificial que se propalada desde diversos manantiales lumínicos: desde las farolas, desde los chorros fugaces de las luces de los coches que se cruzaban veloces, desde el alumbrado mismo de neón adosado a la fachada del restaurante y también partiendo de algún foco de escaparate de comercio cercano. Por las aceras de ambos lados de la vía, se divisaban un poco vaporosos por la distancia, peatones, ya en grupos, ya solitarios, que caminaban suaves, cadenciosos y sin estridencias motoras. Pasé unos lapsos mirando la calle en esta comedida ebullición veraniega y después volví a tomar el móvil de la llanura de la mesa, pinzándolo con el pulgar y el índice por los laterales de su caparazón metálico de tonos argénteos, ya un poco gastados. Inmovilicé entonces el aparato en mi mano, lo elevé un poco y por unos momentos me fijé en su pantalla chispeante de composiciones informativas digitales e iconos diversificados; entonces desplacé mi vista hacia uno de sus laterales y con sorpresa, ví que el indicador larguirucho de estado de batería renqueaba y que no disponía de mucho combustible batérico; puesto al corriente sobre esto, decidí solventar cuanto antes el tema de la composición del texto número 13 porqué la hipótesis de imaginar el mensaje para Astrid incapaz de elevar el vuelo, las alas desechas y gelatinosas, por falta de queroseno en el móvil me generaba calambres pélvicos. Accioné entonces la tecla piloto central del portable y mecánicamente busqué el almacén de los mensajes donde se apilaban compartimentados los que había redactado hasta ese momento, a la espera de decidirme por uno de ellos. Entonces desbloqueé el más reciente, tan paticorto y escuálido, y porfié por enriquecerlo, pero de nuevo la inspiración compositora me eludió con saña: sólo estuve dotado para añadir un pronombre y una forma verbal auxiliar al texto de seis palabras del que ya disponía : " Astrid el contenido de tu mensaje me ha .." Era obvio que no era mucho, pero no había por el momento, acceso a un más ella de eso. Con gesto resignado, volví a dejar el móvil en la mesa, y me concedí otros dos minutos para intentar recuperar algo de vibración tecleadora mínimamente tonificada, mínimamente inspirada...

viernes, 10 de octubre de 2008

/10/

Yo entoncés tomé la copa de cerveza y le apliqué dos comedidos tragos; la encontré aún más suave que la primera y por instantes quise profundizar en su consunción pero me abstuve porqué llevaba desde media tarde sin haber comido nada y la cerveza anterior y su 5,4 % en etanol insistía en revolotear. Así que decidí no probar más líquido hasta que no hubiera ingerido alguna porción sólida. Luego pasé de nuevo al móvil e intenté redactar mi croquis de mensaje número 13; llevaba el primer avance, "Astrid " cuando un choque de cristales en la mesa de los escandinavos de al lado, me hizo desentender del redactado y virar en atención hacia ellos; las dos parejas se habían incorporado al máximo de verticalidad en los respaldos de sus sillas y elevaban los vasos aún intactos hacia el centro de la mesa, formando al intercontactar en el aire, un muñón alabeado de cristal; luego los hicieron percutir entre ellos en todas las combinaciones posibles; uno con uno por separado, dos con uno, uno con dos, dos con dos, uno con tres, tres con uno y finalmente todos entre ellos, moldeando un apiñamiento de vidrio anillado y de contornos abombados. De los rostros tostados de los escandinavos, emanaba por primera vez una cierta alegre expresividad mancomunada que se agudizó al proferir en coral una invocación, ésta sí, decibelicamente notable, similar a "skol", sostenida y larga e iterada 3 o 4 veces. Cuando finalmente se apagaron sus exclamaciones, se reclinaron de nuevo más cómodamente en las sillas, se dirigieron, como habían hecho con los brindis, unas sonrisas en todas las combinaciones posibles, arrancaron los vasos de su confluencia elevada en el centro de la mesa y asiéndolos fuertes, cada uno el que le correspondía, les adosaron, con ojos cerrados, un sorbo largo e intenso que los vació a unos dos tercios de su capacidad. Después emplazaron las bebidas en la mesa, las dejaron por unos instantes tranquilas, y reempezaron la conversación en los mismos tonos monocordes y apagados de antes de la irrupción de la camarera. La ejecutoria comunicativa seguía siendo idéntica; el hombre de frontal rapado se arrogaba la iniciativa expositiva, dominando casi por completo, la conversación; los otros tres miembros de la mesa, le escuchaban atenta y en silencio y sólo ocasionalmente, hacían alguna aportación. El hombre peroraba sin descanso, en su tono monocorde, y lo hacía sin apenas modificar su postura corporal, separado unos centímetros su potente vientre del saliente de la mesa; casi todo el tiempo parecía dirigirse en exclusividad al hombre que se sentaba delante suya y sólo de vez en cuando, viraba el cuello para abarcar con una cierta equidad, el rostro de las dos mujeres. Ya antes de la nueva ronda de bebidas lo había venido haciendo así y ahora lo repetía; y también en esta ocasión, en medio de una de sus frases, el hombre perorante deslizó silenciosamente una de sus manos buscando los generosos y desprovistos de textilidad hombros de la mujer que sentaba a su lado, los cuales relucían rojizos bajo el espesor de luz que desde una de las lámparas deco, descendía en picado. Sin moderarse en la confección de su degotante hilo verbal que seguía administrando a idéntico tono y frecuencia, el hombre impulsó un poco más la trayectoria de su mano y finalmente dió con los contornos de la mujer, adhiriéndose con suavidad en sus hombros. Conseguido esto, dejó pasar unos segundos y sin dejar de parlotear en ningún momento, empezó a acariciar con suavidad su piel de tonos veraniegos y salpicada de pecas pardas; en esta ocasión, sin embargo, no retiró la mano al breve sino que la mantuvo anclada, fija y dermo-comunicativa en los omoplatos de la mujer, la cual respondió a esta nueva versión más prolongada de acoplamiento manual con una nítida intensificación de sonrisa en sus mofletudos labios. Yo esbocé entonces una última mirada al hombre-conferencias, de inabarcable frente jazmín-solar, mientras éste seguía encuñando frase tras frase y mientras ya también, con la mano que no le umbilicaba a la mujer, elevaba de nuevo el vaso de gintonic hacia su, en apariencia, incansable boca verbo-trasegadora. Regresé en ese punto en atención hacia mi mesa, así otra vez el móvil e intenté retomar el mensaje de nuevo en el punto donde lo había seccionado: "Astrid.."

jueves, 2 de octubre de 2008

/9/

Iba a redactar el décimotercer mensaje cuando un leve cuchicheo de pasos me hizo elevar la vista y salir del estado de zambullido tecleador en el que estaba inmerso; la camarera de los ojos azules se acercaba hacia mi mesa con una bandeja llena de vasos. Se paró a mi lado y depositó una botella transparente de cerveza sobre el mantel; después con un gesto rápido se dotó otra vez de un abridor e hizo saltar la chapa del envase a la que salvó de toda caída, guardándosela en la misma mano con la que asía el útil abridor. Luego se llevó ambos, chapa y abridor, a uno de los bosillos laterales de su bata azul marino y tan pronto como le volvió a quedar la mano libre, tomó por su abdomen a la botella de cerveza, la inclinó hacia mi copa ventruda y dejó que tres o cuatro borbotones del fermentado cayeran en ella. Hecho esto, volvió a depositar el envase sobre la mesa y con su tono dulce de perfume vocal a azaleas, se dirigió a mi:

- En seguida te traeremos los jalapeños.


Yo apenas conseguí reaccionar; durante décimas no fuí capaz de asociar aquella palabra Jalapeños a nada relacionado con mi ser: las frases de los mensajes me habían abstraído de la realidad del restaurante, de la belleza venusiana de la camarera que tenía ahora al lado e incluso del desglose terminológico de mi solicitud de comida basado en un primero que se llamaba justamente así: jalapeños. Además, notaba que me había tomado la primera cerveza muy rápida y con el estómago inédito de alimento desde hacía horas y empezaba a certificar la manifestación de suave mareo interior. Inmerso en ese lapso de embriaguez leve dual, la que me había generado la veloz libación del fermentado de cibada y la que me provocaba la proximidad de la cariátide de ojos infinitamente azules, el mensaje de la chica tomó, no obstante, rápida congruencia semántica y le devolví sin lianas ni lapsos silábicos:

-Ah vale; gracias por la información.


Ella siguió mirándome y tuve la impresión que por un instante sonreía; parecía haberle causado un principio de hilaridad mi frase. Pero fue muy breve el hechizante coincidir de miradas y de aleteos sonrosantes; casi al acto se dió la vuelta y empezó a depositar los cuatro gin tonics que le quedaban en la bandeja, sobre la mesa de los escandinavos los cuales, como respondiendo a un impulso eléctrico preprogramado, dejaron de hablar en seco y siguieron con un silencio reverencial, toda la operación de traslado de los vasos desde la bandeja a su mesa. La chica, tan pronto como hubo completado la descarga, cogió el vaso vacío de la mujer inapetente (la que había hallado tan difícil finiquitar el gin tonic y había precisado de la asistencia absorbedora del hombre de torso de mula que se sentaba a su lado) y lo colocó en la bandeja que me seguía quedando, fijada en su brazo de angulosidades perfectas, muy cerca. Tomó la chica entonces una breve bayeta, inédita hasta ese momento en el fondo de la fuente plateada y la pasó unos instantes por la superficie de la mesa de los turistas nórdicos que siguieron toda la operación mudos y sin proyecar movimiento. Mientras la chica seguía eliminando los trazos de humedad de la mesa, yo me fijé en el vaso de gin-tonic que había sido de la mujer de sed moderada; se erguía vacío y silente en la bandeja y parecía bailar torpemente en el aire ante cada movimiento enjuagador de brazo opuesto que la chica completaba en la mesa. A través de su cristal levemente turbio por las presiones dactilares previas, aprecié que el cubito de hielo se había deshecho y que la rodaja de limón del vaso se empapaba, hasta su mitad, por el agua del hielo licuado, mientras que el verde-amarillo de su coraza se reclinaba, apoyado dócil, en una de las curvas de la circunferencia acristalada del vaso. A su vez, elevado unos centímetros, fijado en la parte central de la ampulosa pulpa de la rodaja, moraba incrustado un remanente seccionado de una de las pepitas de blancos alternos, marfil-nieve, del limón. Cuando la chica puso punto final a los compases de bayeta, depositó la tela enjuagadora de nuevo en la bandeja y se alejó hacia la otra banda del comedor. La rodaja de limón, inmóvil en su jaula de vidrio circunferencia, fue desapareciendo de mi alcance visual al ritmo pausado de cadencia alejadora de la cintura de la chica de ojos celestes...